domingo, 25 de junio de 2017

La mudanza

 
LA MUDANZA (con mayúsculas): Acción de mudar o mudarse del lugar de residencia o trabajo, en especial de ideas o de actitud (sobre todo, esto último).
 
Hay dos tipos de mudanzas: las opcionales o las obligatorias. Las primeras las haces con ilusión, con cierto orden y profesionalidad, con cabeza. Las segundas están condicionadas por el imperativo de la imposición, la exigencia, la necesidad, así que suelen hacerse como pollo sin cabeza, sin un sistema establecido y, por supuesto, sin objetividad ni armonía.
 
Yo estoy en plena mudanza obligatoria y el cambio es tan descomunal que me siento en pleno huracán afanoso. No paro de hacer cosas y, sin embargo, tengo la sensación de no haber hecho nada. Veo mi casa (la que será mi "ex-casa") en pleno desorden instrumental y ni siquiera soy capaz de vislumbrar algún cambio significativo que me anime a la metamorfosis, a dar otro paso, a pasar al siguiente nivel. ¡Es desalentador!
 
 
El hecho de verme obligada a meter todo lo que tengo en ochenta metros cuadrados en un cubil de poco más de cuarenta es como poco desconcertante. Sin embargo, yo siempre me he caracterizado por ser optimista así que esta vez no iba a ser menos.
 
Puesto que me he visto arrastrada a la mutación, me he dicho a mí misma: "¿y por qué no? Si yo debía ser un poco más feliz, mi peludo también se merecía serlo, ¿no?" Así que me he dedicado a buscar pequeñas casitas que tuviesen algo de césped (quien dice césped, dice terraza o similar) para él. Ilusionada y animada con este nuevo propósito, he abierto google y durante días he aporreado las teclas como si no hubiese un mañana. Nada. O las casas eran preciosas y los precios espeluznantes o las casas eran horripilantes y los precios... Bueno, ¿a quién le importaban los precios si las casas eran horrendas a la vista? Tampoco busco una casa de color de rosa, con paredes de gominola y suelos de algodón (bueno, sí, en realidad sí la quiero así pero soy realista y sé que esas casitas tan cucas no existen en mi mundo. Ojo, he dicho MI mundo, no el mundo en general, que una no es tonta y sabe que existir, existen).
 
 
Puesto que mi mudanza va contrarreloj, no puedo permitirme invertir demasiado tiempo en la búsqueda del continente y, sin embargo, sí debía hacerlo en la clasificación del contenido, así que he pasado al siguiente nivel: me he dedicado día y noche a clasificar aquellas cosas (casi todas, en realidad) de las que podría prescindir en mi nuevo hogar. He clasificado tanto que hasta he descubierto cosas que desconocía que tenía: juegos de toallas, de sábanas, ropa, bombillas... Libros no, esos sí sé dónde los tengo y no, no puedo prescindir de ellos, de ninguno en realidad.
 
Comienzo la clasificación...
 
Primero: vajilla. ¿De qué sirve tener siete sartenes de diferentes tamaños si luego solo usas dos: la pequeña y la grande? Es obvio que de la menos-pequeña, la aún-menos-pequeña, la menos-grande, la cuasi-grande y la de aquí-pueden-comer-tres-familias puedes prescindir, ¿no? ¡Pues ale! ¡A wallapol, que eso está muy de moda y yo me uno a las modas como si realmente me importasen!
 
Copa de vino para celebrarlo.
 
Segundo: cacerolas. Más de lo mismo. Tengo la olla exprés, la olla exprés de mi abuela (la de toda la vida, vamos), la olla exprés 6-en-1, la cacerola familiar, la cacerola medio-familiar, la cacerola de familia pequeña y la cacerola estás-más-sola-que-la-una. ¿Cuántas sobran? Adivina, adivinanza (esto no os lo chivo que luego todo lo sabéis). ¡A wallapop!
 
