lunes, 5 de marzo de 2018

LA ESCAPADA (en mayúsculas)


Todos tenemos un límite, un tope, como las tapaderas que inteligentemente se inventaron para los frascos. Pues bien, cuando dentro del bote ya no hay espacio para nada más, ni una complicación, ni un problema, ni siquiera una insignificante briznita de aire más, detona como lo hace una olla exprés y, claro, provoca lo que provoca en nuestra persona: se nos olvidan las cosas más obvias, metemos la pata en las tareas más frecuentes, perdemos la noción del tiempo, nos desorientamos, nos asfixiamos…
En definitiva, explotamos en un millón de nano partículas de nosotros mismos; nos destroza. Y es que el cuerpo humano es eso: muy humano, y ninguno estamos exentos de estallar como lo haría un globo, salpicando todo y a todos cuanto alcance con lo que almacena dentro (aun sin pretenderlo).
 
Hace bien poco, yo llegué a mi tope de autocontrol: tiré la correa de mi perro a la basura, puse sal al café, tuve suficientes conversaciones de besugo (yo era la besuga) como para sentir vergüenza de mí misma, respondí “sí” a preguntas a las que no había prestado atención (mucho menos al resto de la conversación), cometí errores “estúpidos” en mi trabajo, me puse prendas de vestir al revés, tiré la ropa sucia al cubo de la basura y la basura la metí en la lavadora… En fin, toqué techo, o fondo, o fango más bien. El caso es que alcancé mi límite y lo hice por la puerta grande. Todo sin ser muy consciente de los hechos en sí, que todo hay que decirlo; al menos en el momento en el que los ejecutaba. Después, todo eran cara coloradas, auto insultos y desesperación que se acumulaba como bártulos en un trastero. Era desquiciante (más, si cabe).
 
Supongo que cada uno gestiona lo que le sucede en la vida de una manera distinta y, en función de los muebles que equipen su cabeza, actúa de una u otra forma. Afortunadamente, yo tengo unos muebles robustos, de esos que perduran en el tiempo, y además soy bastante optimista (a pesar de todo). Soy realista, también, pero eso no quiere decir que dramatice las situaciones ni que las emborrone. Así que, como en otras tantas ocasiones en las que me he visto obligada a tomar decisiones para ser feliz, estudié la situación y me pregunté a mí misma qué era lo que más me convenía para recomponerme, para levantar cabeza. La respuesta era fácil de predecir: escapar. Y no me refiero a escapar de mis problemas, pues toparía con ellos tarde o temprano, sino a escapar del cascarón que confinaba como tesoros una a una todas las razones que me llevaron a estar donde estaba: escapar de mi ciudad, de Madrid, del lugar que me había provocado el estado de ansiedad que arrastraba conmigo desde hacía semanas.

Si buscamos razones por las cuales nos sentimos atrapados en un lugar, seguramente digamos que el estrés, los horarios, las reuniones de trabajo, el movimiento constante, las horas extras, los compromisos, las obligaciones, los hijos (si se tienen), la pareja (si se tiene) sean algunas de ellas. En mi caso, supongo que poco a poco algunas de esas razones y otras tantas han ido formando una bola de nieve dentro de mí que crecía, crecía y crecía cada día más hasta convertirse en algo inmenso que se escapaba de mi control. Y eso, no tener el control sobre mí misma, me desesperaba.

Necesitaba escapar. Sí, necesitaba escapar y necesitaba hacerlo de manera urgente. Tenía que hacerlo YA.

Día 1

Tomada la decisión, lo demás venía rodado. Así que, dispuesta a reactivarme, tecleé en google un puñado de palabras, investigué varias páginas, algunas opciones, y voîla! Unos litros de aceite de coche después, una transferencia bancaria imprevista, un depósito de gasolina lleno y una hora de viaje más tarde (todo muy relajante, oigan), acabé en una caravana perdida de la mano de Dios en mitad del Escorial.


