Relatos cortos

 
Erase una vez… un pequeño y lejano planeta azul llamado Huno. Éste era un mundo que poseía un enorme poder, un poder cuyo secreto sólo conocían sus habitantes, unos diminutos y peludos seres de color azul llamados hunos. Ese poder era capaz de todo. Sin embargo, si no se alimentaba, perdía fuerza y –con ello- sus habitantes también.
Al comienzo de la novena luna, el planeta Huno se inundó de miedo y confusión: el gran poder que almacenaba la poderosa estrella se estaba debilitando. Su rey, un ser bajito y regordete de color azul claro, reunió a sus habitantes alrededor de su colosal castillo cerúleo. Más asustado de lo que manifestaba, les dijo:
- Habitantes del planeta Huno, amigos, familia- comenzó-, la gran estrella está perdiendo fuerza. Ya sabéis lo que eso significa…
Silencio. Todos aquellos diminutos seres de color azul callaron de repente preocupados. Pasados unos segundos, empezaron a murmurar entre ellos alzando sus voces cada vez más alto, hasta que comenzaron a gritar atrapados por el pánico al tiempo que exigían explicaciones a su rey.
-          ¡Silencio, silencio!- les pedía él-, ¡tenéis que escucharme!
Sin embargo, el miedo corría por sus venas veloz. El pánico se había apoderado de ellos. Había saltado la alarma. El planeta Huno corría un grave peligro.
- Por favor, silencio- pidió de nuevo-, mi esposa y yo hemos tomado una decisión.
- ¿Qué decisión es ésa que pueda salvar nuestras vidas?- preguntó un fortachón desde la multitud.
- Vamos a enviar a nuestro único hijo al planeta Tierra- decretó el rey.
La estupefacción recorrió las masas. Todos enmudecieron. Asombrados, se miraron unos a otros estremecidos.
- ¿Y qué solución es ésa? ¿Acaso estáis dispuesto a sentenciar a vuestro único hijo al destierro?- inquirió una voz desde las últimas filas.
- No, por dios- intentó tranquilizarles su rey-, mi esposa y yo amamos a nuestro pequeño Ray.
- Entonces, ¿qué pretendéis con ello?- continuaron asustados.
- Las averiguaciones científicas que hemos ido realizando a lo largo de las últimas lunas han dado su fruto- les explicó-. Creemos que la gran estrella puede alimentarse del poder que habita en ese lejano planeta.
- ¿Y cómo es eso? ¡No conocemos ese planeta!- inquirió una pequeña damita de cara hermosa y patricia.
De nuevo, murmullos de intranquilidad entre la multitud.
- Nuestro hijo Ray es de sangre azul- declaró el rey-. Por sus venas circula sangre real. Como sabéis, eso significa que él puede absorber poder- inseguros, le escucharon-. El planeta Tierra almacena un gran poder. Aún no sabemos de dónde procede ni cómo obtenerlo, por eso enviamos a nuestro pequeño. Él averiguará cómo conseguirlo.
- ¡Estáis sentenciando a vuestro hijo!- dictaminó alguien malhumorado-. Las leyendas hablan de ese poder real, pero nunca se ha demostrado que un huno pueda acumular poder por medio de su cuerpo para la gran estrella.
- Tendremos que arriesgarnos a ello- musitó cabizbajo el rey-. No hay otra solución. El planeta Huno corre grave peligro.
Desconsolada y tras él, la reina lloraba. Su pañuelo, empapado en lágrimas, ya no podía ocultar su rostro del pueblo. La reina tenía miedo. Estaba asustada.
Mientras el rey se acercaba a su esposa para abrazarla y ofrecerle consuelo, hizo un gesto a su hijo para que se aproximara a él. Éste, confuso y con recelo, hizo lo que su padre le ordenaba.
El príncipe huno era un ser fascinante y encantador. Sus ojos, enormes en comparación con su cuerpo, enternecían a aquel que osara mirarle. El contraste de esos ojos de color ámbar con el pelaje azul marino de su cuerpo, llamaba la atención. Sus pies y sus manos eran diminutos, quizás demasiado pequeños. Sin embargo, Ray era un príncipe ágil y resuelto. Su mente rápida le proporcionaba una presteza mental envidada por muchos. En conjunto, era un ser maravilloso.
