lunes, 23 de abril de 2018

Un café, por favor

 
“Un café, por favor” en mi vida es siempre la premisa de algo memorable: una insólita confesión, una nueva anécdota digna de ser recordada, una excusa para un sutil coqueteo (o descarado, depende de con quién), el inicio de una bonita relación, un momento para uno mismo, un pretexto para recordar viejos tiempos, un abrazo, un beso, una sonrisa o todo a la vez. Siempre apoteósico, catatónico, indeleble, tomar café es un evento célebre; al menos si lo tomas conmigo, claro.


En mi escala de valores, podría situar el café justo después de mi familia (en la que está incluido mi perro, por supuesto) y de mi trabajo. Diría incluso que está por encima de mi trabajo si no fuese porque necesito un sueldo para poder pagarme los cafés (pequeñísimo detalle, a mi parecer, porque siempre me pueden invitar, jijiji).
Como dicen por ahí: “si Mahoma no va a la montaña, la montaña va a Mahoma”. ¿O era al revés? ¿La montaña es la que se mueve hacia Mahoma? En fin, el caso es que si el café no viene a mí, yo voy al café. Lo busco como un sediento en el desierto, como si fuese el tesoro más deseado del mundo. Si es que parece que tengo un GPS que solo detecta los lugares donde lo venden. Ya puedo estar en Egipto disfrutando de las famosas pirámides de Guiza que mi olfato me lleva hasta la cafetería más cercana. Soy así de especialita, oye; con taras, que ya me gustaría a mí saber cuál es la vuestra (la tara, digo).
No puedo hablar de pirámides y no referirme a la alimenticia, esa en la que los nutricionistas nos animan a comer lo que ellos deciden poner en la base y a abuchearnos si nos inclinamos por atiborrarnos de lo que deciden colocar en la cúspide que, casualmente, es lo que más apetece: grasas, aceites y dulces. Si ya lo decía Pata negra: “todo lo que me gusta es ilegal, es inmoral o engorda”. ¡Qué verdad más grande, madre! ¡Qué sabio Rafael Amador! En mi pirámide, el café estaría ocupando la planta baja, la primera, la segunda y hasta el ático. Sería el edificio de los edificios. ¡Cafetolandia! ¡El país del café! El paraíso. Bueno, ya lo pilláis.
Como iba diciendo, a mí el café me pierde y como lo hace tan bien –incluso con GPS-, he decidido poner en activo un plan de marketing. El operativo ha estado en período de prueba con mis familiares y amigos más cercanos obteniendo una puntuación de nueve sobre diez basado en varios puntos fuertes: disponibilidad por consentirme el solicitado café, la calidad del mismo y el interés por complacerme versus algunos puntos algo más débiles: tendencia por silenciarme y recurso a la evasiva más absoluta. Vamos, que se hacían los locos cuando les interesaba y me enviaban a buscar el ansiado café donde Cristo perdió la chancla (¡mi pozo en un gozo! Ups, al revés: ¡mi gozo en un pozo!).
No obstante, del estudio empírico, científico y práctico obtuve varias conclusiones bastante positivas:
- Una: Que mis familiares y amigos tienen más paciencia conmigo que el santo Job.
- Dos: Que por no escucharme son capaces de ir a la mismísima Colombia a tostar un puñado de granos de café para hervirlos para mí.
- Tres: Que me quieren a pesar de lo pesadita que me pongo a veces (casi siempre) con el café.
- Cuatro: Que yo en su lugar no aguantaría ni media.
- Cinco: Que es genial sacarles de quicio torturándoles con mis caprichos cafeteros, jajaja.

Así pues, como el operativo ha pasado el período de prueba satisfactoriamente, he decidido pasar al siguiente nivel: mi oficina. Mis compañeros ya saben que tomo café (¡como para no saberlo!), incluso mi jefe sabe que lo tomo. En realidad, en el trabajo tomo una especie de aguachirri que lo único que hace es engañar a mi subconsciente. Y digo subconsciente porque a mí no me engaña, eso es aguachirri y punto.
 
