Amor

 
 
 Mi aliento, mi hálito de vida
 
Cariño, mi vida
¿Cómo estás? ¿Qué haces? ¿Qué piensas? La idea de que estés lejos de mí me mata, ¡me consume!
Sólo puedo pensar en ti, añorarte. ¡No hago otra cosa! No duermo, no como, apenas respiro. Soy incapaz de levantarme de la cama… y tampoco tengo ganas de meterme en ella. ¿Qué hago si tú no estás? Deambulo por los pasillos de mi casa como un fantasma sin cadenas, sin rumbo ni destino. Me siento perdida. Sola. Vacía. Tu amor era lo único que me daba vida, ganas de vivir, ilusión. ¿Qué puedo hacer sin él? ¿Qué puedo hacer sin ti?
Miro a mi alrededor y sólo te veo a ti, a nosotros. Miro a mi alrededor y sólo te puedo oler a ti, a nosotros. Me pongo tu ropa para sentirte cerca, para engañarme y sentir tus manos sobre mi piel, pero no funciona. No te siento.
Estoy atrapada en este microclima que creamos juntos, y no sé cómo salir de él. Ni si quiera sé si quiero salir de él. ¿Dónde estás? ¿Por qué no vuelves? ¿Por qué no me abrazas? Necesito que me ames, que me quieras. Necesito que estés aquí, conmigo, con nuestros hijos, ¡tu familia!
Sí, ellos también te echan de menos. Preguntan por ti. ¿Qué haces? ¿Dónde estás? ¿Por qué no vuelves? Ya no quiero mentirles más, ¡no quiero! No se lo merecen… ¿Qué le digo a nuestro hijo de tres años? ¿Cómo puedes pedirme que siga mintiéndole, que siga mintiéndoles a todos? Vuelve, vuelve pronto. Tus hijos quieren que vuelvas. Yo quiero que vuelvas. Te necesitamos…
¿Cómo decírtelo de otro modo? ¿Cómo puedo explicártelo para que tú lo entiendas? ¿Acaso no te das cuenta de que estamos rotos sin ti, de que nos estamos muriendo por dentro, de que no somos nada? Me siento como si me faltara un brazo o una pierna. Me siento incompleta,  rota, desgarrada. Ya no sé qué hacer para que vuelvas.
Lloro constantemente; por la noche, por el día, a escondidas en el baño, en silencio,… Lloro hasta agotarme, hasta morir un poquito más por dentro cada día. Ya no quiero llorar más. ¡No quiero llorar más! ¿Es que no entiendes? ¿Por qué no entiendes?
No merecemos esto. Tus hijos no se lo merecen. Yo no lo merezco. ¿Acaso no creamos juntos un paraíso, nuestro nirvana, a lo largo de estos quince años? ¿Qué fue de ellos? ¿Dónde están? ¿Dónde quedaron todos esos años? ¿Los olvidaste? ¡Fueron quince años! ¡Quince años juntos! ¿Puedes olvidar tan rápido? ¿Dejarlo atrás?
¿Y por qué? ¿Por ella? ¿Por otra mujer? ¿Qué te da ella? ¿Qué te da? ¿Amor? ¿Cariño? ¿Sexo? ¿¿Qué?? ¿Qué te da?
He estado pensando mucho en estos días, muchísimo. Es prácticamente lo único que he hecho desde que te fuiste. No he sabido hacer otra cosa. No he podido hacer otra cosa. ¿Y sabes a qué conclusión he llegado? Sí, te voy a dejar marchar. Quizás sea lo mejor, lo mejor para ti. ¿No es eso lo que quieres? ¿Marcharte? ¿Dejarnos? Quizás ella te haga feliz. Quizás ella te de lo que nosotros no somos capaces de darte. Quizás ella te de lo que necesitas, lo que buscas. ¿No es ese el motivo por el cual te alejaste de nosotros? ¡Quizás lo consigas!
Sí, quizás…
Quizás esa mujer también sea capaz de amarte como yo, con el alma, el cuerpo y el corazón. Quizás esa mujer también sea capaz de morir por ti, como yo. Quizás esa mujer también sea capaz de abrazarte en tus pesadillas y de besarte en tus sueños, como yo aún estoy haciendo. Quizás esa mujer sea capaz de darte unos hijos tan maravillosos como los que yo te he dado; unos hijos que te adoran, te quieren y te necesitan. Sí, puede que esa mujer te de todo eso que, al parecer, yo no soy capaz de darte. Sí, quizás…
Por eso te voy a dejar marchar, para que alcances tus sueños, para que seas feliz. Porque yo sólo quiero eso: que tú seas feliz, que puedas algún día ser verdaderamente feliz.
Por eso te voy a dejar marchar… Vete. ¡No vuelvas! No te preocupes por nosotros. No pienses en nosotros. Ya volveremos a respirar, ¡aprenderemos! No te preocupes por nosotros. Yo velaré por tus hijos, te lo prometo. No les abandonaré. No te preocupes por mí. Yo llegaré a ser feliz cuando tú también lo seas. Sólo es cuestión de tiempo, mi amor. Sólo es cuestión de tiempo… Yo seré feliz otra vez.
Pero nunca, jamás, nunca… nunca olvides que te queremos, que eres el motor de nuestras vidas y el aire que conseguimos respirar. Nunca olvides que eres nuestro sol, nuestro corazón, nuestra agua, nuestro ángel. No lo olvides jamás, cariño, no lo olvides. Siempre serás nuestro ángel más puro, siempre... y ella no podrá quitarnos eso jamás.
Siempre tuya, ahora y siempre,
              Tu mujer,
                          Helena
 
