Microrrelato


Ella

Con los primeros rayos de sol, me levanté de la cama. Ella estaba tendida a mi lado. Indeciso, me pregunté qué haría con ella. Sediento de cafeína, me preparé un café. Me senté a la mesa y le di un sorbo a la taza. Ella estaba sentada conmigo, mirándome, silenciosa. Una vez vestido, salí a la calle… con ella. Fui comedido a trabajar. Ella siempre me acompaña. Después de una jornada de trabajo, regresé a casa. Ella, conmigo. Me senté a comer. Ella se sentó a mi lado, sin probar bocado. Ella comía de mí. Saciado, me senté al sofá y encendí el televisor. Ella vino conmigo. Cambié de canal varias veces. Ella no tocó el mando. Sólo miraba, me miraba. De nuevo, me pregunté otra vez: “¿Qué haría con ella…, la vida?”

Mi sitio

Fui realmente feliz con Bella, ahora una anciana de 87 años que apenas puede sostenerse sola en pie. Ella me dio amor y cariño, y me llevaba a todas partes como si fuera su mejor amiga. Devoción. Al crecer ella, pasé a formar parte de la vida de su hija Emma. Aunque su amor no era tan intenso, me sentí igualmente querida y amada. Con ella, tuve una intensa vida llena de príncipes, dragones y sueños. Onírico. Christina, su hija, era ahora mi nueva compañera. Me sentaba en una pequeña mesa rosa y me servía té y pastas durante toda la tarde, todos los días, si no me cambiaba de ropa incansable. Agotamiento. Pronto estuve rodeada de múltiples amigos, aparatos y modernidades, y me olvidó. Emma, cariñosa, me dejó sobre el pecho de su madre con estas dulces palabras: “Éste siempre ha sido tu lugar, muñequita”. Felicidad.


Mis zapatos de tacón

Salí a la calle con mis preciosos zapatos rojos de tacón.  Me sentía poderosa, magnánima, ¡dueña del mundo entero! Un tacón con un interminable recorrido de más de doce centímetros, delgado como un junco y alto como un pino paraná. Cada pisada, cada paso que daba, era un pavoneo más que alimentaba mi insaciable ego. Fuerza, elegancia, jactancia. ¡Cómo me gustaba lucir mis largas piernas rosadas en la cima de esos zapatos color pasión! Con esos tacones tocaba el cielo, ¡me comía el mundo! Era absoluta e indudablemente imbatible… hasta que tropecé con un adoquín mal puesto y caí torpemente al suelo. Sometida y derrocada por un trozo de piedra. ¡Qué ironía! ¡Cuán cruel puede ser conmigo el mundo que unos segundos antes era íntegra y completamente mío!

Hechizado

Estaba nervioso. Hacía muchísimo tiempo que no tenía una cita. Creo recordar que la última fue hace unos seis años en aquel coqueto restaurante del centro. Al final de ese encuentro, probé los labios de Miranda. ¡Qué labios! ¡Qué beso!

Desde entonces, no me había atrevido a invitar a ninguna mujer ni a un mísero café. Me aterrorizaba la idea de intentarlo si quiera. Sin embargo, Sara tenía algo especial, algo que me había embrujado. ¡Estaba hechizado! Poco después de acercarme a ella, tenía una cita.

Quería sorprenderla, seducirla, cautivarla como ella había hecho conmigo. Margaritas, velas, jazz. Cuidé hasta el último detalle. El aroma del pollo al jerez colmaba toda la casa. Cuando abrí el horno, el recuerdo a pasas y ciruelas me hizo sonreír.  La botella de jerez Cardenal Mendoza me la regaló Antonio Martínez las Navidades pasadas. “Para una ocasión especial” me dijo guiñándome un ojo. ¡Y qué ocasión! Estaba tan ansioso por probar el dichoso brebaje como porque Sara llegara. Me quité el delantal, me atusé el pelo frente al espejo de la entrada y esperé paciente a que el timbre iniciase esa mágica noche.


Cosas de niños

Los demás niños del orfanato le habían dado de lado, pero a mí su aspecto me gustaba. Su piel morena me cautivaba. Su ensortijado pelo azabache me llamaba la atención. Sus profundos ojos negros me hipnotizaban. Me acerqué a él y le abracé. “Yo seré tu amiga” le declaré.

Extrañado, me miró. Yo era rubia, de piel blanquecina y ojos azulados. “Eres distinta a mí” me dijo, apartándome con el brazo. Le sonreí feliz. “No, los dos somos niños y ambos estamos solos” le contesté. Después, él me abrazó.

Libertad para elegir

Nuestras familias estaban enfrentadas desde hace años. ¡Cuántas veces me había dicho mi padre que no me acercara a los Sánchez! “Aléjate de ellos” decía. Pero mi amor era fuerte, ¡indestructible! Roberto y yo nos conocemos desde niños. No pudimos evitarlo: nos enamoramos. Hablé con mi padre y me prohibió verle. No le escuché. Necesitaba a mi amado. ¡Le quería!

Un día, casi fui atropellada pero él me salvó. Roberto habló entonces con mi padre. “La amo” le confesó, “daría mi vida por ella mil veces más”. Y mi padre le entregó mi mano.


