miércoles, 20 de junio de 2018

La voz de la conciencia

 
Siempre que tengo que tomar una decisión importante, me imagino a uno de mis amigos en la misma situación que yo (o en una similar) y me pregunto «¿qué harían ellos si estuviesen en mi lugar?». Luego recuerdo que ellos se harían exactamente la misma pregunta que yo y me llamarían para conocer la respuesta; y me quedo con la duda.
Sí, lo habéis adivinado. Soy el Pepito Grillo de un puñado de amigos; la Pepita Grilla, más bien; la voz de la conciencia o, como digo yo con más exactitud, “la voz de esa amiga que quiere que hagas las cosas como ella dice y punto” (léase entre líneas lo terca que puedo llegar a ser).
Lo malo es que, cuando se trata de mí, mi Pepito Grillo está absorto en diversas lecturas, perdido en la melodía de una recién encontrada canción o pensando en las musarañas, lo que resulta ser su pasatiempo preferido (nada lucrativo; o sí, vete tú a saber).
Ahora mismo, por ejemplo, lejos de prestarme atención y aconsejarme sobre lo que estoy revelando, está balanceando su cuerpo de forma pausada y relajada mientras mantiene los ojos cerrados con una difusa sonrisa dibujada en los labios al ritmo de “Terrible Love” del grupo The National. ¿No os parece inaudita mi conciencia? ¿No creéis que sea libre hasta límites inconcebibles? Yo me la imagino en una versión minúscula de mí misma; con dos coletas, una a cada lado (no me preguntéis porqué); vestida con una camisa grandísima estilo leñador que hace sus veces de vestido, a tonos rojos y blancos; y unos zapatitos negros de estilo francés, abierto en el empeine y con una correa rodeando el tobillo; pizpireta, risueña, impetuosa y sobre todo inconsciente, porque no puede haber nadie en este mundo capaz de actuar tan intrépidamente como lo hace mi conciencia, poniendo el corazón en todo lo que hace y olvidándose del equilibrio que debe existir en la conjugación de razón y pasión que -es evidente- ella no posee (de lo primero, porque de lo segundo tiene a manos llenas).
Es curioso la cantidad de maneras que tiene de manifestarse la conciencia a lo largo de la vida de una persona. En mi caso, Pepi (que es como llamo de forma cariñosa a la mía) se ha mostrado ante mí en la versión más sensual y ascética de Buda, la más empírica de Kant, la más romántica del compositor Schumann y hasta en la versión más loca de Juana I de Castilla. Incluso, puntualmente, se ha exhibido en una interpretación muy cordobesa, como el gato de la película Shreck (nunca he sabido la razón de este brote nacional, aunque era un rato gracioso. “Eclisá” me quedaba).
En fin, como decía, que se ha revelado de mil formas distintas y nunca, jamás, never and ever, lo ha hecho como debía en el momento oportuno. Se mostró impulsiva cuando debió hacerlo reflexiva; soñadora en vez de escéptica; absurda y no sensata; imprudente en vez de juiciosa; anodina y no amable; y así una interminable lista de contraposiciones que, a estas alturas, me extraña que no hayan conseguido que mi conciencia cayera por un terraplén como un peso muerto, rebotando como una pelota para volver a caer de nuevo al vacío de bote y voleo (así de alocada es mi Pepi). Si es que es una suicida, una inconsciente de la vida, un delirio inmolado de algo etéreo que debía formar parte de mi cordura o, al menos, si no de una millonésima parte de ella, que sirviera para azuzarla, estimularla, para ponerla en el disparadero, para activarla. ¡Joder, que usara las neuronas, que se centrara, que tomara decisiones, que –por una vez- no se dejara guiar por el corazón, que supiese avanzar con pasos firmes y seguros, que no cayera al vacío… otra vez!
No me puedo fiar de mi Pepi. Es un ente libre, con ideas descabelladas y un carácter propio que más que resolver, embrolla las cosas. Es el Quijote de mi día a día. Está loca… y lo sabe, que es peor, porque le da igual a la muy inconsciente. 
Siempre que tengo que tomar una decisión importante, me imagino a uno de mis amigos en la misma situación que yo (o en una similar) y me pregunto «¿qué harían ellos si estuviesen en mi lugar? ¿Qué harían sus Pepis?». Luego recuerdo que yo soy "sus Pepis" y me quedo con la duda.
 

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