Por el contrario y debido a su corta edad, apenas conocía los secretos de ese poder que tenía en su interior. El rey y la reina lloraban de turbación por él.
- Hijo querido, te enviamos al planeta Tierra- le comunicó llorando la reina. - Allí tendrás que descubrir cómo funcionan tus poderes, cómo obtener poder.  
- Pero madre, ¿por qué padre y tú no venís conmigo?- le preguntó sin entender.
La bella reina abrazó a su hijo con amor, un amor tan fuerte y penetrante que envolvió a la familia real en una viva luz intensa de color amarillo brillante.
- La nave es muy pequeña, hijo mío- le dijo la reina entre lágrimas-. Ve y descubre los secretos que esa nueva tierra tiene para nosotros. Ya sabes que tu padre y yo te queremos mucho. Confiamos en ti. Todo el pueblo confía en ti – agregó.
Entre murmullos de duda y consternación de la urbe, la reina introdujo a su único hijo en la minúscula nave de color azul, cerró el portón con cuidado y tecleó un largo código en el caparazón de la embarcación.
Envolviéndoles, una cortina de humo gris cercó la colina en la que se hallaban entre ensordecedores sonidos de chasquidos y pitidos. La pequeña nave estaba despegando.
La reina de los hunos abrazó a su esposo entre llanto y desesperación. El rey, algo más sosegado que ella, la consolaba diciendo:
- Tranquila, querida. Ray encontrará poder en ese planeta llamado Tierra. Nuestro hijo es un chico listo.
Y con estas dulces palabras de amor, la nave despegó avivadamente, dejando tras de sí una efímera estela de color azul celeste tras su paso.
Todos los hunos se despidieron de él alzando las manos y entonando una canción.
Desde la embarcación, Ray pudo ver cómo se alejaba de su planeta natal. Todo lo que amaba en el mundo, quedaba en él. Expectante y deseoso de conocer esa nueva vida y nervioso por lo que dejaba atrás, cerró los ojos y se dejó mecer por el vaivén de la nave. Vencido por la presión de la atmósfera y la alta velocidad, quedó dormido en un profundo sueño.
Unas cuantas lunas más tarde, despertó. La nave había aterrizado en algo sólido. La vibración había cesado. El motor había callado. Por fin, había tomado tierra.
Era el final de la vigésimo tercera luna.
El príncipe huno, sintiéndose más pequeño de lo que en realidad era, se desabrochó el cinturón que le amarraba a la nave, presionó un botón rojo que había junto al portón e, inmediatamente, con un silbido agudo de fondo, éste se abrió. Asomándose lentamente por el umbral, quedó estupefacto con lo que vio.
El planeta Tierra era asombrosamente hermoso. Un inmenso manto de hierba verde era la alfombra de multitud de árboles y flores de un sinnúmero de colores y tamaños. Extraños animales pacían en manada a lo largo de todo ese hermoso paisaje. Un pequeño lago azul al fondo saciaba la sed de distintos animales de gran tamaño.
Ray observaba fascinado aquel espectáculo. Jamás había visto algo tan…¡verde!
Subyugado por lo que veía, lentamente, con miedo, bajó de la nave. Primero un pie, luego el otro, despacio. Por sus venas corría un temor atroz. Estaba acongojado. Una vez hubo tocado con los pies la alfombra verde que le rodeaba y siendo velado por una luz cegadora que él mismo provocó, su cuerpo adoptó forma de ciervo, un mamífero de color marrón y matices azulados, con una graciosa y pequeña colita.
Sin entender el porqué de ese repentino cambio de forma, empezó a caminar hacia ese hipnotizador paisaje que tanto le fascinaba. El planeta Tierra le gustaba. Ahora, tenía que aprender de ella, debía hacerlo si quería sobrevivir, si quería que el planeta Huno sobreviviera.
Como buen ciervo, su instinto le empujó a dirigirse hacia un grupo familiar que se estaba alimentando de hojas y brotes de ramas. Su cercanía no parecía incomodar al resto de la manada, lo que ayudó a que nuestro amigo recuperara algo de valentía. Imitándoles, empezó a alimentarse también él. El sabor de esa comida no le disgustaba en demasía, así que intentó disfrutar de ello y aprender del comportamiento de su nueva familia.