Copa de vino para celebrarlo.
 
Tercero: vasos de agua, copas de vino, vasos de balón, vasos de tubo, copas de cava... En fin, si me pongo a contarlos todo, creo que podría montar un negocio. En este punto me he replanteado dedicarme a bautizar cosas, personas o animales en plan película. Brindo por ellos y luego les estrello el vaso o copa encima (¿o no era así?). El plan estaría genial si no fuese porque el riesgo de daños hacia mi persona es demasiado elevado. Por lo demás, mira, podríamos pasar un rato divertido y además podría participar quien quisiese. Total, con la cantidad de vasos que tengo... ¡Hay para todos! Ale, a wallapop. No sé si me haré rica con tanto wallapop pero conocer, estoy conociendo un montón de gentecilla. ¡Qué pequeño y grande es el mundo a la vez!
 
Copa de vino para celebrarlo.
 
Cuarto: la ropa. Esto sí que es un dilema. Tengo muchísima ropa y lo raro es que no sé porqué (me refiero al día de hoy). Mis hermanas vienen a mi casa (ex-casa, perdón, que no me acostumbro) y arrasan con lo que pueden y quieren. Y una vez salen por la puerta, abro los armarios para comprobar el nuevo espacio como si se tratara de un agujero negro en pleno espacio pero, más que una región finita, lo que encuentro es un similar al bolso de Mary Poppins. Jopelines (¡ojo, que yo esta palabrota no la digo ni en mis mejores sueños!), si parece que mi ropa se amanceba en el armario. Yo ya no sé qué hacer, la verdad. Ni wallapop me salva de ésta.
 
Copa de vino para el estrés.
 
Quinto: zapatos y bolsos. En este grupo clasifico estos dos objetos por abreviar que si no podemos tirarnos aquí cuatro o cinco botellas de vino más. A ver, que quede claro: los zapatos no se pueden clasificar por número. Es obvio que todos son del mío (el 39, por si alguien quiere regalarme algún día un par. 40 en calzado deportivo). Por color tampoco. Nunca sabes cuándo vas a necesitar unas sandalias plateadas con detalles en verde y azul y un tacón de ocho centímetros. No podemos prescindir de algún par así como así. Con los bolsos pasa lo mismo. Si puedes deshacerte de un par de zapatos, puedes deshacerte de "su" bolso-pareja. Si no, no puedes; no insistas. No podemos romper parejas. En fin, que por no complicar las cosas y buscar los zapatos correspondientes a determinado bolso o el bolso que es la pareja perfecta de determinados zapatos, me quedo con todo. Wallapop, ¡chúpate esa!
 
Copa de vino para celebrarlo.
 
Sexta: maquillaje. Uff, en esta clasificación podemos abrir polémica. ¿Cuándo el maquillaje es demasiado para una mujer? ¿Cuándo un colorete o un gloss sobra? ¿Cuándo un eyeliner es igual a otro o cuándo un realzador de pestañas no entra en nuestra caja de maquillaje de medio metro por medio metro? Ahora mismo no me viene a la cabeza ninguna mujer que haya hecho "limpia" de maquillaje. Y, seamos sinceros, ¿quiero ser yo la primera? No, ¿verdad? ¿No? ¿Noooo? Pues, ale, decidido. Wallapop, wallapop, que vas a perder clientes...
 
Copa de vino porque sí porque como siga así...
 
