domingo, 25 de enero de 2015

Entrevista de trabajo | Job Interview

 
Hoy en día, tener una entrevista de trabajo es casi como que te toque la lotería. ¡Qué digo! Es igual que si te tocase la lotería, el sueldo Nescafé: un imposible, una casualidad entre un millón, un sueño cumplido,... Es como tener un trébol de cuatro hojas, una herradura y un elefante con la trompa elevada, todo al mismo tiempo. Es casi como una alineación de planetas que se sucede cada millón de años.

Para la mujer, es la eliminación permanente del período. Y para el hombre, un polvo diario. Un sueño hecho realidad. Al menos, una oportunidad de verlo cumplido.


 
 
Sin embargo, pasada la euforia del momento tras la llamada que te confirma que has sido seleccionada para una entrevista (LA entrevista), empiezan las preguntas: ¿Para qué será el puesto? (porque dadas las circunstancias, envías el currículum incluso para ser mimo) ¿Qué funciones tendré que realizar? ¿Cuál será el sueldo? ¿Qué tipo de contrato me ofrecerán? ¿Me agradará el horario?

Y una vez decides que es una pérdida de tiempo darle vueltas a algo que, tarde o temprano, se resolverá por sí solo tras una serie de preguntas y respuestas en el día y hora acordados, te relajas. Al menos, lo intentas. ¡Te estás jugando mucho! ¡Necesitas ese trabajo!

Y llega EL día.

Él te llama por tu nombre y apellidos, lo que ya de por sí te resulta extraño (nadie, excepto Hacienda, te llama así) y te "invita" a seguirle hasta un despacho frío, prácticamente sin amueblar (de hombres) y con muchísimos papeles sobre la mesa (típico).

Sin apenas mirarte a los ojos, te empieza a contar una sarta de mentiras relacionadas con un "supuesto" puesto de trabajo en el que no te queda nada claro.

- ¿Entonces qué tendría que hacer?- le preguntas después de más de veinte minutos de monólogo en los que no te has enterado de nada.
- Como te decía, vamos a abrir dos tiendas a pie de calle, en las que necesitamos cinco personas para desarrollar cinco puestos distintos: dependienta, publicidad, administración,...
- Sí, sí- le interrumpes sospechando, muy a tu pesar, que aquella entrevista es una auténtica pérdida de tiempo-. Pero, ¿para cuál de esos puestos estoy realizando yo la entrevista?


Las siguientes preguntas y respuestas son una repetición continua y constante de las mismas preguntas que reciben las mismas respuestas. Y cuando aquel señor deja de mirar tu currículum, todos sus papeles, su mesa y todo lo que le rodea para mirarte a ti a los ojos, fijamente, con las manos enlazadas entre sí y un gesto de impaciencia en su rostro, lo sabes: no te van a contratar.

- Esta es una primera entrevista, señorita- anuncia intranquilo ante la sarta de preguntas (más lógicas que las suyas) que le disparo sin compasión y las cuales no sabe (o no quiere) responderme-. Si pasases esta entrevista, te llamaríamos esta tarde.
 
Y lo sabes. Ya no hay dudas. Ahí se termina todo; con esa frase dudosa y esas palabras afiladas, te está advirtiendo, muy sutilmente, que esa llamada nunca va a llegar y que, además, estás empezando a resultarle molesta e innecesaria en su diminuto despacho de macho que no se ha molestado en amueblar.

 
Y aunque hubieses dado lo que fuera porque te hubiese dado una pequeña oportunidad y hubieseis firmado juntos un contrato temporal de tres meses con un sueldo de mierda, un horario insufrible y unas funciones excesivas, te vas con una mano delante y otra detrás, cabizbaja y con la sensación de ser demasiado para ese puesto que, a todas luces, te quedaba pequeño (muuuuy pequeño).

Sin embargo, el fondo de toda aquella cuestión es el mismo: te quedas sin trabajo. Y aunque sabes con certeza (sin ningún atisbo de duda) que tú eres demasiado valiosa para ese trabajo abusivo, te quedas con una sensación de vacío que te oprime el pecho y una cuenta bancaria que sigue en números rojos y que no puedes quitarte de la cabeza (¡más quisieras!).

Y es que, seamos realistas, aunque el trabajo que ofrezcan sea injusto (e incluso ilegal), lo necesitabas. Tus facturas siguen pendientes de pago, tu nevera sigue temblando y tu armario continua almacenando las mismas dos camisetas y dos pantalones que hace veinte años. Y tú quieres avanzar. Aspirar a más. Crecer. Porque lo vales. Porque sabes que lo vales. Porque sabes que te lo mereces.

Y aunque este trabajo no estuviese hecho para ti, sabes que tu lucha, tu esfuerzo y tu tesón conseguirán catapultarte hasta el trabajo que sueñas: uno de verdad, uno que te llene, uno que te haga sentir mejor persona y que te haga crecer por dentro... y por fuera. Uno en el que, por fin, tu jefe sepa tratarte como la persona inteligente que eres y en el que te dejen progresar y desarrollarte como profesional. Tu trabajo.

Y sabes que llegará. Sólo tienes que pasar (con un poco de suerte) unas veinte entrevistas más de este tipo.

 

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