jueves, 20 de febrero de 2014

Correr con glamour

 
Esta tarde "tocaba" correr. Decidida, me he embutido las mallas, me ha calzado las playeras, me he ajustado la gorra y le he dado al play en el iPod. Subiendo el volumen al máximo, he puesto el pulsómetro en marcha y he salido disparada por la puerta con el único objetivo de sudar y no morir en el intento.
 
Cuando ya llevaba mis buenos veinte minutos corriendo, me he cruzado con una chica que parecía recién salida de la peluquería. ¿De verdad podía mantener ese peinado intacto? Creía que era imposible mantener ese pelo tan liso y tan bien peinado mientras una corría. ¡Por Dios!, si yendo a esa velocidad pasmosa, yo llevaría los pelos de Mafalda recién levantada de la cama. ¡Si hasta me pongo gorra para que la gente no se asuste de la electricidad indomable de mi pelo!
 
 
Pero ahí no quedaba la cosa. Evitando milagrosamente espanzurrarme en el suelo por mirar a esa ninfa con zapatillas, casi me como a otra diosa del edén. Esta vez, con raya del ojo pintada y todo. ¿Pero es que hay maquillaje específico para correr? ¡Si hasta tenía los labios pintados de rojo la muy... coqueta!
 
Empezaba a pensar que el arte de correr estaba ganando mucho terreno al glamour y mucho me temía que yo me estaba quedando obsoleta. Siempre y cuando dentro del glamour estuviese considerado el sudor empapándote la espalda, la cosa no iba tan mal... ¿no? 
 
Intentando mantener el ritmo, levanté el mentón lo más dignamente que pude y di media vuelta para regresar. Continué corriendo unos diez minutos más y, cuando casi había olvidado el glamour, el estilo y la fascinación que me habían producido esas dos chicas, me pilló desprevenida un aroma a cedro, vetiver y sándalo que no pude evitar disfrutar. El almizcle mezclado con ese aroma a musgo fresco me hizo cerrar los ojos y sonreír. ¿Qué podía oler tan bien?
 
 
Con la misma velocidad que llevamos las mujeres el primer día de rebajas, me adelantó por la derecha un hombre con mallas excesivamente ajustadas para mi gusto. ¡Y el olor provenía de él! Acelerando el ritmo para poder mantenerme más cerca y disfrutar un momento más de ese maravilloso aroma, sólo conseguí ponerme más colorada aún que los primates del Amazonas, tropezar unas cuatro veces y acelerar mi ritmo cardíaco a una velocidad para nada considerada normal. ¿Podía actuar de manera más absurda? ¡Por Dios!, si parecía una loba persiguiendo a su presa (y eso era precisamente lo que era: una loba).
 
 
Recuperé el ritmo inicial, decelerando muy a mi pesar, y me recriminé por tan depravado comportamiento. ¿Me estaba volviendo loca o qué?
 
Regresando a casa, me miré en el espejo del portal y, absolutamente nada sorprendida con los resultados, pude comprobar, muy a conciencia, que de glamour nada. Estaba sudada, roja como un tomate, jadeaba como una cerda y mis pelos parecían tener vida propia. No pude evitar imaginar, con cierta envidia, cómo habrían llegado esas tres personas a sus respectivas casas. Porque, de eso estaba convencida, no se parecerían en nada a lo que estaba viendo yo ahora mismo a través de mis ojos.
 
 
 
 
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