La teoría es que en este lejano lugar iba a estar bien atendida por varias personas, cada una de ellas con una función determinada: mantenimiento y preguntas rápidas, catering y turismo; lo que viene a ser una socialización que yo no buscaba (sin rencores). Tres personas que, en estos días, se dedicarían a hacerme la vida más fácil y más feliz; eso sí es lo que buscaba. ¡Justo eso!

La práctica es que ellos –ninguno– sabían qué venía a buscar exactamente en estos lares donde Cristo perdió su chancla. Una pena.
 
 
Por lo inconvenientes que le dio al coche por inventarse para estar a punto, llegué a la Caravalú (así la llaman ellos) a la hora de comer, así que tuve muy poco margen de tiempo para que David, la persona de “mantenimiento y preguntas rápidas”, me enseñara el sitio, la caravana por dentro y su funcionalidad; lo que viene a ser lo básico para una supervivencia mínimamente digna.
  
Tras la lección expeditiva, abrí la botella de vino (soñaba con eso desde que salí de Madrid), cogí un vaso de la alacena (solo encontré uno de plástico con dibujos de Frozen) y salí al mirador desde donde se podía ver el prado, los siete picos y unos cuantos caballos. ¿Qué queréis que os diga? A mí con esto ya me había ganado la Caravalú (y la Caravalá, como dicen las madres). Sé que no es muy chic beber vino en  un vaso de plástico, ni muy alentador no sentir los dedos de las manos debido al frío, pero –en serio– las vistas, los sonidos (ninguno) y la paz que envolvía este lugar lo engrandecía todo a cotas inimaginables. Era justo lo que necesitaba.

 
Lo bueno de viajar es que, además de conocer sitios y culturas nuevas, te suceden cosas, conoces a personajes curiosos y respiras; respiras muy hondo y lo haces BIEN. Creo que era la primera vez en mucho tiempo que inspiraba y expiraba tan profundamente el aire que hasta tenía ganas de llorar. ¿La paz te hace llorar? ¿Es posible sentir un nudo en la garganta por sentirnos bien, a gusto con nosotros mismos? Me estoy volviendo una sensiblera, ya os lo digo.

Un potrillo acaba de cruzar de un lado a otro el prado que estoy observando y he soltado un “ohhhh” tan largo que hasta mi perro me ha mirado mal. ¿No os decía yo que hay lugares mágicos, lugares que hacen con las personas magia? Sin duda, este es uno de ellos. Creo que lloraría otra vez. Si su madre se acerca a la valla lo suficiente como para que pueda acariciarla, lloraré más fuerte. ¡Madre de Dios! ¡Qué intenso es todo aquí!
 
 
Llevo en la Caravalú unos cinco horas y, en ese tiempo, he conocido a un belga en chanclas que se quejaba de frío, se ha acercado a mí –buscando un cariño que le he dado– un perro con tres patas que ha sido maltratado y apaleado, he bebido dos vasos de vino y otros dos de café, he disfrutado de mi perro como hacía tiempo que no hacía y me he olvidado de todo, de T-O-D-O. Es cierto que aún es pronto para decir que me siento una mujer nueva, renovada y llena de energía, pero la cosa promete. ¡Y parece una promesa sincera!

Día 2

Aquí arriba hace un frío de mil demonios. Creo que eran las cuatro y media de la madrugada cuando dejé de sentir los pies. Desentumedecerlos era una tarea digna de mención, creedme. Tras varias comprobaciones, debo confesar –muy a mi pesar– que la estufa murió, se le agotó el gas o me hizo el haraquiri pero la mecha, por más que insistí e insistí, no prendía ni a golpes; y yo tampoco. Sin pensármelo dos veces, agarré a mi perro del pescuezo y le pegué a mi cuerpo en plan “estufilla carnal”. Parece que no pero piel con piel hace mucho. Ray (así se llama él) es muy caluroso, así que creo que aguantó aproximadamente unos quince minutos pegadito a mí; y eso con suerte. Él también temblaba de frío, no creáis, pero eso del roce obligado no va con él.
 