 
Abandonada
 
Realmente no sé qué hago escribiendo esta carta a las tres de mañana. Tampoco sé por qué tengo la necesidad de hacerlo ni por qué debería hacerlo. Al final y al cabo, tú no vas a leerla nunca. Y yo, la verdad, ya me he confesado a mí misma infinidad de veces lo que está sucediendo y cómo me siento, aunque ni si quiera entiendo realmente qué está sucediendo ni por qué.
Tengo el corazón destrozado, la vida destrozada. ¡Tú me la has destrozado! Pensé que eras el hombre de mi vida, mi amor eterno, mi confidente imperecedero, mi aliento y mi hálito de vida. ¡Qué equivocada estaba! ¡Qué tonta he sido! Quince años juntos y resulta que no te conocía, que me engañabas, ¡me traicionabas!
Ni si quiera pudiste mirarme a los ojos… No pudiste. ¡No lo hiciste! ¿Por qué no me miraste a los ojos cuando me dijiste que rompías este matrimonio por otra? ¿Dónde estaban tus agallas entonces? ¿Dónde? ¿Y dónde quedó ese amor que decías que sentías por mí y tus hijos, tu familia? ¿Dónde quedaron esos quince años juntos?
¿Y cómo piensas mirar a tus hijos a los ojos? ¿Cómo piensas decirle a un niño de tres años que su padre ya no quiere a su madre? ¿Cómo piensas hacerlo? ¡¿Cómo vas a poder hacerlo?! ¡Por Dios, sólo tiene tres años! ¡Tres años! Me rompo por dentro por él, por su hermano de diez meses, por su familia, sus sueños y sus vidas rotos. Sólo pienso en abrazarles y protegerles, protegerles de ti y del año que les estás haciendo. Porque les estás haciendo daño.
Aún te veo recogiendo tus cosas. La maleta abierta sobre una cama fría y sinsentido. La cama donde, en otra época, nos dimos tanto amor y concebimos a nuestros hijos. La cama que ahora está decorada con camisetas, pantalones y calcetines del pasado. El jersey verde que te tejió mi tía y el pantalón que te regalé por tu cumpleaños apenas hace un mes de tiempo. Veo los meses, ¡los años!, desfilar a través de tu ropa. Y te veo recoger esas prendas y te odio. ¡Te odio! Me gustaría haber cogido esa dichosa maleta y esas ropas del demonio y haberlos tirado por la ventana. ¡Tiraría todas tus cosas por la ventana!
¿De quién es el juego de mesa tal y de quién es el juego de mesa cual? ¿Esas son tus dudas más intrépidas? ¿En serio? ¡Puedes quedártelo todo! ¡Todo! Lo único que yo quería lo has destrozado y pisoteado. Lo único que yo esperaba de ti lo has roto en mil pedazos y lo has arrojado al fango. Ya no quiero nada de ti. ¡Nada! No quiero nada de ti, ¡y tus hijos tampoco! No te necesitamos.
Me parece estar viviendo una pesadilla horrible y cruel. Me falta el aliento, mi corazón late a mil por hora y no puedo evitar temblar. Me siento perdida en un bosque oscuro y tenebroso, donde las ramas de los árboles me golpean con resentimiento y los animales me persiguen esperando mi final… para devorarme. Sí, me siento a punto de ser engullida por el tiempo y el dolor, un dolor que tú me has regalado gratuitamente. Un dolor que no yo no quería y que para nada he buscado.