La magia de la Navidad

Su pelo del color del sol flotaba en el frío aire del invierno. Sus enmarañados rizos enmarcaban su cara, afilada y de pálida piel. Unas pequeñas motitas marrones salpicaban dulcemente aquel rostro angelical. Sus ojos, esos enormes ojos verdes, reflejaban abiertamente su soledad. ¡Cuánta tristeza expresaban! Aquella muchacha estaba hecha para ser amada. Sus labios, perfectamente delineados, suplicaban ansiosamente ser besados. ¿Cómo sería besarla?¿Su sabor se parecería al de las maduras manzanas que vendía? ¡Qué tentación probarla! Mi estómago dio un vuelco cuando nuestras miradas se cruzaron por un instante. ¡Con cuánta ferocidad tuve que controlarme para no acercarme a ella y robarle un beso! No, no me conformaría con un beso. ¡Yo quería más de ella! ¡Lo quería todo!

La pobre niña, vestida con harapos que apenas cubrían su cuerpo, temblaba de frío. La apolillada manta de lana, que rodeaba sus hombros, difícilmente la podían ofrecer calor. Sus medias grises repletas de agujeros, mostraban multitud de heridas embarradas mal cicatrizadas.

Sorprendiéndome, vi a un borracho acercarse a ella. Asiéndola bruscamente, tomó una de las manzanas del cesto que colgaba de su brazo, provocando que el resto de las manzanas rodaran calle abajo, como si de una carrera se tratase. La muchacha le miró ceñuda, pero no dijo nada, tan acostumbrada estaba a ese trato.

Furioso, me acerqué hasta ellos. Con una ira nacida desde lo más profundo de mi interior, agarré a aquel infame y le lancé lo más lejos que pude.

No dije nada después. Sólo miré a la muchacha y la sonreí. Ella hizo lo mismo. ¡Cuánto agradecimiento expresaban sus ojos! ¡Cuánta dulzura! Sin poder controlar lo que hacía, le dije:

- Ven, niña. No puedes pasar sola la Navidad- y la arrastré a un mundo mejor lleno de promesas cumplidas.


No ven porque no quieren

“Tiene atrofia del nervio óptico” le dijeron a mi madre cuando nací. Sin embargo, ella y mi padre se propusieron darme una vida normal, sin limitarme. Me educaron y atendieron como a mi hermana mayor. Lloré, reí, dije lo que pensaba, sentía y deseaba… y me escuchaban. Me apoyaron en cualquier meta que me proponía. Aprendí a desarrollar el tacto y el olfato incluso más que una persona sin ceguera, ayudándome a conocer más el entorno y las personas que me rodeaban. Tardé más en gatear y andar, pero eso me ayudó a desarrollar más mi motricidad, gracias también a la labor de Javier, un fantástico especialista. Tuve ayuda de muchos y en muchísimos lugares: mi casa, la escuela, la calle, los parques… A pesar de ser funcionalmente ciega, me sentía y me siento muy afortunada. Todos me adoraban y mimaban.

De chiquilla, algunos niños me miraban con extrañeza, más por el desconocimiento que empujados por la crueldad.

En la adolescencia, más conscientes, unos pocos se burlaron de mi discapacidad. Sin embargo, y debido a que desarrollé más otras sensaciones desde pequeña, demostré ser más decidida, activa y madura que ellos. Mis notas eran muy buenas y mis ganas de aprender y relacionarme con todo y todos eran inagotables. Me sentía orgullosa de mí misma y mi familia también.

Con veintisiete años me enamoré perdidamente de Hugo. Era atento y cariñoso conmigo. Me respetaba y admiraba. Bromeaba diciendo que me envidiaba. “Tiene que ser extraordinario tener un mundo sólo para ti” afirmaba mientras me besaba detrás de la oreja. “Descríbemelo otra vez”, me pedía una y un millón de veces más.

Y yo siempre le decía lo mismo: “Mágico. Mi mundo es mágico”.

El accidente

- ¡Ayúdenle! ¡Ayúdenle, por favor!- Helena estaba histérica. Gritaba aterrada, mientras la impedían acercarse a mí, que estaba acusado de robo. No sabía muy bien si lo hacían por su propia seguridad o por la mía.

Los relinchos de los caballos ahogaban los alaridos de mi mujer, mientras pendían nerviosos del barranco. El carro, en cuyo interior me encontraba, soportaba el peso de los equinos ayudado por un árbol que hacía sus veces de freno. No sabía cuánto tiempo íbamos a aguantar así. El sonido estremecedor de la madera astillándose me acongojaba. Procurando mantener la calma, mordía feroz las cuerdas que inmovilizaban mis muñecas. Mis posibilidades se estaban agotando. El viejo árbol no podría soportar tanto peso mucho más tiempo. Royendo los amarres con avidez, insistente, logré liberarme. Intentando evitar que el carro se precipitase vertiginoso al barranco, escapé despacio por una de las ventanas. De pie sobre el carromato, grité furioso “¡Soy inocente!”. La madera rompiéndose paralizó mi corazón. El árbol se desplomaba consumido, y el carro y los caballos caían con él. Saltando lo más lejos que pude, alcancé tierra.

Liberándose, Helena corrió hasta mí.

- Yo te creo- decía-. – ¡Yo te creo!- Nada más me importaba.


Noche de chicas

El primer martes de cada mes. Sin excepción. “Noche de chicas” las llamábamos, aunque más bien yo las hubiera llamado “noches curiosas”, por la diversidad de sucesos que hemos vivido en ellas, si es que nosotras no provocábamos alguno más. Hemos jugado al póquer hasta arruinarnos, cocinado tartas para luego devorarlas hasta reventar, nos hemos tatuado el trasero, emborrachado hasta vomitar, hemos agotado el crédito de la visa en champagne francés, hemos llamado a una pitonisa del tarot para partirnos de risa después,… incluso hemos bromeando con unos pocos hechizos de amor. Pero lo que ocurrió el martes del pasado Marzo fue escalofriante. Aún se me ponen los pelos de punta al pensarlo. La ouija. El juego más loco que decidimos hacer, si es que se le puede llamar juego.