Después de pastar un buen rato, nuestro amigo se dedicó a descansar. Los que estaban a su alrededor, hicieron lo mismo que él,  instalándose a cubierto de sus enemigos.
Ray había encontrado un pequeño hueco en ese nuevo planeta. Se encontraba tranquilo y feliz. Pero, ¿qué más le depararía esa nueva tierra? ¿Qué sorpresas tenía para él? Además, tenía que descubrir cómo obtener poder. ¿Cómo lo haría?
Horas después de su llegada, mucho más descansado e intentando resolver sus dudas, nuestro pequeño huno levantó su cornamenta al escuchar un pequeño ruido cerca de él. “¿Qué había sido eso?” se preguntó. Intentando descubrir de dónde procedía y qué era, se levantó inquieto para buscar. Su pulso se había acelerado. Estaba nervioso, ansioso. Ya no se sentía tranquilo ni feliz.
¡Otra vez! ¡Otra vez ese ruido! ¿Qué era? Achicando los ojos hasta rasgarlos casi por completo, avistó un animal de aspecto grácil, con patas largas y cola corta con una borla negra en el extremo, acercándose sigilosamente hasta ellos. Su aspecto era la de un ágil cazador…
- ¡Un lince! ¡Un lince!- empezaron a bramar el resto de los ciervos, entre estampidas, alaridos y precipitación-. ¡Correeeeeeeeeed!
Al igual que ellos, todos los animales iniciaron una carrera sin límites. Conejos, patos, mofetas, ardillas, jabalíes, vacas,… todos corrían con desesperación de un lado a otro.
Apenas sin entender, Ray empezó a correr desbocado también, sin rumbo fijo. Todas las direcciones le parecían buenas y malas opciones a la vez. No sabía a dónde dirigirse.
Mirando hacia atrás, vio al pequeño lince corriendo peligrosamente tras él. Aterrado, cerró los ojos con fuerza y pensó en sus padres. Ay, Dios mío, ¿qué iba a ser de él?
Envuelto en una cegadora luz que se desprendió de él y presa del pánico, su cuerpo se transformó en un hermoso conejo. Confuso por la mutación, no dejó de correr. Sus movimientos eran más ágiles y rápidos que los del ciervo; sin embargo, el lince continuaba incansable detrás de él. Dando numerosos y pequeños saltos, Ray levantaba sus patas traseras para correr más rápido. Irguiendo las orejas con desesperación y saltando y saltando sin parar, tomó rumbo al lago, pensando que quizás allí tendría más suerte. El lince era insistente, y estaba muy cerca, cada vez más cerca. Podía sentir su aliento detrás de él. Ray estaba asustado.
Cerró los ojos de nuevo, sin querer ver, imaginando lo peor. Una vez más y sin poder controlarlo, se desprendió de él una luz cegadora que le convirtió en pato, una criatura voladora muy diferente al conejo.
Para Ray, era muy difícil controlar esas transformaciones. No sabía por qué ocurrían y las formas que adoptaba eran desconocidas para él, así que estaba en desventaja.
Despegando rápidamente del suelo y empujado por el instinto de supervivencia, batió las alas con energía, pero el vuelo era un arte difícil de dominar. Planeando de la misma forma que un avión, Ray comenzó a coger altitud, alejándose por fin del peligro que el lince suponía para él. Por primera vez en las últimas horas, pudo respirar algo más tranquilo.
Su forma de volar fallaba en ocasiones, pero Ray aprendía deprisa. Era intrépido y joven. Además, volar le gustaba. Sentir el aire bajo sus alas, el viento en su rostro, le calmaba.
Esa sensación de libertad hizo que su pelaje se volviera más oscuro de lo habitual. El color ambarino de sus ojos se había oscurecido. Su tamaño había aumentado unos centímetros. ¿Significaría eso que estaba creciendo, madurando?
Observando el paisaje que esa nueva forma animal le ofrecía, comprobó de nuevo que la Tierra era hermosa sin límites. Amplia, llena de vegetación y fauna, sorprendente. La Tierra le ofrecía un sinfín de nuevas experiencias que él esperaba vivir. Estaba preparado para aventuras. ¡A él le gustaban las aventuras!