Llevo once días sin apenas dormir. Me despierto empapada en sudor y completamente asustada. Mi corazón late como un loco y, a pesar de tardar unos segundos en recordar dónde estoy, cuando lo hago, no logro tranquilizarme. No puedo respirar con normalidad. No puedo dejar de llorar. Llevo once días llorando y aún hoy me quedan lágrimas. Me regodeo en el dolor que tú me has infringido porque no puedo hacer otra cosa, porque me recuerda lo que me has hecho y por qué lo has hecho. Lloro sin consuelo porque no puedo odiarte de otra manera…
Vivo únicamente para mis hijos. Ellos dan cuerda a mi desgarrado corazón. Ellos me obligan a levantarme por las mañanas y a vivir (sobrevivir). Son ellos los que me obligan a estar despierta. Y son ellos la única razón por la que respiro y vivo (sobrevivo).
Se me rompe el alma cuando tu hijo me pregunta ¿por qué estoy triste? Y se me desgarra aún más cuando no sé qué decirle. ¿Qué puedo decirle a un niño de tres años que me abraza y me susurra “te quiero” al oído porque nota que estoy triste? ¿Qué puedo decirle a un niño de tres años que me coge la mano, me mira a los ojos y me dice “yo estoy aquí contigo, mami”? Sólo tiene tres años. ¡Tres años! Sólo tiene tres años, mi niño, y ya se preocupa por mí. No debería hacerlo. Debería ser yo el que le consolara y le protegiera, y no al revés. Pero no puedo evitarlo… No puedo evitar estar triste y sentirme morir por dentro.
Realmente no sé qué hago escribiendo esta carta a las tres de la mañana. No sé qué sentido tiene darle más vueltas.
Miro a mi alrededor y sólo veo vacío y silencio. Yo misma me siento vacía y en silencio.
¿Cómo hemos llegado a esto? ¿Cómo hemos podido dejar atrás quince años de relación para acabar en una mesa fría y sombría de un despacho de abogados? ¿Cómo hemos sido capaces de llegar a esto?
Te has llevado todo lo que tenía: mi amor, mi confianza, mis sueños y mis anhelos. Te has llevado el sol que iluminaba mis días y el aire que respiraban mis pulmones. Te has llevado los buenos sentimientos que alimentaban mi corazón y me has arrancado de la piel todas tus caricias, besos y abrazos.
Ojalá también pudieras hacerme olvidar. Ojalá pudieras ser egoísta una vez más y pudieras llevarte los recuerdos de los últimos años, para que no doliera tanto.
No quiero escribirte más. No quiero que sepas nunca más cómo me siento ni cómo me encuentro.
Sólo desearte desdicha, desamparo y miseria, que es lo mismo que tú me has dado a mí. Y soledad, dolor y angustia, que es lo que tu amante me ha regalado. Desearos que viváis lo mismo que estoy viviendo yo, que sintáis lo mismo que estoy sintiendo yo y que sufráis lo mismo que estoy sufriendo yo. También te deseo que la casa, el coche y nuestras pertenencias te hastíen y te recuerden a mí constantemente, para que no puedas olvidar nunca lo cruel que fuiste, lo inhumano, desgarrador y feroz que fuiste conmigo.
Yo, por mi parte, me quedo con lo más bonito de estos quince años juntos: dos niños preciosos, Guillermo y Gonzalo. Nuestros hijos.
No me llames nunca. No me escribas. No me llames. Y perdóname, Dios mío, por ser tan cruel y acumular tanto odio, pues sabes que yo no soy así… pero no puedo evitarlo.
Me voy, que mi niño pequeño está llorando y seguramente se le haya caído el chupete.
Hasta siempre.
Helena
 