Séptima: mobiliario. Aquí entra el juego más conocido de la historia. El 6 de junio de 1984, exactamente, dos rusos muy simpáticos diseñaron y desarrollaron el popular juego del tetris. Yo no sé cómo fue exactamente la cosa pero imagino que sus esposas (porque seguro que estaban casados) les pedían continuamente ampliación de vestidor. Y estos señores tan majetes, hartos de adentrarse en el mundo de la obra nueva, decidieron poner fin a los caprichos de sus adoradas mujeres. ¿Solución? Encajar cada zapato con cada bolso con cada falda y vestido que éstas tuvieran de manera ordenada y práctica. Inteligente, ¿eh? Pues yo tengo que hacer lo mismo con armarios y muebles encajados en un habitáculo de ochenta metros cuadrados en un cubil de cuarenta. ¿Solución? Partirme la espalda, como poco. Wallapop, por favor, perdona mi insolencia y acepta mis muebles como ofrenda de paz. Véndelos en tu App como si fuesen tuyos y hazlo a buen precio que el tema del dinero está jod***, digo muy mal.
 
Copa de vino porque sí.
 
Octava: decoración. En este apartado, la verdad me sobra todo: lámparas, sofás, butacas, enciclopedias... Cualquier cosa que pueda considerar como decorativa, me sobra. Me pregunto incluso cómo llegaron allí, a ese rinconcito en la estantería en la que apenas se perciben. En fin, ¡wallapop, hazme tuya! No literalmente, claro, que lo de tener wallpopitos me suena a palomitas raras.
 
Copa de vino para celebrarlo.
 
Novena: Los "por-si-acaso". En este proceso de mutación, he descubierto que los por-si-acaso nunca llegan. Y cuando digo nunca, digo never and ever (para los de la Logse: jamás). Es increíble cómo unos pocos por-si-acasos (o un puñado de ellos) pueden llenar nuestros armarios, estanterías y altillos hasta saturarlos. Están estratégicamente apelotonados ahí dentro, no hacen nunca acto de presencia pero -curiosamente- aplacan nuestra mente con la sensación de que la ilusión que hemos depositado en ellos algún día llegará. ¡Mentira! ¡Nunca llega! Y, si alguna vez lo hace, no recuerdas el por-si-acaso que lo relacionaba. ¿Entonces para qué? ¿Para qué guardar tantos por-si-acasos? ¡A la mierda! Digo, ¡a wallapop!
 
Copa de vino para celebrarlo.
 
Décima y última: nuestro "yo" más íntimo. En las mudanzas, lo más peligroso es la mutación de nuestra esencia, nuestro verdadero "yo", nuestro "yo" más puro. El estrés, la congestión que produce el hacinamiento de información y cosas que hacer, la indecisión, el miedo a equivocarnos, la aprensión por lo nuevo y desconocido, la presión de la minoración del tiempo, la poca ayuda (o mucha, según se mire)... influye en nuestro estado de ánimo. Yo soy una persona en exceso imaginativa (de hecho, soy una princesa y lo sabéis) pero, cuando tengo que ser realista, lo soy. Y además, suelo serlo en demasía. No me doy segundas oportunidades y, aunque a simple vista puede parecer una flagelación a mi persona, no lo es si se toma como lo que es: un azuzamiento a hacer las cosas bien y a la primera (si es posible).
 
Partiendo de esta premisa, las mudanzas emocionales hay que tomárselas con calma. No estamos aquí para hacer nuestra mejor marca en carrera ni para hacer las cosas deprisa y corriendo. Apenas contamos con tiempo (hablo de las mudanzas obligatorias), pero el poco que tenemos hay que invertirlo bien. Como dice mi padre (hombre sabio donde los haya): hay que optimizar tiempos.
 
Al mismo tiempo que recogemos, guardamos, seleccionamos y empaquetamos cosas de nuestro ex-hogar, debemos educar nuestras emociones.
 
 
Primero: la mudanza es nuestra, es decir, nosotros somos los que debemos encargarnos de seleccionar, empaquetar, guardar, transportar (y cualquier otro verbo que acabe en -ar- y que esté relacionado con el cambio) las cosas del traslado. No sirve de nada culpar a los que nos rodean de la poca o inexistente ayuda que nos ofrecen en el proceso de cambio. Ellos no se mudan. Tú sí. Ellos tienen su vida (seguramente, igual de complicada que la tuya o más). Tú también tienes la tuya; piensa en ella que para eso es tuya.
 