Marta, la más joven de nosotras, vino con un tablero con las letras del abecedario y los números del 0 al 9 grabados en él, así como las palabras “Hola” y “Adiós”, talladas en la parte inferior de la madera. “El vaso de cristal funcionará de receptor” nos explicó ansiosa, “¡cómo nos vamos a divertir!”. Pues la verdad, yo no me divertí mucho. Ninguna de nosotras lo hizo.

Después de explicarnos cuáles eran las reglas, nos sentamos en el suelo formando un círculo, con el tablero entre nosotras. Poniendo el dedo índice sobre el vaso, colocado justo en medio de la madera tallada, Marta comenzó a preguntar:

- ¿Hay alguien ahí?

Silencio. Nuestra concentración se basaba esencialmente en el tablero y en aquel maldito vaso de cristal. Una gota de sudor recorrió mi mejilla huyendo presurosa de lo que estábamos haciendo.

- ¿Hay alguien ahí?- preguntó de nuevo.

Más silencio. Apenas habían pasado quince minutos y ya me estaba poniendo nerviosa. Miré al resto de mis amigas, que parecían estar padeciendo lo mismo que yo. Aquello no me gustaba.

- Si estás ahí, pronúnciate- pidió insistente.

Y, pareciendo irreal, el vaso empezó a temblar ligeramente. Mirándonos asustadas, comenzó a bambolearse más violentamente. Súbitamente, en apenas un segundo, el vaso se colocó sobre la palabra “Hola”. Nos quedamos mudas de miedo. No podíamos ni parpadear. Se nos secó la boca y el corazón empezó a palpitarnos con fuerza. Con una energía que no le correspondía, el vaso se trasladó de letra a letra impetuoso, para pararse poco después.

- Lucifer… - susurró Marta petrificada.

Las luces se encendieron y apagaron varias veces. La lavadora, la tostadora, la televisión,… ¡todo se encendió de repente! Las puertas se abrieron y cerraron violentas, al igual que los cajones. Algunos cuadros se cayeron al suelo y los cristales de las ventanas reventaron peligrosamente. Estremeciéndonos, Marta gritó poseída “Por el poder de Dios, Satanás, márchate. Dios te echa de aquí” y estrelló el vaso contra la pared, dándonos un susto de muerte a todas. El silencio regresó a la casa, quebrado únicamente por nuestras agitadas respiraciones.

No hemos vuelto a hablar de ese día. No hemos vuelto a quedar ningún martes.


La historia de un minero

Mi abuela siempre me contaba historias de su juventud. Sentado sobre su regazo, disfrutaba de su compañía y sus recuerdos, que siempre me conmovían a pesar de mi corta edad. Sin embargo, y a pesar de las numerosas anécdotas que me contaba, el relato que más me conmovió, fue la historia de mi abuelo. En muy contadas ocasiones hablaba de él. Decía que el recuerdo era muy doloroso. “Ojalá me llevase con él” decía con los ojos humedecidos. “No, abuela. ¿Y qué haría yo sin tus historias?” le respondía, arrebatándole una frágil sonrisa.

Ahora tengo 37 años de edad y aún recuerdo la primera vez que mi abuela me habló de él, de mi abuelo. “Mi ángel” le llamaba cariñosamente, y le llamaba así porque realmente su nombre era Ángel. “¡Cuánto sufrió mi ángel!” me aseguraba emocionada.

Una tarde, más alentada a desahogar su pena que a narrarme la historia de mi abuelo, comenzó a hablar como perdida en otro mundo, hipnotizada:

- Mi ángel y yo nos enamoramos al vernos- comenzó-. Fue amor a primera vista. Con mirarle a los ojos, yo supe que era el hombre de mi vida. Por eso le sonreí. Era muy apuesto, de ojos oscuros y penetrantes, mandíbula marcada, anchos hombros y fuertes brazos, y con el pelo tan negro como el carbón. ¡Qué ironía!- Silencio. Mi corazón palpitó nervioso, impaciente por saber más. – Cambió su trabajo de la agricultura a la minería – continuó. -Decía que así ganaría más para poder sustentarnos.  Aún recuerdo cuánto sufrió su primer día en la oscuridad de aquella maldita mina de carbón, que sólo le dio sufrimientos y soledades. Me dijo que se asfixiaba. Aquel día – me describía reviviéndolo- mi ángel regresó aterrorizado a casa. Sus ojos ya no miraban igual. “Aquello es un infierno” me susurró apenas sin voz.

Como volviendo a la realidad, me miró a los ojos. Yo no dije nada por miedo a que dejara de hablar. Yo quería conocer la historia de mi abuelo, ¡necesitaba saberla! La miré expectante, ansioso. Únicamente me relajé cuando empezó a hablar de nuevo.

