Erótica

 
No podía creer lo que acababa de hacer. Estaba maravillada e impactada al mismo tiempo. Mi sangre burbujeaba por la expectación y un cosquilleo desconocido e inusual recorría mis extremidades con tanta rapidez que apenas podía saborear el momento como se merecía.
Sí, lo había hecho. ¡Había contratado sus servicios! Dentro de un par de horas él estaría aquí para satisfacer todos mis deseos y hacer realidad cada una de las fantasías soñadas y que tan detalladamente se describen en las novelas eróticas que leo con tanto apetito.
¡Tenía que darme prisa! Apenas quedaban un par de horas para que se presentase y estaba decidida a causarle una gran impresión. No estaba dispuesta a que ese don Juan creyese que era una clienta más, una del montón. Quería dejarle huella, mi marca. Estaba decidida a darle la vuelta a la situación y sorprenderle yo también a él. Para nada estaría esperando algo así. Disfruté de la sensación de poder que aquella decisión me otorgaba y me relamí como una gata. Oh, sí, estaba decidida a aprovechar cada uno de los centavos que iba a pagar por este servicio.
Cuidando con esmero los detalles, disfruté de un baño perfumado con pétalos de rosa y jazmín. Una vez mi piel estuvo embadurnada con una loción hidratante aromatizada, me puse las braguitas de encaje y un sujetador que, discretamente, acercaba mis pechos con insolencia y marcaba el canalillo sin vergüenza. Introduciendo los brazos en el batín de seda blanca que compré en la tienda de moda, me salpiqué con mi perfume preferido detrás de las orejas, en las muñecas y un poquitito en el escote. Dando unos pequeños toques de la misma esencia detrás de las rodillas y en los tobillos, me acerqué al espejo para trazar cuidadosamente la fina línea que marcaría mis labios en un tono rojo pasión. Rellenando la jugosa carne con el pintalabios estrella, froté los labios uno contra el otro para crear el efecto esperado. ¡Voîla! ¡Estaba perfecta! Sintiéndome orgullosa de la imagen que veía reflejada en el espejo, me serví una copa de vino tinto que saboreé con lentitud y esperé a que el timbre sonase.
¡Ring! ¡Ring! ¡Mi cita había llegado!
Dejando la copa media vacía sobre la mesa del salón, me calcé los stilettos negros y salí al encuentro de la gran cita.
Abrí la puerta y me encontré con un hombre de anchos hombros y estrecha cintura vestido con un elegantísimo traje de corte inglés. Su camisa blanca resaltaba ante el contraste del matiz rosado de la corbata. Y sus pies estaban enfundados en unos brillantes zapatos que, incluso en un baile de alto standing, llamarían descaradamente la atención. Aquel hombre no tenía ningún pudor. Ocultando sus ojos tras un antifaz negro, sonreía de una manera tan arrogante y atrevida que invitaba a preguntarte si verdaderamente aquel adonis era real.
Impulsada por una curiosidad insaciable, me acerqué a él y posé mis manos sobre su pecho. Mi respiración era irregular y rápida. La suya, rítmica y templada. Aguijoneada por aquella inequívoca mirada, me puse de puntillas y acerqué mis labios a los suyos. Al principio, él pareció sorprenderse mas no se dejó amilanar pues, colocando sus manos en mi cintura, me aplastó contra él, me elevó unos centímetros del suelo y atacó mi boca con decisión. Concentrada en aquel beso abrasador, no me di cuenta de que se había metido en mi casa, conmigo entre sus brazos, y había cerrado la puerta con un pie.
Decidido como estaba a ser el director de aquella obra, se separó de mí bruscamente, dejándome una inequívoca sensación de querer más que yo sabía que me daría cuando sólo él dispusiese.