Segundo: la mudanza produce estrés así que tómatela con calma desde el principio. Psicológicamente, ejerce muchísima presión así que aprende a canalizarlo ya sea haciendo running, bailando, cantando, paseando a tu perro, viendo la televisión o lo que sea que te relaje. Hay tiempo para todo y, si inviertes demasiadas horas en un proceso y escasas horas en otro, el equilibrio se rompe y con él, te rompes tú. ¡Ojo! Hay que aprender a diversificar tiempos. Esto es importantísimo.
 
 
Tercero: puedes engañarte pero las mudanzas son también una inversión de dinero. ¿Qué significa esto? Por muy bien que estés estructurado, por muy organizado que seas, al final, necesitas invertir. No importa si necesitas un camión de mudanza, personal que te ayude al traslado, comprar cosas nuevas porque las "viejas" no servían en la nueva casa... Al final, inviertes. Esto no supone ningún problema si tú eres consciente de que esto es así y tus amigos y familiares también. Durante el proceso de mudanza, debes abrocharte un poco el cinturón: las cervezas diarias, las salidas nocturnas, las comidas y las cenas fuera de casa deben controlarse. No puedes decir que sí a todo porque estás en un proceso de evolución. Si tú no eres consciente de la fase en la que te encuentras, nadie lo hará por ti. Minimiza gastos innecesarios y sé consecuente con lo que haces y decides.
 
Cuarto: todo pasa. Sé paciente. La mudanza no dura años. Solo son unos pocos meses (si tienes suerte, menos) así que no agries tu humor innecesariamente. Los que te rodean saben que estás más cansado de lo habitual, más inapetente (el cansancio es lo que tiene. Consejito: prueba la "estrella de mar") y tus prioridades ahora mismo son otras. Si ellos lo entienden, ¿por qué no hacerlo tú? Al final, lo importante es que el proceso acabará y debes hacerlo bien, con las decisiones bien tomadas.
 
Quinta: si no puedes, no puedes. ¿Para qué romperte la cabeza con el transporte de ciertos objetos que no quieres llevarte a tu nuevo hogar? ¿Por qué invertir dinero en algo que realmente no necesitas ni quieres? Si no puedes llevarte un objeto que -además- no quieres, no te lo lleves. Es así de fácil. Hay empresas que se encargan de recoger objetos en casa; cuenta con ellas. No merece la pena ejercerte más presión emocional cuando es estrictamente innecesario. Tampoco te digo que disfrutes de la mudanza (ojo, si puedes, hazlo) pero sí tómatelo como lo que es: un proceso temporal. Cuando todo termine, podrás celebrarlo y deberás hacerlo estando entero por fuera y por dentro.
 
Sexta: disfruta el proceso. Yo siempre digo que, en cualquier meta que nos propongamos, debemos disfrutar durante el desarrollo. Hay esfuerzo por medio, sacrificios, sudor y lágrimas, pero debe merecer la pena. Llegar a una meta con el cuerpo y la mente destrozados es ilógico, además de inhumano. Llegar a meta con ilusión -aunque cansados- es una doble victoria. Disfruta y hazlo con el corazón, de verdad. Disfrútalo.
 
 
Las mudanzas y todas sus fases agotan desde el principio hasta el final, así que descansa con frecuencia, tanto física como psicológicamente. Es importante que cada nuevo día tu mente esté descansada tanto o más que tu cuerpo. La mudanza no es un arma de destrucción corporal así que no la uses como tal. Es un proceso; aprende a reconocerlo como tal y ten bien presente tus prioridades.
 
Si cumples estas premisas, la mudanza te parecerá un juego de niños. Además, piensa en la fiesta de inauguración. ¡Eso sí que es motivación! Y si rememoras las copas de vino que te has tomado durante la clasificación, ¡ya ni te cuento!
 
 

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