- Cada día de su vida, se levantaba al amanecer y regresaba a casa al caer el sol. Su vida era la mina. Se llevaba la barjuela con pan, sardinas, algo de tocino y agua- más silencio. – Froté un millar de veces aquellos calzones roídos y aquel sucio pañuelo que se ponía en la cabeza. Y aquellas albarcas de esparto… bien que andaba descalzo por esos terroríficos socavones. Mi ángel había cambiado. Ya no era el hombre alegre y locuaz del que me enamoré. Se había vuelto sombrío, callado, fantasmal. Los días transcurrían sin apenas vernos. Su rostro mostraba signos de cansancio y envejecimiento prematuro. Una tarde, después de más de veinte años trabajando en aquella mina de carbón, no regresó. Entonces lo supe. Mi ángel me había abandonado- un nuevo silencio. -Supe después que había aspirado aire tóxico, se había adormecido y había tenido una muerte silenciosa. Mi ángel trabajó duro por su familia, pero no tuvo vida. Su vida fue la mina- Y entonces la abracé, la abracé con una fuerza infinita.

Mi abuela me contó esta historia sólo en dos ocasiones. La primera de ellas fue a la edad de once años. Por desgracia, la última vez me la contó prostrada en la cama, instantes antes de morir. En esa ocasión, también la abracé.


El jurado

Víctima: Varón, veintinueve años, casado.
Sujeto pasivo: Varón, cuarenta años, soltero.
Causa de la muerte: Muerte cerebral por golpe severo en el cráneo.
Evidencias: Una grapadora con sangre de la víctima y una huella de pisada humana.
Acusación: Homicidio.

Me observaba impávido. Un escalofrío recorrió mi espalda. Las manos me temblaban. Estaba inquieta. Las pruebas evidenciaban que había sido él y tenía un móvil. Una trampa, aseguraba. Le creí.

Nada más emitir el veredicto, me arrepentí. “Inocente” dijo el Juez. Una depravada sonrisa se perfiló en sus labios. Me guiñó un ojo. Un asesino andaba suelto. Me estremecí.


Asesino

Yo, el asesino internacional más buscado, ¡miembro de la C.I.A! ¿Quién iba a sospechar algo así? ¡Un plan terroríficamente perfecto! Esos estúpidos agentes ni si quiera se acercaban mínimamente a la verdad. Toda una vida planeando, viviendo una mentira, ha merecido la pena. Ja, cómo me río de ellos y de sus posibilidades, sus estadísticas y sus insulsos mapas repletos de fotografías, mis trofeos. Más de cincuenta… setenta… ¡cien! Mi vida abierta a todos. Un gran diario expuesto, lleno de color y caras perdidas. ¿No se dan cuenta que así me alientan más y más cada día?

Llevo más de treinta años arrebatando vidas a sangre fría, saboreando la sangre, oliéndola. Uhmmm, vuelvo a tener sed… ¡y hambre! Pronto saldría de caza, muy pronto. Mi pulso empezaba a latir frenético…

La vida

Cuando acaricio mi vientre, hinchado después de ocho meses de anhelado embarazo, te siento tan cerca de mí, que me entran ganas de llorar y reír al mismo tiempo. Es un continuo fluir de experiencias y sensaciones que me absorben y me colman por completo, y me hacen inmensamente feliz. Me siento egoísta por tenerte sólo para mí. Sin embargo, me gusta que sea así; es un carrusel de euforia y placidez que me niego a compartir con nadie. Sé que tú estás bien; me lo confirmas con tus pataditas. Pese a eso, me siento terriblemente ansiosa por verte la carita y achucharte. Y, aunque me da un poco de miedo ser madre, sé que juntos lo haremos bien. Tú me enseñarás cómo hacerlo. Te acaricio a través de mi piel, sintiéndote, llenándome, y sé que todo saldrá bien. Unidos lo lograremos.


Sueños

Siempre me había parecido fascinante observarla. Mirarla se había convertido en mi mayor pasatiempo; un entretenimiento que ejecutaba en silencio y del que no me aburría nunca. Podía estar horas así, callado, observando, aprendiendo. Era hermosa. Demasiado. Proyectaba una ternura e inocencia difíciles de ocultar que me calaron muy hondo. Con sólo mirarla una vez, te atrapaba e hipnotizaba… casi sin darte cuenta, sin quererlo. ¿O sí?

Todos los días, a la misma hora, estaba allí. En el mismo parque y el mismo banco. Junto al estanque. El lugar más hermoso de ese edén que ella misma había creado a su alrededor con solo su presencia.

Todavía recuerdo la primera vez que la vi. Era martes. Las hojas de los árboles danzaban con el fresco aire de ese día otoñal. Ella llevaba puesto un sencillo vestido de muselina azul. Sobre sus hombros, un jersey de fina lana blanca le brindaba todo el calor que necesitaba. Unos zapatitos negros le cubrían los pies, entrelazados entre sí. Su postura era relajada. Concentrada en lo que hacía sobre el cuaderno que tenía sobre sus rodillas, se apartaba con aire distraído un rebelde mechón rizado que se posaba sobre su mejilla juguetón. De vez en cuando sonreía. Recuerdo que deseé saber el motivo de ese gesto fugaz. Deseé saberlo todo sobre ella.

Su rostro, de mejillas sonrosadas y nacarada piel, lo alzaba al cielo con aire distraído cada cierto tiempo, pensando, concentrada, para volver a bajarlo después y plasmar en ese cuaderno lo que había recordado o pensado en ese instante de cavilación. ¿A dónde le llevarían sus pensamientos? Recuerdo que deseé conocer ese mundo mágico en el que ella se perdía tan fácilmente. Recuerdo que deseé perderme con ella en él.