Unas horas más tarde y agotado de jugar en el aire, aterrizó en el interior de una granja que divisó desde lo alto. Tenía apetito y estaba sediento. Su primera misión sería buscar comida y agua. Después, intentaría descubrir por qué se había transformado y cómo lo había hecho.
-          ¿Eres nuevo aquí?- oyó que le preguntaban de repente, nada más tomar tierra.
Dando un respingo por la sorpresa, dio media vuelta. Una familia entera de patitos, cerdos, gallinas, caballos, vacas, ratones,… le observaban.
- Nunca te habíamos visto por aquí- le confesó una señora vaca de aspecto rollizo y simpático.
- Sí, nunca- añadió con voz aguda un amarillo pollito de cara traviesa.
Los animales de la granja se miraron unos a otros. Aquel patito de aspecto azulado no les respondía.
- ¿No puedes hablar?- le preguntó un diminuto ratón -. No tengas miedo. Seremos tus amigos.
Aquellas palabras parecieron convencer a nuestro amigo. Acercándose a ellos despacio, les dijo:
- Me llamo Ray y vengo de otro planeta.
Divertidos, todos los animales comenzaron a reír. Las carcajadas llenaron la granja de regodeo. Batieron sus alas, rebuznaron, mugieron, gritaron, saltaron,…
Ray les miraba asombrado. Debido a su clase, ningún habitante del planeta Huno había osado reírse de él. Jamás había imaginado que eso ocurriría. En la Tierra, por supuesto, todo era distinto. Nadie sabía de dónde procedía ni a qué clase pertenecía. Una nueva sensación de asombro y desconcierto se apoderó de él.
- ¡Es cierto! Soy el príncipe huno y vengo de un planeta muy lejano- insistió.
Una vez más, todos los animales rompieron a reír. Se abrazaban entre ellos con lágrimas de diversión, pataleaban el suelo con ahínco, sus risas retumbaban en la vieja granja.
Cerrando los ojos con fuerza y lleno de desesperación, su cuerpo de pato se ocultó en una portentosa luz que él mismo provocó. Apagándose poco a poco, se dejó ver transformado en un lindo gatito.
Todos los animales enmudecieron de repente. Frente a ellos, un gatito de pelaje azulado y ojos ambarinos se relamía una patita. El pato del que se reían hacía apenas unos segundos, había desaparecido.
- ¿Cómo has hecho eso?- le preguntó atrevido un cerdo rosado.
- ¿Hacer qué?- le preguntó sin entender Ray, posando su mirada en aquellos animales de diferentes aspectos.
- Eras un pato- le aclaró una gallina regordeta-. ¿Cómo te has convertido en gato?
El príncipe huno se observó sorprendido del cambio. Miraba sus patitas, se tocaba los largos bigotes, se acariciaba las orejitas puntiagudas. Acercándose a un pequeño charco, vio su rostro. El aspecto felino le gustaba. Le hacía parecer fiero. Gggrrrr
Sin embargo, no sabía cómo había conseguido transformarse.
- Lo cierto es que no lo sé. Simplemente, sucede- confesó.
- Estás más guapo de felino- le confesó una linda gatita de pelaje claro-. Miauuuu
Ray se sonrojó y, dentro de él, un calor incandescente le colmó. Supo entonces que allí, en esa vieja granja, viviría nuevas y divertidas aventuras.
En esos días, los animales que allí habitaban, le mostraron el lugar: los corrales para las gallinas, las cuadras para los caballos, la cerca de las vacas, los escondites de los ratones,… Le contaron las costumbres y normas que tenían y, con palabras de amor y ternura, le hablaron de Bruno y María, los granjeros que cuidaban de ellos con tanto cariño.
Pasados unos días, nuestro pequeño príncipe se sentía como en casa. Sin embargo, la tristeza de no saber por dónde empezar a buscar el poder que aquel planeta tenía, le embargaba. Sus amigos -los animales- le ayudaban a buscarlo, pero no estaba detrás de los árboles, ni bajo las piedras, ni escondido en las madrigueras. ¡Habían buscado hasta en las cacerolas de María!, pero nada. Nunca encontraban nada.
