lunes, 16 de junio de 2014

Cumplir años me envejece



Hay a quienes les encanta el día de su cumpleaños: soplar las velas, los regalos, la fiesta,... Sin embargo, a mí ese día me parece un día más. Es más, del día anterior a ese no suele ocurrir nada especialmente digno de recordar. Bueno, normalmente...Yo este año he cantado bingo, línea y el gordo de la lotería y seguramente, segurísimo, que lo recordaré por muchos años.
 
 
Este año, mi hermana mayor ha querido hacernos a Helena (mi otra hermana) y a mí un regalo muy especial. Nos ha invitado al teatro a ver la fascinante obra de Tchaikovsky: "El lago de los cisnes", un maravilloso cuento de hadas llevado al ballet que es digno de ver en directo.
 
A pesar de que me apetecía muchísimo el plan, me encontraba un poco baja en defensas, ya que ese mismo día me había venido el período (muy oportuno, como siempre). Sin embargo, intenté tomarme el día con la expectación y alegría que se merecía. Ésa era mi promesa.
 
 
Arregladas, maquilladas y dispuestas a comernos el mundo, nos sentamos en las butacas de un pequeño teatro del centro. Ensimismadas, observamos la obra atrapadas por la magia y el romanticismo que, estoy segura, Tchaikovsky quiso transmitir cuando la compuso.
 
Una obra que mezcla orgullosamente el amor, la traición y el romanticismo y que nos empujó a llorar y a reír casi al mismo tiempo. ¡Magnífica!
 
 
Una vez finalizado el espectáculo y con nuestros estómagos suplicando piedad, nos acercamos a un pequeño restaurante situado en el ático de un edificio cercano. Embelesadas y aún hipnotizadas por la magia de la obra, cenamos en un ambiente tranquilo y agradable lleno de anécdotas y cotilleos. Hacía muchísimo tiempo que no salíamos en este plan y lo cierto es que lo echábamos de menos.
 
 
Un hora más tarde y con nuestros estómagos saciados, pagamos la cuenta, agradecimos el servicio y nos marchamos de allí dispuestas a coger el metro y regresar a casa para descansar.
 
De camino a la estación y sobrecogida por una mezcla de estupefacción, miedo y vergüenza, observo cómo mis adorados pantalones de Pedro del Hierro estaban manchados por las zonas bajas. Sin salir de mi asombro, recuerdo que estoy en mi primer día del período y que ya hacía varias horas que no acudía al lavabo. Consternada, sin poder hacer nada y entre las evidentes risas de mis simpáticas hermanas (sarcasmo, por supuesto), me tapo como puedo con un pañuelo que pretendía usar de bufanda improvisada.
 
 
Sin poder hacer mucho más, nos metimos en el metro y recé (supliqué) para llegar a casa cuanto antes. Obsesionada por el sofoco que me producía el estado de mi pantalón y ayudada por el calor que hacía en los bajos fondos, caí desmayada en pleno viaje. Mis hermanas, azoradas, me levantaron como pudieron y me intentaron refrescar. Sin embargo, el bochorno que padecía y la rapidez con la que me levanté con la intención de evitar más desastres, impidieron que me recuperara del todo, obligándome a caer desplomada de nuevo con el peso de una piedra; esta vez, perdiendo el sentido.
 
 
Cuando abrí los ojos por primera vez, me encontré tumbada en un banco de la estación, rodeada de muchísimos desconocidos que preguntaban ansiosos (o preocupados, no lo sé) por mi estado y siendo abanicada por una de mis hermanas, mientras la otra me descalzaba y me sujetaba las piernas en alto.
 
Más avergonzada si cabía, intenté incorporarme para minimizar desastres (y aplacar mi sofoco). Sin embargo, y sin darme opción a ello al tiempo que me empujaban nuevamente hacia abajo, mis hermanas colocaron muy discretamente uno de los bolsos en mi trasero con la intención de tapar lo que buenamente pudieran. Silenciosas, me lanzaron miradas muy reveladoras que decían "tranquila, tonta, ya hemos pensado en ello y nadie verá más de lo que tú solita has permitido que vean".
 
 
Azorada, débil y sumida en mis continuos pensamientos de pudor, intenté levantarme en varias ocasiones sin resultado. Aceptando la realidad que me rodeaba, me relajé por fin en aquel traicionero banco del metro, con la cabeza apoyada en el brazo de un hombre que olía terriblemente a tabaco e intentando convencer a un operario que mi estado mejoraba por momentos.
 
 
Pasados los quince minutos que tardó en llegar el siguiente metro (minutos larguísimos, todo hay que decirlo), me incorporé con algo más de color y nos metimos dentro. Tras lo que me pareció una eternidad sofocante, llegamos a casa de Helena.
 
Cansada física y psicológicamente, derrotada y todavía humillada, me dejé acompañar a casa por mi hermana mayor que, divertida, aseguró no olvidar la experiencia en mucho tiempo y prometió no reírse más de lo necesario rememorando la escena; es decir, muchísimo.
 
 
Con esta experiencia decidí que, si en todos los cumpleaños ocurría algo similar, simplemente no merecía la pena celebrarlo. Total, sólo tengo un pantalón de Pedro del Hierro y me parece difícil, si no imposible, que la situación vuelva a repetirse tal cual ha sucedido.
 
Aunque no es un pantalón de una marca tan prestigiosa como la del episodio que viví la noche previa a mi cumpleaños, aquí os dejo el anuncio de hoy...
 
 
DESCRIPCIÓN
Pantalón pesquero marca Pepe Jeans.
Talla 38.
Usado en muy pocas ocasiones.
Como nuevo.
Precio: 35€
Precio con envío (correo ordinario): 41€
ESTADO: DISPONIBLE
 

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