Pasé muchos días así. Me alimentaba de su presencia y sus gestos, y para mí era suficiente. Un día, la expectación y el apetito voraz que tenía de ella pasaron al siguiente nivel. Pensé que era feliz con lo que me ofrecía durante esas horas diarias de ensimismamiento inconsciente, pero –después de aquello- supe que no me conformaría con menos a partir de entonces.

Todo ocurrió muy rápido. Demasiado. Apenas pude reaccionar. No me esperaba aquello. Me cogió desprevenido y, quizás, gracias a eso, lo que sucedió fue tan especial.

Yo estaba donde siempre, en un banco cercano al de ella, solo y en silencio, como acostumbraba. Mi mirada estaba clavada en ella, observándola, estudiándola, absorbiéndola. Apenas parpadeaba por miedo a perderme algo vital, un instante fugaz que podría revelarme mucho sobre ella. Sin previo aviso, mágicamente, su mirada se posó en mí y me sonrió. Se me olvidó respirar. Mi corazón dejó de latir. Me quedé paralizado. Mi cuerpo no respondía a las órdenes que le dictaba el cerebro. El tiempo pareció detenerse. No había otros sonidos, otras personas, nada. Sólo nosotros dos. Ella y yo.

La herencia
Nos miró uno a uno con lentitud pasmosa, provocando, tentando. Estaba furioso. La dureza de su mirada y la fina línea de su boca le delataban. Su presencia invadía la habitación, sofocándola, creando incluso la desagradable sensación de que respirar se convirtiera en una ardua tarea. Estaba tenso, y lo trasmitía.

Sin dejar de condenarnos con esos fríos ojos de acero, tomó una copa de vino de la mesa e, inclinando levemente la cabeza simulando un brindis, masculló:
- En algún momento me equivoqué con vosotros.


Quisiera

- Quisiera poder hacerlo de pie como vosotros- le confesó súbitamente con esa determinación que tanto la caracterizaba.- Es más fácil.

Él la miró sin comprender. Sara siempre llegaba a enloquecerlo con sus impetuosos pensamientos. Para contar sólo ocho años de edad, era una niña muy despierta… y era lo que más le atraía de ella.

- No entiendo por qué nosotras tenemos que hacerlo siempre sentadas- prosiguió vehemente, mientras observaba fijamente sus pies.- Es más aburrido. Y no puedes hacerlo siempre que quieres.

- Nosotros no tenemos pechos- le manifestó Lucas, orgulloso de poder participar en esa deliberación inesperada de pensamientos.

- ¡No digas tonterías! ¡Sí tenéis!- le indicó impetuosa-. Sólo que estáis completamente planos, como una tabla de planchar- musitó con timidez.

Sara continuó observando sus pies, como buscando la respuesta a todas sus dudas ahí. Lucas la observaba con admiración.

- Mis pies y mis manos son pequeños.

- ¿Para qué quieres que sean grandes?-. Lucas no podía seguir el hilo de pensamientos de su amiga.

- Para poder abrazarte como tú lo haces. Con fuerza.

Él se quedó patidifuso.

- Tú me abrazas con el alma- declaró.

Ella le miró. Una sonrisa dibujó sus labios.

 
Mía

- ¿Me querrás siempre?- le preguntó preocupada, apoyada en el tronco de aquel grandioso roble de tronco robusto y ramas pobladas, semejante a su amistad. Una fuerte base y muchas divergencias que siempre acababan uniéndoles, desde niños.

- ¡Claro! - le respondió sorprendido.

- ¿Pero me querrás siempre como ahora?- insistió vacilante.

- Cariño, te amo- confesó categórico, y clavó su mirada en ella, desafiándola, provocándola, buscando su reacción.

Ella no supo qué hacer ni qué decir. Estremecida, le miró a los ojos hipnotizada. Había soñado con ese instante infinidad de veces; tantas, que incluso había perdido la cuenta. Ni si quiera se atrevía a recordar cómo acababan sus sueños por miedo a que no se hiciesen realidad. Estaba asustada.

- Yo… - balbuceó sin poder dejar de mantener su hipnotizadora mirada.

Él se acercó a ella despacio. Deslizó detrás de su oreja un mechón de su oscuro cabello que se había liberado travieso por el viento, provocándole un escalofrío. Su corazón palpitaba enfurecido. Sus labios se habían resecado con la agitación. Tantos años esperando ese instante, y ninguno de los dos sabía cómo proceder, qué hacer.  

- Yo…- titubeó aún más nerviosa, y aferró su mano con la suya.

Él apenas estaba a diez centímetros de ella, de su boca. Podía sentir el calor de su aliento sobre su rostro. Podía escuchar cómo bombeaba su corazón. Incluso podía escuchar cómo bullía su sangre. Podía sentirla visiblemente suya, completa y absolutamente suya.

Encerrando su rostro entre las manos, se acercó trémulo a ella. Cerró los ojos despacio y, finalmente, muy lentamente, posó sus labios sobre los de ella. Fue un roce mágico. Suave y tierno a la vez. Esperado. Anhelado.

Una descarga de deseo le recorrió su espina dorsal.

 - Mía- susurró contra su boca.- Eres mía- decretó. Y ella no pudo más que sonreír y devolverle el beso confirmándolo.

El café

Lo primero que hacía cada nuevo día era tomarme un café. Lo bebía despacio, disfrutando de su aroma, su textura y su sabor. Ese hecho, que repetía a diario casi mecánicamente, era mi placer más estimado.