 
 Confesiones
 
- ¡Qué grande el "nosotros"!- le confesó entusiasmada-. Me siento fuerte, invencible, poderosa. Me das la fuerza de Hércules y el talón de Aquiles juntos. Me haces sentir gigante y pequeña, fuerte y débil. Una princesa de caprichos y deseos concedidos. Me siento como Afrodita, Inanna, Astarté, Turán, Venus, Ushás y Aurora juntas. Reinas de la belleza y la sexualidad. Hermosa. Adorada. Venerada. Me haces sentir digna y santa. Reverenciada e idolatrada. ¿Y tú me lo preguntas, cariño? ¿Tú que eres la luz de mi vida?
Él, abrazándola, le había susurrado al oído:   
- Mi amor, ¿eres feliz conmigo?
 
 
Te estaré esperando
 
Mi amor, mi vida. Aún puedo oler el aroma que dejaste impregnado en la almohada. Y puedo sentir el calor de tu cuerpo entre las sábanas. Cierro los ojos y puedo sentirte, puedo escucharte. Es una tortura poder verte y no poder tocarte. Miro mis manos… y están vacías. Ya no sienten tu piel ni bullir tu sangre.
Te veo llorar, encogerte y mirarme sin verme. Me estremezco con tu dolor. Me devasta por dentro como un huracán. Me comprime con violencia el corazón y no puedo respirar. Siento míos tu sufrimiento y desconsuelo. Imploro contigo una nueva oportunidad, otra vida entera. ¡Ojalá fuese tan fácil ver cumplidos mis deseos!
No llores, cariño. No te derrumbes. Levántate. Hazlo por mí. Porque te amo. Porque te adoro. Siempre te amaré, mi vida. Allá donde vaya. Allá donde esté.
Al abrazarte, he podido sentir tu angustia, tu agonía, tu sufrimiento. Estás temblando. Un escalofrío recorre tu espina dorsal. Levantas la cabeza y miras a tu alrededor. Lo sabes. Sabes que estoy todavía aquí, contigo, mi amor. Frunces el ceño y observas aturdido la habitación. Te has puesto de pie. Me buscas. Me estás buscando. ¿Acaso no me sientes? ¿No me percibes? Estoy frente a ti, cielo. Mirándote a los ojos con dulzura y orgullo.  Porque eres mi orgullo. Tantos años juntos y aún nos amamos con completa intensidad. ¿Quién iba a pensar que mi hora iba a llegar tan repentinamente?
Miras la cama. Ves mi cuerpo. Con determinación, te tumbas a mi lado y me abrazas. Mi cuerpo está rígido, frío. Te da igual. Sólo quieres sentirme por última vez. Me haces sonreír una vez más. Siempre has tenido ese don. Siempre me has hecho feliz.
- Nos vamos a ver muy pronto, pequeña- me susurras con voz ronca al oído. Y con tristeza sé con seguridad que es verdad, pues al fin y al cabo ya tienes ochenta y siete años.
- Te estaré esperando- te contesto. Y confirmo que lo sabes cuando me sonríes.
 