 
Mi plan A consiste en ser abastecida de café desde que ponga un pie en el despacho hasta que lo abandone (el pie y el resto del cuerpo, claro, que esto no es como meter el pie en el bolso y salir de la oficina tarareando mi canción favorita). Es decir, tener café gratis a tutiplén, sin parangón, hasta reventar. Bueno, a ver, dicho así parece que solo me alimento de café (véase aquí una carita de niña emocionada) y eso no es así. También como mis cociditos, mi pasta, mis tortillitas, mi pollo a la plancha, mis chuletillas de cordero, mi frutita, mis cereales… En fin, que soy de buen buche. A mí me invitas a comer (o a cenar) a cualquier sitio y nunca defraudo. ¡Me como hasta el postre! Y no me como al camarero porque a veces pagamos a medias que si me apuras… En fin, centrémonos en la temática de hoy que se me descarrila la mente y se me va a otros derroteros. Lo que os decía, este es mi plan A.
Mi plan B es que Starbucks me haga embajadora por la cara y ponga una pequeñísima tienda al lado de mi oficina donde yo podría abastecerme a cafés todo el día; todos ellos gratuitos, por supuesto. Si me apuráis, puestos a pedir lo suyo sería que un empleado de la marca (guapísimo y simpatiquísimo, por supuesto) estuviera con un café preparado al gusto a primerísima hora de la mañana en la puerta de mi despacho. Me sonreiría, me daría el café, intentaría besarme en la mejilla pero sus labios acabarían en mi boca porque yo giraría la cabeza y me desearía un maravilloso día cuando recuperara la voz (él, no yo). ¡Eso sería perfecto! Un sueño de cafetera hecho realidad. ¿Quién se apunta? ¿Quién aboga por mi plan? Pues ale, a escribirle cartas a la marca solicitando un poquito de colaboración para mi bienestar, que yo sin café no soy nadie. ¡No me seáis sisasueños!
Mi plan C, por cierto, y que conste que os lo cuento para daros una pena tremenda y que os pongáis de una vez a escribirle cartas a Starbucks para mi beneficio, es resignarme al aguachirri que me tomo ahora y que me tiene más engañada que el infiel que jura que no volverá a traicionar a su pareja. Este plan es una bazofia, ya os lo digo. No me gusta nada de nada y, entre tú y yo, es el peor de los tres planes, ¿a que sí? Por favor, por favor, por favor (¿se puede ser más triste?), escribidle una carta a Starbucks y rezad por mí, anda. ¿Qué os cuesta? Anda…
Sí, lo sé, estaréis pensando: ¿y el plan A? Hombre, no es por desengañaros pero en el plan A entra en juego mi jefe y una cosa es una cosa y otra cosa son dos cosas. La cafetera la tenemos (¡por fin!), pero no hay manera de que el café se multiplique de un día para otro (de pedir café gratis ni hablamos, que es mi jefe). Yo dejo cuatro cápsulas y al día siguiente siguen estando las mismas cuatro. Las mezclo por si surge el amor entre ellas, copulan y tienen una sarta de capsulitas pero deben tener más taras que Bob Esponja debajo del mar y no se quieren ni ver. Vamos, que se dan la espalda toda la noche y así, como mucho, se dan vergüenza pero de copular nada de nada. Vamos, que se rozan porque el espacio en la cajita que las venden es bastante ajustadito pero de querer, querer, no quieren ni verse las caras. Son más siesas… Qué les costaría intentarlo al menos. ¡Si el roce hace el cariño!
Bueno, no desespero. Aún me queda compartir con vosotros el plan Z. Es un plan atrevido y disparatado pero puede funcionar. A veces, el último plan, “el de la desesperada” que le llaman, es el que mejor va para solucionar el problema y yo no pierdo la esperanza en que este sea la solución al mío. A ver, os lo cuento y vosotros me decís. El plan Z consiste en que cada día, cada uno de vosotros me invita a un café. ¿Qué? ¿Hay planazo? Ale, pues al lío. ¿Quién empieza hoy? Como me dijo una vez un cliente muy simpático: “yo te invito pero pagas tú”. ¡Pues ale! ¡No hay tiempo que perder! Os invito a un café pero pagáis vosotros.
 

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