Una mañana, decidido a encontrar el poder que buscaba, Ray madrugó más de lo habitual. Después de beber un poco de leche que la señora vaca le ofreció, se dirigió al bosque. Previsor, siguió el camino de tierra por miedo a perderse.
Por el camino, buscó detrás de cada arbusto, de cada flor,… pero nada. Alzaba la vista al cielo, nada. Rebuscaba detrás de los árboles, nada. Su desesperación se acrecentaba, pero estaba decidido. Ése era el día. ¡Tenía que encontrarlo!
El ruido de las ruedas de una carreta le sobresaltó. Como desconocía aquel retumbar, se escondió detrás de un matorral. Observando, vio pasar delante de él un carromato dirigido por Bruno, el granjero. Al revés, mirando el camino que dejaban atrás, había sentadas dos niñas de caballero oscuro y tez clara. Las dos pequeñas le sorprendieron y, riendo risueñamente, le saludaron con sus pequeñas manitas rosadas.
Ray sintió curiosidad. ¿Quiénes eran? ¿Resolverían ellas su problema? Intrigado y conociendo el camino que habían tomado, dio media vuelta y volvió a la granja entre dudas y preguntas.
Cuando llegó, comprobó que la llegada de esas niñitas había causado un buen revuelo en el rancho. Todos los animales estaban a su alrededor y ellas, con paciencia y cuidado, ofrecían una caricia y unas palabras de afecto a cada animal.
Sintiendo envidia, un nuevo sentimiento para él jamás experimentado hasta ahora, se acercó a ellas. Haciéndose hueco, se colocó en primera fila ansioso de sus monerías.
Una de ellas, la más mayor, una niña de aproximadamente unos siete años de edad, morena y de ojos oscuros, se acercó a él.
- Mira, Tanita, mira qué gatito más lindo- alegó cogiendo a Ray en sus brazos-. Es de color azulado. ¡Qué bonito!
- Ay, hermanita, lo quiero para mí- pidió la más pequeña, quitándoselo de entre sus brazos.
Entre caricias, besos y arrumacos, la niña más pequeña se lo acercó a su corazón. Turbado por el sonido que de allí provenía, Ray le miró a los ojos desconcertado. Nunca había escuchado latir un corazón… por él.
- Ay, gatito, te quiero mucho- le confesó la chiquitina entre dulces sonrisas-. Te llamarás…. Azulón.
Nuestro amigo meneó la cabeza en señal de desaprobación. La niña, que había sabido interpretar ese rudo gesto, continuó:
- Está bien, está bien. Ese nombre no te gusta. A ver si encontramos uno que te guste… Uhmmmm, ¿qué te parece Blue? Es azul en inglés, ¿sabes?
Sin embargo, a nuestro amigo tampoco pareció gustarle. Removiéndose entre sus brazos, dio un salto al suelo y, acercándose hasta su hermana, dio un brinco. Ésta le cogió al vuelo por pura casualidad.
- Mira, Wandita, el gatito lindo también te quiere a ti- señaló la más pequeña.
Wanda cogió a Ray entre sus brazos y mirándole fijamente a los ojos, señaló tras unos segundos:
- Te llamarás Ray- y éste, feliz de haberse comunicado mentalmente con la niña, se lo agradeció con lametazos en la cara. Encantada, ella rió feliz de que el nombre le gustara.
Acercándose, Tana también recibió su ración de lametazos. Una vez más, el pelaje de nuestro amigo se oscureció un poco y sus ojos, antes ambarinos, se tornaron de un color marrón más oscuro. Definitivamente, su forma original estaba cambiando, afectando a las formas que adoptaba en ese nuevo planeta. ¿Qué significaba aquello?
Los días que continuaron, Ray disfrutó de la compañía de Wanda y Tana. Eran dos niñas muy activas que sólo querían jugar. Todas las mañanas, después de cacarear el gallo Hilario, las niñas se desperezaban y corrían a por su leche matinal. Con prisa y casi atragantándose, la vaciaban del vaso corriendo para salir apresuradas a jugar con su nuevo amigo. Ray estaba encantado con la atención que le prestaban. Le acariciaban, le mimaban, hacían travesuras juntos. ¡No podría encontrarse más feliz!