Con insolencia y sin dejar de mirarme, se acercó a la mesa, cogió la copa de vino y bebió. Se sentía satisfecho de los acontecimientos y, disfrutando como estaba de aquel juego al que yo libremente me había ofrecido, empezó a dar círculos alrededor mío mientras, como por casualidad, hacía que mi batín cayera a mis pies. Era un truhán descarado pero yo también tenía mis armas. Alejé la bata de seda con un pie, me giré y me acerqué a él. Pillándole desprevenido, le arrinconé contra la pared. Despacio, desabroché uno a uno los botones de su chaqueta y la deslicé por sus brazos. Sin dejar de escudriñarle, aflojé su corbata y la dejé colgando sumisa del cuello. Él quiso asirme de las muñecas para recuperar el control, pero no le dejé. Estaba dispuesta a ser yo quien mandase, quien decidiese cómo, cuándo y dónde. No iba a dejar que aquel hombre de músculos de acero me poseyera allí mismo.
Teniéndole a mi merced, le desabroché el pantalón y lo dejé caer. Estaba excitado; su cuerpo lo delataba, pero su mirada, sus ojos, se mostraban impasibles. No lo dudé. Me agaché lentamente arrastrando conmigo sus calzoncillos. Sí, aquel hombre estaba realmente encendido. El saber que yo era la causante de aquel acontecimiento, me dio fuerzas renovadas. Sonriendo satisfecha, proseguí con el plan.
Levantándome muy despacio mientras esparcía besos ligeros por todo su cuerpo, noté un temblor casi imperceptible en su piel. ¿Miedo? ¿Excitación? ¿Pasión? Iba a volver loca a ese hombre y estaba disfrutando con el proceso.
Quise quitarle el antifaz pero no me dejó. Apartó su rostro con un rudo movimiento y me sujetó la muñeca con desdén. Quise intentarlo de nuevo con la otra mano pero también la apresó. Sujetando ambas muñecas a mi espalda con los cuerpos totalmente pegados y a un centímetro de mi boca, pude sentir su agitado aliento.
- ¿Y ahora qué, pequeña?- me preguntó con una voz profundamente seductora-. ¿Qué piensas hacer?
Reconocí la voz al momento. ¡No había duda! ¡Era él! ¡Él! El hombre más atractivo, singular y elegante de la faz de la Tierra estaba a punto de hacerme el amor. El único hombre que había sido capaz de robar mi corazón. ¡Él! El único al que juré no entregarme para no sufrir. Él era el culpable de que a mis treinta años de edad aún fuese virgen. Ningún hombre había merecido ese regalo más que él. Todos eran incomparables. Ninguno se le igualaba. ¡Ni si quiera se le acercaban!
¡Qué tonta había sido! Me había alejado casi setecientos kilómetros de él con la única intención de olvidarle y ahora lo tenía frente a mí. ¡Qué ironía del destino! Dos largos años de mi vida tirados a la basura.
Aceptando la situación y sintiéndome trémula, débil y terriblemente vulnerable, dejé de forcejar. Ahora sólo quería que me besara. Sólo deseaba que fuese él el que llevase la batuta e hiciese su papel. Deseaba que me hiciese el amor. Anhelaba sus besos, el contacto con su piel, las sensaciones que me provocaba. Quería que dejase de escrutarme y empezara a desnudarme. ¡Lo necesitaba!
- ¿Qué ocurre?- me preguntó con voz ronca-. ¿Te rindes?
- Ya sabes que mi cuerpo sí- le confesé después de unos segundos-, aunque mi corazón se empeñe en luchar.- Y atacando mi boca con la suya, me hizo estremecer con una pasión y sensualidad inigualables. Liberándome, apresó mi rostro entre sus manos y empezó a besar mis cejas, mis ojos, la punta de la nariz, mis mejillas, la comisura de los labios, la barbilla,…
No sólo me hizo el amor con su cuerpo, también me lo hizo con su alma. Me besó y abrazó lentamente, con ternura y dedicación, disfrutando de mi cuerpo y de las sensaciones qué este le provocaba. Me acarició, me adoró y me arrastró a un mundo colmado de sacudidas maravillosas que me colmaron por completo. Nadie es capaz de mostrar tanta pasión sin una sola palabra y además no necesitarla para hacerlo.
Estaba segura. Me lo había confirmado. Él había venido a buscarme. Había venido a robar mi corazón como tantas veces me lo robó en sueños. Había venido a por mí. Y yo por fin era suya.
 

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