 
La temperatura oscilaba entre menos cuatro o menos siete grados a esas horas y, chicos, ¿qué queréis que os diga? Sin calefacción, el frío invernal se nota en lo alto de las montañas, y dentro de la caravana también.

Jamás tengo ganas de ir al baño por la noche. No soy ni de lejos de esas personas que se desvelan porque tienen la necesidad de evacuar vejiga en plena madrugada. Pues ale, antes lo digo, antes me entran. ¡Y con este frío! Ahora, pensármelo me lo pensé mucho, que dejarse abrazar por este frescor en plena aurora era para pensárselo bien, bien. Siete segundos. Creo que ese fue el tiempo que tardé en salir de la cama, ir al baño, vaciar el saco y regresar al colchón. ¿Qué, Fernando Alonso, cómo te quedas? Llama a mi padre para posibles contrataciones (guiño, guiño).


A las seis y cuarto de la mañana, aproximadamente, escuché ruidos fuera de la Caravalú. Que diréis: “chica, estás en plena montaña. Claro que hay ruidos: animales, el viento, los árboles… En fin, que te escandalizas por nada”. Pues sí, me escandalizo por nada. Para vuestra tranquilidad, os diré que era un hermoso caballo blanco pastando a dos metros de donde me encontraba. Ay, cuadrúpedo adorable. Si hubiese sentido los pies y las manos (estaban literalmente congelados), hubiese salido a acariciarle. Por supuesto, en mi estatus de proceso de congelamiento total en plan Walt Disney, no estaba yo como para salir a la intemperie. Que ahora, también os digo, hacía menos frío fuera que dentro del carromato. Eso lo averigüé a las ocho de la mañana, que fue cuando me cansé definitivamente de dar tantas vueltas entre las sábanas buscando un calor que bien sabía que no iba a encontrar.

 
Sin agua (todo estaba congelado), sin poder encender el fuego, sin estufa… los pronósticos auguraban una mañana bastante durilla. No obstante, necesitaba moverme. No sentía los pies y tenía que entrar en calor como fuese. Me vestí a toda leche (toma nota, Fernando Alonso) y salí a pasear con mi perro. Él estaba en la gloria. Había dormido como un lirón y encima hacía una temperatura ideal (para él, claro). Ahora, que el mal nos acecha a todos y tanta efusividad no podía ser buena. Ray regresó a la Caravalú cojeando. Lástima. El pobre animal se había emocionado y había pisado mal en un bache del terreno, pobre. La emoción se le quitó de un plumazo. Ahora bien, él quería desayunar (y yo, listillo). Le puse su cuenco de comida y comprobé su agua: congelada. Saqué el bloque de hielo del recipiente y le eché agua de una botella que, precavida, traje de Madrid. Aplauso, aplauso.

Él ya estaba saciado (solo quería descansar) pero yo aún estaba hambrienta… y congelada. Sin aguantarme más (las diez de la mañana me parecía una hora bastante prudencial) llamé a la puerta de la casita de David (el de mantenimiento y preguntas rápidas). Coincidió que él prácticamente salía a sus quehaceres, así que no le molesté demasiado. Todo lo que sucedió después se asemeja bastante cuando cualquiera de nosotros va al médico. En casa, te duele mucho, pero en el médico… Vamos, que David encendió la estufa a la primera y el fogón a la segunda. No supe qué decir. Me sentí una inútil. En fin, quise tranquilizarme pensando que yo tenía los dedos entumecidos y él no porque había dormido tan calentito en esa pedazo casa de piedra que él llama hogar.
 
Me pegué a la estufa como un chicle. No apoyé la mejilla en sus rejillas porque podía quemarme pero ganas no me faltaron, ya os lo digo. Sin embargo, la llama no parecía coger demasiada fuerza y yo aún tenía un frío de mil demonios, así que me fui con Ray a dar otra vuelta para darle tiempo a la caravana a coger calorcito. No eran ni las diez y media y ya estaba agotada. ¡Menuda día me esperaba!
 