Sin embargo, una soleada tarde, una de sus travesuras llegó demasiado lejos. Jugando al pilla pilla, Ray tropezó con María, tirándole el puchero al suelo. Enfadada, acorraló a nuestro amigo entre los armarios de la despensa con la intención de reprenderle.
No viendo nunca así de disgustada a la granjera, Ray se asustó sobremanera. Tapándose los ojos con sus patitas, se arrinconó en una esquina haciéndose una bola y suplicando perdón en silencio. Oculto por una luz cegadora que se desprendió de él, su cuerpo se transformó en perro, un inquieto cachorro de cocker spaniel inglés de color azul ruano.
Más sorprendida que asustada, María le observó pasmada. Patidifusa por el cambio, se agachó con cuidado sujetándose a la encimera.
- ¿Ray?- le preguntó, alargando la mano para tocarle.
- Guau, guau- ladró éste meneando la colita feliz.
Cogiéndole en sus brazos, el pequeño animal aprovechó para darle un par de lametazos. Apareciendo de repente Wanda y Tana, Ray saltó de entre los brazos de María para salir al encuentro de éstas. Cogiéndolas desprevenidas y acostumbrado a su forma de gato, se abalanzó sobre ellas, tirándolas al suelo. Aprovechando su posición, las lamió la cara hasta saciarse.
- ¿Ray?- preguntó la más pequeña identificándole.
- Sí, cariño, es Ray- les confesó maravillada la granjera-, aunque todavía no sé muy bien cómo.
Las dos niñas, encantadas de tener un animal tan peculiar, le abrazaron y besuquearon hasta cansarse. Agotadas con tanto arrumaco, le dejaron en el suelo para estudiarle. Largas orejas de piel suave, cabeza redondeada, cejas definidas y ojos almendrados, hocico ancho y profundo, pezuñas anchas y redondeadas, pequeña cola, cuerpo firmemente conjuntado. Su carácter es alegre y deportivo, armónico en las formas.
- Hermana- dijo la más pequeña de las niñas, - ¿te has dado cuenta de que su color de pelo cambia con la luz? A veces parece gris y a veces azul. ¡Qué gracioso!
Las dos niñas observaron a Ray con interés. Moviéndole hacia la luz y hacia la sombra, descubrieron que en verdad el color de su piel variaba en esas dos tonalidades.
- ¡Es verdad!- afirmó Wanda-. Su color cambia con la luz.
Orgullosas de ese nuevo hallazgo, abrazaron a Ray con amor y vanidad.
- Oh, Ray, ¡te queremos!- le declararon al unísono.
Éste, sintiendo ese amor tan dentro de su piel como era capaz, se sintió desfallecer de felicidad. Supo entonces que el poder que la Tierra tenía para ofrecerle era ese: el amor. Un poder que podía con todo y con todos.
Dejándose envolver por el cariño que esa familia le daba sin condiciones, Ray supo al fin que había salvado a su planeta, el planeta Huno. Averiguó así cuál era su lugar y dónde estaba. Bruno, María, Wanda, Tana y todos los animales de la granja le darían el poder suficiente para que su planeta natal sobreviviese. Ellos serían su nueva familia, y le brindarían ese amor que tanto necesitaba.
Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.
 
 
 
Don Pedro me hostigaba incesante, como un depredador a punto de abalanzarse sobre su presa: 
- ¡Martínez, ese informe lo necesitaba para ayer!- vociferaba desde su despacho.
 Esa mañana ya llevaba tres cafés, y tan sólo eran las diez de la mañana. Apenas había dormido unos minutos aquella noche y el dolor de cabeza no parecía querer abandonarme tampoco hoy, ni si quiera después de haberme tomado un par de aspirinas. Nervioso, aporreaba presuroso las teclas de mi ordenador, desgastando inhumanamente mis huellas dactilares. Cada dos segundos, empujaba con el dedo las gafas que, por el sudor, caían de mi nariz una y otra vez. Ese gesto empezaba a ser más una manía que una necesidad. Era sábado y esa semana tampoco había tenido tiempo de acercarme a un fisioterapeuta. ¡La espalda me estaba matando!