La carta 
 
No me considero una persona tímida ni retraída. Tampoco veo en el espejo un reflejo asustado o encogido de mi versión real. Sólo estoy reflexionando, intentando entender por qué me siento tan débil y al mismo tiempo tan fuerte y por qué ese sentimiento, a pesar de no tener sentido, me parece razonable y sensato.  
Soy una persona organizada, metódica. Me gusta hacer las cosas con un porqué y me gusta hacerlas de manera estructurada. Sin embargo, desde hace unas semanas, soy imprevisible. Tan pronto me quedo embobada delante del cuaderno de historia como, un momento después, me pongo a hacer una tanda de galletas que ni me atrevo a probar. Es extraño, raro y, al mismo tiempo, normal.
Últimamente me he dado cuenta de que me arreglo más para ir a la escuela. Detalles que antes me parecían insignificantes, ahora me parecen necesarios (y hasta obligatorios). Hacerme una trenza, poner un poco de gloss en mis labios o vestir más estilosamente (casi con coquetería) se han convertido en una rutina diaria de la que no puedo prescindir. La vieja mochila que usaba antes para transportar mis libros ha quedado olvidada en el armario. Ahora los llevo en un bolso enorme que insistí a mi madre que me comprara. No es que sea demasiado bonito pero, ¿qué bolso hay bonito en el que te quepan cinco libros tan grandes como El Quijote, dos cuadernos, un estuche de bolígrafos, un neceser de maquillaje y un cepillo de pelo? Hasta ahora no he encontrado ninguno y me preocupa el hecho de que, aún hoy, lo esté buscando.
Nunca he sido caprichosa. Tengo tres hermanos mayores y el hecho de ser la única chica y además la más pequeña constantemente me ha beneficiado. Mis padres siempre me han abastecido de todo lo necesario: ropa, calzado, dinero para el transporte,… Ahora, sin embargo, no me parece suficiente. Día sí, día también, me sorprendo a mí misma quitándole a mi madre maquillaje de su tocador o cogiéndole un billete de su cartera a mi padre para ir al centro comercial y comprarme un vestido que tiene que estar en mi armario sí o sí, sin discusión.
Nunca había sido así.
Tampoco había sido torpe. Sin embargo, últimamente, parece que el suelo y las paredes están en mi contra. Tropiezo casi con hábito y en más de una ocasión me he comido una pared; sin hambre. No es que haya perdido vista (la semana pasada fui al oculista y me aseguró que mis ojos veían perfectamente), es que he perdido psicomotricidad. La relación tan perfectamente compenetrada que mi cerebro tenía con mi cuerpo se ha perdido en el camino, aunque no sé dónde (ya me gustaría). Mis piernas y mis brazos no escuchan las órdenes que les mando. Quizás simplemente no quieran escucharlas. No lo sé. Es extraño. Tendré que acostumbrarme a los morados que me hago (En el fondo, me dan carácter).
Nunca he sido una chismosa. Tampoco me ha faltado personalidad. Tenía muy claro quién era, cómo era y a dónde quería llegar. Sin embargo, ahora, parece que lo piensen y digan los demás es mi nuevo Evangelio. Mis orejas se están agrandando de tanto dilatarlas para poder escuchar y hacer equilibrios con la silla y el pupitre se está convirtiendo en mi deporte nacional. Un día incluso me caí de la silla para poder escuchar con mayor claridad qué decía mi compañera de la izquierda. Todos se rieron cuando me vieron las bragas, pero yo me puse en pie feliz. Aprendí que las botas marrones no combinaban muy bien con el uniforme. Ellos me miraron extrañados pero a mí no me importó. Aquel día aprendí una nueva lección y estaba muy contenta.