Una mañana no preparé café y, con esa incómoda sensación, me fui a trabajar. Sintiéndome truncado, no acertaba a descubrir la razón de mi inquietud hasta que, consumido y en proceso del desmayo más absoluto, lo comprendí. Su color tostado, su inigualable fragancia, su suavidad… Paladeé el café en mi cabeza y luego caí redondo al suelo. Necesitaba aquel brebaje.


El palo

Adoraba a mi perro. Le quería como se quiere a un amigo: con el corazón y el alma al mismo tiempo. Nuestra amistad nos hizo inseparables; nunca supe muy bien quién necesitaba más a quién.

Aquella tarde le tiré un palo para jugar. Él me miró excitado, meneando el rabo a velocidad vertiginosa y con su lengua colgando del belfo, pero sin moverse. “¡Corre, pequeño!” le incité, pero continuó ahí, sentado, jadeante. Tras intentar animarle varias veces sin resultado, fui yo a buscar el palo. Entonces lo supe. Él me adiestraba a mí.

Sin salida

Nadie osaba entrar allí. Siendo un callejón sombrío y nauseabundo del suburbio más alejado, en las últimas semanas se había cobrado más de una veintena de vidas. Mendigos, prostitutas y yonquis habían buscado en su interior un refugio ilusorio que jamás hallaron. No salieron nunca.

Suárez, el comisario más implacable de la capital con más de doscientos casos resueltos a sus espaldas, no quería rendirse. Un día, desoyendo sus propias advertencias, decidió entrar. Nervioso, dio los primeros pasos. Avanzó despacio y en silencio encañonando con fuerza la pistola. La negrura le engulló poco a poco hasta que desapareció. Sorprendiéndole, un par de ojos biliosos le miraron fijamente. A él, se unieron un par más y otro y otro. Rodeado por un centenar de ellos, supo con certeza que era su fin. Dejando caer la pistola, se dejó devorar por aquellas ávidas bestias que no tuvieron piedad de él. 


Vibraciones
Cada vez que sentía aquellas vibraciones sucedía algo terrible. El mundo parecía moverse a cámara muy lenta y la sangre, el horror y el miedo volvían a crecer ante mis ojos. Me aterraba tener ese insólito poder en mí. ¡Lo aborrecía!

Aquella noche hubo una fiesta. Yo regresé cansada. Distraída, no percibí el extraño silencio de casa. Violentamente, un escalofrío recorrió mi espalda. El reloj marcó con fuerza el siguiente segundo, lentamente. Lo sentí. Oí el eco de sus gritos. Vi la sangre, el destrozo, los cuerpos de mi familia. Sus rostros estaban demacrados, desfigurados, sin vida. Grité. Grité hasta que me dolieron los pulmones. Grité con furia y pánico. Grité y grité hasta perder el sentido.

Abrí los ojos. Estaba empapada en sudor. Respiraba con dificultad. Todo había sido una pesadilla. Intenté calmarme.

Bruscamente, un escalofrío recorrió mi espalda…

Búhos nocturnos
La parada del autobús normalmente estaba llena de personas inverosímiles y disparejas a esas horas, pero aquella noche estaba vacía. En el aire se respiraba algo extraño, fantasmagórico. Me abracé con fuerza e intenté empaparme de mi propio calor. Sólo se oía mi respiración en esa nebulosa oscuridad. La calle estaba desértica. Los clubes cerrados. Todo estaba dormido y apagado. Sólo estaba yo. Yo y aquel búho que me vigilaba desde lo alto de aquella farola gris. Aquel animal noctámbulo no dejaba de observarme. No se movía. No emitía ningún sonido. Sólo me observaba. Miré el reloj por millonésima vez en los últimos cinco minutos. El autobús no venía, se retrasaba. Y mientras tanto, ese búho me acosaba. Un inesperado y sonoro ululo me hizo dar un brinco. Me puse en pie con el corazón agitado. Estaba asustada. El búho se había movido y ya no estaba. Y de repente lo vi. Lo vi girar la calle como quien ve al mismísimo Jesucristo. El autobús por fin llegaba, y yo respiraba tranquila y feliz.


Dibujar

Desde pequeña desarrollé una prodigiosa habilidad para dibujar. Sueños y fantasías que plasmaba en papel con los más ínfimos detalles. Eran tan reales que deseaba tocarlos, aunque sólo podía acariciar el papel.

Dibujaba sin parar. Demasiadas ideas y visiones que plasmar.

Con el tiempo, aprendí a dibujar con mayor precisión. Más exactitud. Más justicia. Mis ilustraciones parecían tan reales que incluso bailaba, reía y sentía con ellas.

Un día dibujé el amor. Anhelé ese sentimiento y lo deseé para mí. Soñé y dibujé pero no pude acariciarlo.

Desde entonces, lo he buscado pero no lo he encontrado. Sigo dibujando.

Pelele

¡Ya no podía sermonearme!

Un ojo lo perdió hace años. El otro, al haberle vapuleado, le colgaba sin vida del rostro. La pierna izquierda difícilmente se mantenía unida al cuerpo debido a la sacudida. Y sus brazos también quedaron maltrechos. Estaba destrozado. ¿Y por qué? Por no haberme escuchado. Por insistir. ¿Qué más le daba a él si yo crecía? ¿Qué más le daba que me hiciese mayor? “No quiero quedarme solo” decía. “Tengo miedo” insistía. “¡Pero quiero crecer!” objetaba yo. Encrespada, zarandeé al pelele y lo tiré al suelo donde lo pisoteé. “¡Basta!” grité. “¡Quiero ser mayor!”