El teléfono sonó en varias ocasiones pero no parecía encontrar el momento adecuado para descolgarlo. Quería terminar aquel dichoso informe. Necesitaba descansar y el lunes estaba a la vuelta de la esquina. Me estaba resultando muy difícil llevar ese ritmo de trabajo.
- Martínez, ¡son las tres de la tarde! ¡Necesito ese informe ya!- me repetía Don Pedro irritado.
-Sí, jefe, en un par de minutos lo termino. Se lo llevo a su mesa- le aseguré sin dejar de pulsar las teclas.
¡Las tres de la tarde! Marta me iba a matar. Otro sábado que no comía con ella ni con su familia. En estas últimas semanas, apenas la había visto. Ni si quiera habíamos cruzado tres palabras. Por las noches, cuando llegaba de la oficina, me echaba en el sofá para no despertarla. Total, en un par de horas tendría que levantarme otra vez para ir a trabajar.
- Martínez, ¿lo tiene o no lo tiene?- continuó terco Don Pedro.
- Se está imprimiendo, jefe- le dije, despertando de mis ensoñaciones.- Dos minutos.
- ¡Eso me ha dicho antes!- gritó mientras se acercaba a mi mesa.
Con el sudor deslizándose por mis mejillas, arranqué el papel de la impresora y lo metí en una carpeta transparente. Tropezando con mis propios pies, me levanté y le entregué el informe a Don Pedro, que ya estaba junto a mi mesa.
- Ya era hora, Martínez. Ya era hora- me reprendió feroz.
- Lo siento, jefe. Lo he hecho lo más rápido que he podido.
- Ya veo, ya. ¡Rapidísimo!- se burló alejándose.
- Lo siento- balbuceé, más para mí mismo que para que él lo oyese-. Lo siento.
Al llegar a casa, cerca de las seis de la tarde, me sentí derrotado. Las luces estaban apagadas. El silencio inundaba el hogar. Dejé las llaves en el mueblecito caoba del hall y el maletín a sus pies.
- Marta- llamé agotado-, ¿dónde estás?
Encendí la luz del salón y la vi. Blanca, pulcra, sola. La nota que Marta me había dejado sobre la mesa resplandecía. Allí, abandonada, solitaria, me gritaba en silencio que la leyese. Sentí pavor. Quemándome entre los dedos, cogí el papel como hipnotizado.
“Ya no puedo más” decía. “Me he ido a casa de mis padres. Marta”.
Sus palabras se clavaron en mi pecho como estacas. No podía respirar. Me sujeté a la silla e intenté coger aire. Me estaba mareando. Perdí el color en la piel. Mi corazón empezó a cabalgar desbocado. Un malestar en el estómago me asedió. Sin poder evitarlo, caí al suelo grotescamente. El tremendo golpe que me di en la cabeza, me hizo desmayar.
Desperté unas horas más tarde. Sudado, magullado, derrotado. Recordé el porqué de mi estado y me levanté abatido. Sentándome en una silla, cubrí mi cara con las manos y lloré como un bebé, sin control. Tras unos minutos de vergüenza solitaria, empecé a enfadarme conmigo mismo, para hacerlo después con Don Pedro y el horrible trabajo que me imponía, y finalmente acabar enfadándome con Marta. “¿Abandonarme? ¿Cómo se había atrevido a abandonarme? ¡Yo había dado mi vida por ella! ¡Me mataba a trabajar! ¡Se lo daba todo! ¿Qué estaba pasando? Dios mío, Marta… ¿por qué? Te quiero tanto…”
Respirando hondo un par de veces, descolgué el teléfono. Mirando los números con los ojos llorosos, volví a dejar el auricular en su sitio. No sabía si sería bien recibido al otro lado de la línea. Habían pasado muchos años, quizás desde que mi mujer y yo nos casamos. Sin embargo, él siempre me habría comprendido muy bien. Habíamos pasado muy buenos momentos juntos… y malos también, pero siempre las penas compartidas fueron menores. Juan fue mi mejor amigo desde que tengo uso de razón. Siempre había estado ahí, siempre... hasta que dejamos de tener contacto. Siempre fue así. Nuestra amistad iba y venía como un tiovivo, pero siempre sabíamos que podíamos contar el uno con el otro. Ahora, en este momento de destrucción masiva propia, le necesitaba más que nunca. No podía caer más bajo todavía, no podía sentirme más despreciado, apenas podía sentirme más fracasado. Acongojado, descolgaba y colgaba el teléfono una y otra vez hasta que, al caer la noche, más avergonzado que seguro de mí mismo, marqué su número en el aparato.