 
El paseo fue reparador. ¿Sabéis eso que dicen de los partos? Las mamás lloran, sufren, maldicen a los padres de la criatura, vocear palabrotas… pero, cuando ven a su bebé, saben que mereció la pena. A mí me pasó algo parecido. Sentí un frío terrible en el cuerpo desde las cuatro de la mañana pero, ver lo que yo veía en ese momento mientras paseaba, lo recompensaba con creces: campo, riachuelos, puentes, caballos, cisnes, petirrojos (creo que era un petirrojo), caminos de tierra desérticos, silencio, paz, bienestar. FELICIDAD. Creo que no me equivoco si digo que estas escapadas deberían ser obligatorias, al menos, una vez al mes. Ni imagináis cuán reparadoras pueden llegar a ser. Es increíble.
 
 
Ahora sí, desayunada, paseada (por duplicado) y parcialmente sanada, me senté al sol y disfruté del calor. Parecía mentira que por la noche hiciese la temperatura que hacía y en ese instante hiciese un calor infernal. Me empecé a quitar capas de ropa como si fuese una cebolla. Vamos, que no me quedé en camiseta por miedo a coger un resfriado, pero ganas no me faltaron.

El resto del día fue más o menos tranquilo. Más montaña, más caballos, más paz, más energía, más renovación, más ganas de quedarme aquí. Hice algunas fotos, sí, y también hablé un par de veces por teléfono. Salvando eso (y que estoy ahora mismo escribiendo en el portátil), el resto del día había sido puramente campal. Me releí mi propia novela para recordarla. Observé cómo trabajaban los huertos alquilados. Observé a Argus, el perro de tres patas que vive allí. Vi cómo los niños que tienen alquilada la cabaña de madera jugaban con su border collie. En definitiva, había merecido la pena ir. Muy vigorizante (no sé porqué pero, desde que leí este adjetivo en una novela, cada vez que lo uso, recuerdo la escena en la cual la escritora lo usó en su libro. En fin, era una curiosidad).


Bueno, chicos, lo dicho. Voy a aprovechar las últimas horas del día que me quedan pues mañana emprendo mi vuelta a Madrid y, creedme, aunque ganas de llegar a mi casa no me faltan, la pena de dejar este lugar queda patente en mí.

¡Nos leemos!

Día 3

Los sabores agridulces son los que más desconciertan porque, aunque por un lado el dulzor te guste, lo agrio descompensa el sabor y, claro, estropea un poquillo el conjunto. A mí me estaba pasando algo parecido. Por un lado, quería seguir disfrutando de esa paz y esa gloria que el lugar me ofrecía y, por el otro, quería regresar a mi ciudad, a mi casa, y darme una buena ducha, untarme de pies a cabeza de crema hidratante y relajarme a otro nivel, en plan “este es mi hogar y hago lo que me da la gana y como me da la gana”.

Que sí, viajar está muy bien pero como en casa en ningún sitio. ¡Qué verdad tan grande!

En fin, esa noche sudé como si hubiese corrido una maratón. David me cambió la estufa por una de parafina que calentaba en plan barbacoa industrial: yo era la carne en cuestión, me sentía como un pollo asado. Llegados a este punto, me vi obligada a quedarme en manga corta y, aún así, el calor era asfixiante. Como me vi dos películas enteras (es a lo que deriva no tener nada mejor que hacer), aproveché para ventilar la caravana cada dos por tres, que el calor era soporífero y me estaba dejando KO.

