viernes, 22 de agosto de 2014

¿Depresión post-vacacional?

 
Reconozco que estar de vacaciones relaja, purifica el cuerpo y la mente y, además, te transporta (y no precisamente gratuitamente). Quizás sea por eso que, cuando vuelves a la realidad, tu realidad, el cuerpo lo notas algo más pesado (has engordado fijo) y la mente más embotada (tus neuronas están todavía de vacaciones).
 
 
Yo no considero la vuelta de las vacaciones una depresión asegurada, sino un regreso a la rutina; de golpe y porrazo, sí, pero regreso. Al fin y al cabo es a nuestro hogar a donde regresamos, ¿no? Y eso siempre debería ser placentero.
 
Claro, que si te pones a comparar...
 
De vacaciones
 
 
  • El único despertador que suena es... ¡Ninguno! Te levantas cuando te place o cuando tu cuerpo te lo pide, y no siempre te lo pide. Sí, somos capaces de estar veinticuatro horas en pijama y sin pestañear.
  • La habitación te la limpian y te la recogen personas ajenas a tu entorno. No tienes que preocuparte de darles las gracias ni de devolverles el favor. Incluso, si me apuras, no tienes que preocuparte ni de verles. Simplemente tiras las toallas al suelo cuando crees conveniente y cuelgas el cartelito. ¡Listo!
  • ¡Cocinan por ti! Sí, sí. ¡Y encima tienes varios platos entre los que elegir! Eso sí, en vacaciones, se come gradualmente. Los primeros días empiezas comiendo por los ojos (no hay un mañana). Los días del medio lo haces con la boca (más o menos como en casa). Finalmente, lo haces con el estómago (picoteas y poco. Esto es una señal clara de que hemos engordado).
  • El único trabajo que tienes que hacer en todo el día es echarte crema (y si "engañas" a alguien ni eso) y dar vueltas sobre la toalla cual croqueta.
De vuelta a la realidad
 
 
  • El despertador suena todos los días con aquel sonido estridente y malsonante. No hay manera de hacerlo callar (ni si quiera los cinco retrasos automáticos para los que está programado).
  • Tienes que pensar en el menú de toda la semana, ¡y cocinarlo tú! Sin ayuda. Sin pinche. Sin ilusión.
  • Después de trabajar, tienes que recoger la casa. Eso implica: pasar la aspiradora, hacer camas, limpiar las habitaciones, poner lavadoras, colocar la ropa que tu marido deja tirada por ahí sin distinción ni preocupación,... Me agoto sólo de pensarlo.
  • Tienes que trabajar cinco días a la semana. ¡Cinco! Anda que lo hacen al revés y trabajas dos y descansas el resto.
 
En definitiva. Que sí. Es triste volver a casa. Ni si quiera el calor impreso en tu hogar te da la satisfacción que necesitas para aplacar tu tristeza. Ni ver a tus viejos colegas, ni ver tu añorada habitación, ni volver a tu rutina,... te devolverá el placer que sentías cuando estabas de vacaciones. Ni si quiera ver todos tus peluches y abrazarlos de nuevo te arrancará una sonrisa (bueno, puede que sí, aunque te advierto que seguramente llores después de añoranza).
 
Así que, chicos, como está demostrado que los primeros días son muy duros, durísimos, solicito personal para que, gratuitamente (lógicamente), vengan a mi casa a limpiar, hacerme la comida, planchar, recoger los trastos tirados por toda la casa e, incluso, en algún momento de debilidad me abrace y me consuele como si realmente le importase lo que yo sienta. ¡Ah!, y si se siente animado y es un verdadero profesional, le dejo incluso que me cante una nana y me narre un cuento por las noches, que eso sí que lo echo de menos.
 
 

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