miércoles, 13 de agosto de 2014

Manicura y pedicura en casa: Manipedi

 
Reconozco que soy muy exigente y que, si pago por un servicio, espero buenos resultados.
 
En los últimos meses, he recorrido más de una decena de peluquerías y dos o tres centros de estética. Incluso he ido a alguna casa de cierta chica que ofertaba sus servicios de estética casera en páginas web.
 
Ninguno de ellos me ha dejado completamente satisfecha.

 
Si quedo con una amiga y, con la excusa de pasar un rato divertido y entretenido, me hace la manicura y la pedicura y no me entusiasman los resultados, lo entiendo. Al fin y al cabo, me está haciendo un favor y no es una profesional; por mucho que le guste el hecho de toquetearme los pies y hacerme minúsculos dibujos en las uñas de las manos con pinceles de un solo pelo, que incluso me asombra que existan.
 
Sin embargo, si pago por ese servicio, pido (exijo) que el resultado me emocione, me guste, ¡me atraiga! Espero que mis manos y mis pies queden tan bonitos que esté deseando salir de ese lugar para poder mostrarlos al mundo. Por desgracia, mi reacción es la contraria. Escondo mis extremidades con tanta vergüenza que me deprime saberme estúpida por tirar el dinero de esa manera.
 
 
No es que me queje, no. Es que me parece de risa, pero de risa mezclada con llanto. Esa risa histérica que no puedes controlar y a la que la gente cataloga "de loca".

Así que, insatisfecha con los servicios prestados hasta el momento, decidí coger yo misma el toro por los cuernos, comprar el material necesario y hacérmelo yo misma en casa. ¡Como dios manda!


Lista de la compra: barreño para sumergir los pies, piedra pómez, lima, quitacutículas, cortaúñas, sales relajantes, crema exfoliante, crema hidratante, guante exfoliante, palitos de naranjo, aceite fortalecedor,... En fin, medio sueldo en la misma tienda. ¡Y todo para trabajar!

Decidida, aunque nerviosa, puse agua tibia en el barreño y sumergí los pies con placer. Espolvoreé el agua con un puñado de sales y me dejé llevar por aquella sensación de bienestar. Transcurridos quince minutos, saqué el primer pie y empecé a exfoliarlo con energía. Imitando esa labor, hice lo mismo con el otro pie. Sudando como un calcetín recién salido de la lavadora, eliminé las durezas de mis pies como buenamente pude (o supe), exfoliándolos a conciencia. Y frota que te frota (menos mal que el frotar se iba a acabar).

 
Sumergí de nuevo, masajeé, cutículas, sumergí, corté uñas, sumergí, masajeé, sequé, masajeé con aceite, limé, sumergí, sequé... Vamos, un despliegue de verbos que me agotaron por completo. ¡Y aún no había terminado!

Terminando la tediosa tarea de preparar mis pies, pasé mis uñas por el túnel de color. Esta vez, elegí un tono azulón acorde con el verano. Contorsionándome como pude, me doblé hasta quedarme sin respiración y pinté y pinté y pinté a toda prisa, mientras cogía aire y lo expulsaba repetidamente.

Las uñas no quedaron todo lo bonitas que quisiera, pero estoy segura de que la próxima vez me quedarán más lindas. O eso o moriría en el intento.


Repitiendo el proceso con las manos pero mucho más rápido (estaba realmente agotada), llegué a la conclusión de que esta tarea no estaba bien pagada. He acabado sudando como un pollo, me duele la tripa de mal-respirar, las uñas no han quedado tan bonitas como imaginé que quedarían, he pasado toda la tarde entretenida (las profesionales te lo hacen en una hora u hora y media, y aún no sé cómo) y encima tengo que recoger todo lo que he montado, que mi casa parece una guardería, con todas las cosas repartidas por ahí.

Conclusión: es mejor hacerlo entre dos amigas (ella a ti y tú a ella) o quedar insatisfecha en una peluquería. Eso sí, con menos dinero en el bolsillo.

 

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