He perdido tres kilos, creo que cuatro, desde que empecé a comportarme así. No sé si debe al cambio de hormonas (quizás me venga por fin el período) o al vaivén de adrenalina que experimenta mi cuerpo. Si es por las hormonas, estoy ansiosa de que llegue el momento para saborear el hecho de convertirme en mujer. Si es por la adrenalina, he de confesarte que me siento algo confusa. Mi cuerpo experimenta cambios bruscos de inestabilidad física y mental cuando tú estás cerca (lo he estado comprobando estas últimas semanas). Por ejemplo, el otro día, cuando tú estabas jugando al fútbol con tus amigos, yo perdí un diente al tropezar (literalmente) con una farola del parque. Y el otro día me magullé ambas rodillas cuando simplemente miraste en mi dirección y yo, despojada de todo sentido común, intenté andar sin mover los pies (hubiese sido un logro haberlo conseguido, la verdad). ¿Y no recuerdas la clase de matemáticas? Me rompí la nariz al girar bruscamente hacia la pizarra cuando tú sencillamente me sonreíste (tienes que recordarlo porque me fui corriendo a la enfermería mientras me desangraba. Allí me desmayé. ¡Qué vergüenza!).
Es una calamidad, un sinsentido. He estado analizando mi comportamiento (y el tuyo) desde que fui consciente de que algo ocurría y esa es la única explicación coherente que se me ha ocurrido. Las otras posibilidades las he descartado por carecer de lógica o ser demasiado vergonzosas, pues realmente no creo haberme vuelto tonta de repente (quizás por las múltiples caídas que sufrí desde mi cuna cuando todavía era un bebé) ni tampoco creo que se hayan alineado los planetas con el propósito de volverme loca.
Así que, siendo lógica y razonable, he llegado a la conclusión de que el único porqué de mis “desastres” eres tú (y fíjate que la palabra “desastres” va encomillado). Y no es que tú seas el culpable de mis desgracias (no, por Dios, ni muchísimo menos), sino que tú eres el detonador de que todas esas cosas se hayan ido sucediendo.
Me explico. Cuando analicé con prudencia todos los factores posibles, todas las causas y todas las consecuencias por las que tú eras el percutor, sólo pude llegar a una conclusión (Obviamente, una conclusión sensata y meditada): me gustas. Y si el grado de entusiasmo que siento por ti se mide en relación con la gravedad de los absurdos sufridos, entonces me debes de gustar muchísimo. No tengo experiencia en este tipo de relaciones, así que no sé si es adecuado que te lo diga o es de “atrevidas” hacerlo. Me da igual. Yo sólo quiero que lo sepas. Me siento más tranquila sabiendo que tú conoces el motivo por el cual tropiezo con tanta costumbre y me comporto con tanta necedad. No quisiera que pensaras que realmente estoy loca o que soy torpe hasta el agotamiento. En realidad, soy una chica normal de trece años con ganas de experimentar.
¿Sería de “atrevidas” que te invitara a una hamburguesa y un refresco? Me gustaría comprobar la teoría de que, con el trato frecuente, este enamoramiento se puede intensificar o perder con el tiempo. Siempre lo he leído en libros (el amor, me refiero) pero, obviamente, nunca lo he puesto en práctica.
No sé si tus padres me dejarían ir a tu casa a pasar la tarde. Estoy segura de que los míos no pondrían objeciones a que tú vinieras a la mía (siempre podemos decir que es para estudiar o para hacer un trabajo).
Si quieres, después de clase, quedamos en la puerta de la escuela y hablamos. Te esperaré allí.
Un beso,
Claudia
 