En un callejón
 
Correr ni si quiera me aplacaba. Mi corazón galopaba enfurecido y mi respiración suplicaba tregua. Estaba apocada.

El ejercicio era una tortura. Un castigo. Una penitencia que yo misma me había impuesto. Ni me indultaba ni me hacía olvidar.

Aquellos fragmentos de carne esparcidos... Toda esa sangre. Instrumentos, plástico, herramientas de mutilación. Esas imágenes perdurarían conmigo hasta el fin de mis días. Aquello no se olvidaba. Ni si quiera yo, siendo policía, estaba preparada para ver aquella carnicería. Porque eso es lo que era: una matanza cruel y desgarrada que había sesgado la vida de mi compañero; un hombre bueno, padre de dos niños. Oh, Dios, ¿cómo iba a poder ignorarlo? ¡No podía! No debía. ¡Al revés! Debía atrapar a aquel canalla, a aquel monstruo sin corazón. ¡Darle caza!

Embabiada, fui sorprendida en el paso de un callejón. Arrastrada al interior, noté un instrumento punzante en mi estómago. Aquel robusto engendro zigzagueó su navaja contra mi pecho con reiteración. Mi venganza quedó en anhelo. Mi ambición, en recuerdos. Aquel asesino había ganado. Me convertí en fragmentos, sangre… y carne;  el recuerdo en un callejón.

Ayúdame
-¡Necesito ayuda!- gritó desesperada-. Por favor… Si tuvieras un mínimo de humanidad, me mirarías. ¡Mírame!- exigió sollozando-. ¡Mírame! Ahora dime que no puedes. Dime que no. ¡Dilo!- gimió entre lágrimas-. Dime que no puedes darme comida para nuestros hijos. ¡Se están muriendo de hambre! ¡Por Dios! Oh, Dios mío, ayúdame. Por favor, te lo suplico. Dime que no puedes…  ¡Son tus hijos!

La entrevista

Me emperifollé como si fuese una cita con el mismísimo señor Pitt. Peinado actual, vestido nuevo y unos tacones de diez centímetros que harían alzar la cabeza hasta al mismísimo Romay. No soy una mujer hermosa, pero sí lo suficientemente atractiva como para hipnotizar a un hombre hasta el punto de hacerle girar la cabeza una segunda vez.

Mi currículo, por otro lado, era perfecto. Dinámica, emprendedora y camaleónica, me consideraba una mujer segura de mí misma y con una gran capacidad de superación que no pasaba en absoluto desapercibida.

- Señorita Anaya, acompáñeme- me pidió educadamente aquel hombre trajeado.

Obediente, le seguí. Sentándome en la silla que me indicaba, crucé graciosamente una pierna sobre la otra.

- Entiendo que conoce nuestra Empresa- comenzó mientras revolvía papeles.

- Sí. Me he informado y…

- Imagino entonces que sabe a qué nos dedicamos- me interrumpió.

- Al marketing directo y…

- ¿Por qué quiere trabajar con nosotros?- volvió a cortarme.

¡Por Dios! Si aquello lo equiparaba a una cita, me recordaba la que tuve una vez con un individuo que tenía un terrible problema de verborrea.

- Mis capacidades se ajustan al perfil que…

- El contrato inicial sería de tres meses. ¿Está de acuerdo?

- Sí, aunque…

- La llamaremos si pasa esta primera fase- concluyó levantándose, mirándome a los ojos y extendiendo su mano que presioné débilmente.

¿Cómo? ¿Aquello fue la entrevista?

Mi cita con el señor Pitt se había convertido en un polvo rápido con el doctor Lecter. Ni si quiera De Vito necesitaría ahora un taburete para mirarme a los ojos. Mi ilusión, mis ganas y mi orgullo cayeron en picado, como yo.

Salí de allí derrocada. No buscaban una mujer para el puesto, buscaban un autómata irresoluto sin currículo.

La próxima vez les seduciría. Serían mi propio señor Grey.

 
Invertida

- Parece que tengo que demostrarlo constantemente y eso me cabrea- aseguró sin parar de dar vueltas por su despacho.
- Te entiendo.
- Es como si siempre tuviese que hacer más por menos, ¡y en tiempo record!
- Lo sé.
- Todo tiene que estar siempre perfecto: yo, mis informes, mi mesa,…
- Cierto.
- ¡No me pasan una! Es agotador.
- Lo sé.
- Ya no sé qué hacer…- gimoteó él.
- La distancia entre hombres y mujeres es más pequeña de lo que crees, David.
- Para ti es fácil. ¡Eres mujer!
- Luché tenaz- concluyó.