Esa noche, descansé. Y claro, me levanté con ganas de comerme el mundo. Pero por supuesto, sin agua: no lavado de cara, no lavarse los dientes, no café… hacen mella. Oh, my god! Ale, a vestirse y a pasear, pero a hacerlo dentro del centro que hasta las diez de la mañana no se abrían las puertas y de allí no salía ni entraba nadie hasta entonces. Paseíto por los huertos, paseíto por el lago, paseíto por los huertos, paseíto por el lago, paseíto por los huertos, paseíto por el lago… Me sentía como en un scalectrix pero sin mando a distancia. Cuanto más andaba, más se aceleraba el turbo y más ganas me entraban de ir al baño. Comprobaba el agua: congelada. Paseíto por los huertos, paseíto por el lago. Comprobaba el agua: congelada. Paseíto por los huertos, paseíto por el lago. Comprobaba el agua: congelada. Paseíto por los huertos, paseíto por el lago. Comprobaba el agua: congelada. Paseo arriba, paseo abajo, las ganas aumentaban. Notaba la gota gorda atravesar mi espalda. Me estaba poniendo enferma. Ahora, además, si paraba, explotaba pero bien, a lo grande. ¡Madre de Dios! Que se abran las puertas ya, que se descongele el agua o que todo el mundo se desmaye para que no se entere de nada. ¡Qué vergüenza, por Dios! Yo aquí no vuelvo aunque sea por dignidad. Paseíto por los huertos, paseíto por el lago. Comprobaba el agua: congelada. Paseíto por los huertos, paseíto por el lago. Comprobaba el agua: congelada. Paseíto por los huertos, paseíto por el lago. Comprobaba el agua: congelada. ¡Y dale con la matraca! Por fin, David hizo acto de presencia y, como en una procesión, con un paso tan lento que juro que hasta los caracoles le adelantaban, se dirige hacia el portón. Yo, claro, andando como Chiquito de la Calzada pero sin glamour, a medio metro detrás de él, como un perrito faldero. Y él dándome conversación. No recuerdo ni qué me dijo ni de qué me habló (ni las ganas). Yo solo pensaba en escapar lejos de allí y que ese mal momento se quedase para el recuerdo. Vamos, ni me despedí. En cuanto abrió la puerta, levanté la mano y me eché a correr con Ray pisándome los talones. Afortunadamente, unos kilómetros más allá, los sudores cesaron y pude tranquilizarme al fin. Fue ahí cuando disfruté (otra vez) de todo cuanto me rodeaba. Si me hubiesen dado un euro por cada paso que di en esta última escapada, ahora mismo tendría un plan de ahorros envidiable.
 
 
Caballos, cigüeñas, perros, runners, ciclistas, lugareños… Aquello era un abanico de especies memorable. Un placer que pude disfrutar durante dos horas. Ojo, sin desayunar y a puntito de nieve. La cosa prometía (ironía, por supuesto). Regresé a la Caravalú algo extasiada por los últimos acontecimientos. Mi cuerpo estaba a rebosar de paz interior pero también… No tengo ni una sola imagen en la memoria que dignifique un poco lo que ocurrió en cuanto cerré la puerta del carromato. Los acontecimientos me los guardo para mí.
 
 
En fin, muerta de vergüenza (hasta con las orejas coloradas), hice las maletas lo más deprisa que pude, me despedí de David con prisas mal disimuladas y emprendí mi vuelta a casa.

Mi idea era disfrutar del día un poquito más, aunque fuese fuera del centro y mis desastres acontecidos allí, pero los terrenos habían sido invadidos por los paisanos de la zona y le quitaban la gracia al asunto de mi búsqueda de paz espiritual así que, sin mirar atrás, apreté el acelerador del coche.

Ahora me río, no digo yo que no, pero sobre todas las cosas, he desconectado, que es básicamente lo que buscaba. No era una casa perdida en la montaña aislada de todo y todos pero sí tenía la suficiente privacidad como para vaciar un poquito la presión del bote y dejar de tocar “tapadera”.
 
¿Consejito? Haced una escapadita siempre que podáis. Si podéis, además, hacedlas solos: te conoces más a ti mismo y te reactiva. Es un reseteo incomparable.
 
 

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