 
 Mi perro
 
Hace casi tres años me compré un perrito, más por hacerme compañía que por el simple deseo de cuidar un animal. Mi perro es un cocker spaniel inglés muy activo y juguetón. Cariñoso desde los dos meses de edad, el simpático animal se hizo querer desde el minuto uno. ¡Le adoro!
Ray Charles, le puse de nombre, pues quería un perrito tan negro como el carbón y el nombre me parecía apropiado a la par que original. A pesar de haber nacido finalmente de color azul ruano (blanco y negro con destellos azulados), Ray, que era como le llamaba cariñosamente, se quedó finalmente con el nombre predestinado. Me agradaba la idea de ser la única que tuviera un perro con ese nombre. Coco, Toby, Rocky, Rex,… eran nombres tan típicos que me disgustaban. Yo quería que Ray fuese único y diferente.
Viene conmigo a todas partes, incluso de vacaciones. Es como una prolongación de mi cuerpo, algo de lo que no puedo ni quiero separarme. Alejarme de él es como quitarme un brazo o una pierna. Forma parte de mí, de mi vida.
Menea la cola cuando estoy feliz y se acurruca junto a mí cuando me siento triste. Siempre está ahí, pase lo que pase. Es fiel, indescriptiblemente fiel, y eso me enorgullece y me hace feliz.
Este año, estando de vacaciones, me he sentido decepcionada. Muchas personas miran con el rabillo del ojo a mi perro, como si tuviera una enfermedad de la que no quisieran contagiarse. A pesar de que Ray se mantiene siempre a mi lado, ya que está adiestrado, parece hastiarles de una forma que me abruma. Su simple presencia parece perturbarles. No molesta a nadie y, a pesar de eso, si alguien pasa muy cerca de él, aprovecha y le da una pequeña patada, como si se tratase de una lata vacía de refresco o como si el camino sólo estuviese hecho para las personas y bajo ningún concepto para los animales.
He ido observando que, en general, somos unos intolerantes. Aquello que no nos gusta o agrada, lo rechazamos sin justificar los motivos. Simplemente, le damos la espalda o lo criticamos con vehemencia infundada.
- Tu perro mancha. Aparta al chucho de mí- me reprendió una vez un anciano regordete que caminaba dificultosamente con un cigarrillo entre sus dedos.
Ray está educado y, atado como estaba con la correa, difícilmente podía ensuciar o molestar. Recojo las deposiciones de mi perro, realiza las micciones en las zonas habilitadas para ello, juega en el parque sin molestar a nadie… Aquellos pocos sectarios nos calumnian como si fuese su último pasatiempo.
Algunos días después de ese desafortunado encuentro, paseando por un abrupto camino de arena, Ray se puso a ladrar de forma descontrolada y enérgica junto a unos tupidos arbustos ajados. Pensé que estaba jugando o que, quizás, había encontrado algún gato al que perseguir. Sin embargo, nada salía de aquellos arbustos. Extrañada, me acerqué hasta él, que iba y venía de forma insistente de mí a los arbustos y viceversa.
Alcanzando los matorrales, pude distinguir a un viejo aparentemente inconsciente tendido en la tierra. Precipitándome al suelo asustada, le di la vuelta e intenté reanimarle desesperada. Sorprendida al comprobar que era el anciano que me reprendió el otro día, le supliqué:
- ¡Despierte! Por favor, despierte.
A la par que le daba suavemente con mi mano en su mejilla derecha, los ojos del anciano se fueron abrieron poco a poco. Al principio, la luz le incomodó sobremanera pero, con el paso de los segundos, se fue acostumbrando paulatinamente a la claridad.
- Ay…- se quejaba el pobre hombre. - ¡Cómo me duele la cadera, ay!
- ¿Está usted bien?- le pregunté anhelante.
El anciano, que parecía más pequeño de lo que en realidad era, hizo un amago de levantarse pero el golpe, que le había entumecido el cuerpo, le impidió que se incorporara.
- Tranquilo- le ordené, poniéndole una mano en el pecho para impedir que se moviera más-. Relájese. Ahora mismo llamaré a alguien para que nos ayude-. Y, cogiendo mi móvil, llamé a una ambulancia.
Era obvio que el pobre anciano estaba desorientado. Miraba a un lado y otro procurando recordar. Asustado, oprimía mi mano con las pocas fuerzas que le quedaban.
- ¿Filo? ¿Dónde está Filo? ¡¿Dónde está mi mujer?!- gritó repentinamente impaciente, en plena crisis nerviosa.
- Ssshhhhh… - le calmé-. Ella ahora mismo viene. No se preocupe. Todo saldrá bien- le dije con intención de serenarle.
El anciano, que parecía haber recuperado abruptamente la conciencia, cruzó súbitamente su mirada con la de Ray. El perro estaba sentado junto a mí. No ladraba. No se movía. No molestaba.
- ¿Qué hace ese chucho aquí?- vociferó enfadado-. ¡Qué se marche! ¡Vete, malnacido!- y una tos carrasposa le impidió maldecir más.
Contando en silencio hasta diez, tomé aire para serenarme. Ese anciano me estaba sacando de mis casillas. Instantes después y como caídos del cielo, después de escuchar mis mudas plegarias, dos ATS se acercaron hasta nosotros con una camilla de color rojo.
Explicándoles brevemente qué había ocurrido, alzaron con brío al viejo regordete hasta la camilla y le acomodaron como pudieron. Atándole las bridas para que no pudiese caerse, me dieron las gracias y se alejaron con él hasta la ambulancia que estaba aparcada a unos metros de donde estábamos.
Agachándome, felicité a Ray orgullosa.
- Buen perro- le dije-. Buen chico.
Abrazándole y riéndome, Ray me chupó la cara, meneando la colita feliz y henchido de mis alabanzas. Trayéndome un palo, se lo tiré para que corriese a por él como recompensa. Jugamos y nos divertimos más tiempo del habitual, pues se lo había ganado. Hoy sí que se lo había ganado.
Días después, supe que el anciano había salido del hospital. Apenas unas magulladuras y unos moratones le harían recordar el episodio vivido. La herida de la cadera era la más fea, pero también sanaría. Sólo tenía que cuidarse y tener más precaución la próxima vez.
Y, sorprendiéndome en mis últimos días de vacaciones, me confesaron que le habían visto por los parques jugando y entreteniendo a los perros que estaban por allí. Con esa noticia, me sentí aún más orgullosa de Ray. Siempre supe que era un buen perro. Ahora lo aseveraba aún más.
Finalmente, mis vacaciones fueron fructíferamente interesantes. Volví a casa feliz.
 

No hay comentarios:

Publicar un comentario