Tina

- ¿Tina dices?- preguntó asombrado.
- Sí. Tina- confirmé extrañada de que no entendiera la lógica.
- ¿Tina de Agustina?
- Sí. Tina de Agustina- insistí irritada.
- No lo entiendo- afirmó por fin, después de pensarlo unos instantes.
- ¡Está clarísimo!- proclamé exasperada.
- Clarísimo, no. ¿Qué tiene que ver tu nombre con la ciudad de Zaragoza?- preguntó receloso.
- ¿Acaso no conoces la historia?
- ¡Por supuesto que la conozco! Y Agustina no tiene nada que ver con ella. Si te llamaras Pilar, por la Catedral, la cosa sería diferente.
- ¡Qué necio eres!- declaré decepcionada.
- ¿Por qué me insultas?
- Porque es evidente que no conoces la historia.
- Ilústrame- retó irónico-, aunque no creo que puedas.
- Dime al menos que sí sabes quién es César Augusto.
- ¡Por supuesto! Fue el primer emperador del Imperio Romano- contestó jactancioso.
­- Y también el fundador de la Colonia Caesar Augusta- le instruí orgullosa-, nombre que se le dio a la ciudad romana de Zaragoza.
- ¿En serio?- preguntó sinceramente asombrado.
- Sí. De ahí, mi nombre- confesé-. Mi madre era maña de pura cepa. Quería que mi nombre formara parte de sus raíces. Por eso me llamó Agustina, que es una derivación de Augusta.
- Ahora entiendo por qué estás tan orgullosa de tu nombre.
- Sí. Fue el mejor regalo que recibí de mi madre- aseguré con voz soñadora-. Su herencia.
- Ojalá mi nombre también tuviese detrás una bonita historia como la tuya.
- Seguro que la tiene, Marco- afirmé-, aunque tú no la conozcas.

 
Él esperaba

Él esperaba sentado mi explosión, mis insultos, por haber sido tratada con tanto desprecio por sus vasallos. Sin embargo, sabiéndolo, me mordía la lengua. Que me partiera un rayo antes de darle esa satisfacción a aquel infame.

El resto de las muchachas se arrugaban sobre sí mismas atemorizadas. Se apretujaban tanto unas a otras que se impedían a sí mismas respirar con facilidad. Todas estábamos mugrientas y asustadas, y yo me dejaba aplastar impávida. Si íbamos a ser tratadas como esclavas, yo no sería fácil de domar.

Aquel árabe de ojos color esmeralda se había incorporado. Gritándole unas palabras a uno de sus guardianes, me señala y éste asiente. Viéndole alejarse, no sé qué pretende pero me afianzo más en la decisión de no dejarme amedrentar. Si esta contienda es entre él y yo, yo estoy dispuesta a ganarla.

Arrastrándome, el vasallo me aparta del grupo y me lleva hasta una explanada de arena y polvo. En el centro veo a mi adorado perro; un cocker ruano que, resignado a la situación, se deja violar por un lebrel de pelaje oscuro que, insistente, le arrebata la poca dignidad que le queda. Las lágrimas corren rabiosas por mis mejillas. Estoy furiosa, colérica. Si bien el infame había ganado aquella batalla, desde luego había declarado abiertamente la guerra.

Le busco con la mirada por todo aquel arenal y, al hallarle, percibo sorpresa en sus ojos. Horrorizado, observa la misma escena que yo. Cerrando los puños hasta clavarse las uñas en la carne, profiere al cielo un grito desgarrador que hace temblar mis entrañas. Aprovechando la distracción y sin querer buscar una explicación a su reacción, me hago con varias pistolas y disparo sin mirar a todas partes. Cuatro, cinco, seis. Las balas se incrustan una a una en los cuerpos de los árabes. Nueve, diez, once. Con rapidez, descargo las pistolas entre aullidos de dolor. Cayendo sin fuerzas al suelo unos instantes después, presiono el gatillo una vez más. Ya vacía la pistola, sólo emite un sonido agudo y rápido que consigue despertarme del trance. Abro despacio los ojos y, mirando a mi alrededor, veo el caos que he sembrado. Horrorizada, me llevo las manos a la boca al ver los cuerpos de aquellas personas esparcidos por el suelo. Sólo aquel árabe y unos pocos vasallos más se mantienen en pie.

 No puedo creer lo que acabo de hacer. Soy una asesina. Acabo de quitar la vida a aquellos árabes. Enfadada por lo que me han obligado a hacer, golpeo con fuerza el suelo hasta que mis nudillos empiezan a sangrar. Inconsciente de ese hecho, golpeo y golpeo hasta caer rendida.

- Yo no quise esto- escucho que dice una voz profunda detrás de mí.

Levanto la cabeza y, cegada por el sol, pongo la mano sobre la frente para hacer de parasol. Junto a mí, el árabe de ojos del color del mar me está observando, esperando.

- Yo no elegí que me secuestraran- le culpo apenas con un hilo de voz.

- No me arrepiento de eso- contesta serio.

Viendo la sorpresa en mis ojos, explica:

- Tú eres como una flor en el desierto.

Frunzo el ceño e intento comprender qué narices me quiere decir con eso. Convencida de que es el sol el que está causando estragos en el raciocinio de aquel musulmán, me levanto y me sacudo la ropa. Ignorando su desconcierto, me acerco hasta mi perro y, cogiéndole con ternura entre mis brazos, le acuno mientras le susurro palabras dulces que consiguen calmarle.

- No dejaré que me abandones- asegura intranquilo viendo cómo poco a poco me alejo de él.

- Si no dejas que me vaya- le garantizo sin dejar de caminar-, tendrás que matarme.

- No eres ninguna estúpida- brama furioso.

Automáticamente, me paro. Sin dejar de acariciar a mi adorada mascota, me doy la vuelta y le miro fijamente a los ojos. Parece sorprendido, expectante. Su rostro, de facciones perfectas, piel dorada y ojos maravillosamente hipnotizadores, me observa atento.

- He sido estúpida desde el momento en que me dejé apresar por tus hombres- le confieso.

- No tuviste elección- afirma seguro de sí mismo.

- Sí, la tuve- concluyo unos segundos después.

Girando de nuevo sobre mis pies, reanudo mi liberación. Sé que me está observando. Sé que está calculando qué hacer. Sé que no hará nada.
 

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