- ¿Juan?- inicié la conversación-. Sí, soy yo. Marta se ha ido-. Y empecé a desahogarme como nunca antes lo había hecho. Le conté a mi mejor amigo qué había ocurrido, cómo me sentía en mi trabajo, cuál era mi relación con Don Pedro, las horas que había estado trabajando a la semana, las comidas que me había saltado por falta de tiempo, las excusas que me había puesto a mí mismo para no ir al médico cuando la situación empezó a superarme, mi relación con Marta, cuántos meses llevábamos sin hacer el amor, sin hablarnos, sin mirarnos… Me consolé con él, aferrándome a sus palabras desesperado, buscando alivio y paz. Le conté a Juan cuántas noches había llorado y cuántas otras había vomitado por el miedo. Le hablé de mis mareos, mi dolor de espalda y mis interminables dolores de cabeza. Le confesé que, en más de una ocasión, asqueado de mi propia vida, tuve ganas de beber hasta ahogarme en mi propio vómito,… pero no lo hice. Le conté lo cansado que estaba de hacerle ver a todos que mi vida era idílica. Estaba cansado de engañar, mentir, fingir… sobre todo a mí mismo. Me aferré a Juan, a su silencio primero y a sus consejos después, como a un salvavidas recién encontrado. ¿Por qué no había hecho eso antes? ¿Por qué no recurrí a mis amistades? Me sentía aliviado y calmado, decidido y valiente. Juan había significado mucho para mí esa noche.

Gracias a él, sus palabras, sus recomendaciones, en un par de meses, mi vida dio un giro de ciento ochenta grados. Dejé mi trabajo a la mañana siguiente del día “X” (así llamaba al día que Marta me dejó la nota). Cambié la posición de los muebles de mi casa tras pintarla de azul cielo, un color con el que siempre había soñado que serían las paredes de mi casa. Empecé a correr todas las mañanas de madrugada, para liberar toxinas y sentirme mejor conmigo mismo. Mi alimentación cambió radicalmente. Hacía cinco comidas mínimo al día, y la mayor parte de ellas eran frutas y verduras. Salía a conversar y a bailar con mis amistades perdidas. Incluso empecé a escribir un diario. De vez en cuando, leía lo que había escrito días antes… y sonreía. Juan siempre aparecía en ellos de una u otra forma. Marta, empezó a aparecer. Cuando cogí fuerzas y me sentí mejor conmigo mismo, la llamé. Ella no tenía ni idea de lo que me estaba pasando ni por qué. Pensaba que había dejado de amarla, por eso se había ido. Durante esos duros meses, hizo muchos intentos de acercarse a mí pero yo, absorto en mis propios problemas, siempre la dejaba de lado. Hablamos hasta quedarnos sin voz… y volvió a casa. Los dos volvimos a casa.



 

Yo era una niña que tenía mucha imaginación. Constantemente me perdía en historias fantásticas de gnomos y hadas. Fantaseaba ser una de ellos para poder ocultarme de todo y todos. Escapar del mundo real me atraía, no podía evitarlo. Tampoco quería. Mi mundo onírico era por lo menos mil veces mejor que el mundo real que vivía, tan típico y rutinario.
Mi hermana Carlotta se reía cuando le contaba mis historias inventadas. “¡Cuánta imaginación tienes, Lisy!” me confesaba cariñosamente. A veces, incluso me ayudaba a escapar por la puerta de atrás hasta alcanzar el inmenso jardín trasero, para así poder buscar calmosa mis duendecillos. Sin embargo, Daisy era mucho más sensata y práctica. Para ella, la mayor de las tres hermanas, soñar con mundos de gnomos y hadas era perder el tiempo. Según ella, yo tendría que estar aprendiendo a hacer las tareas de la casa, pero eso no me atraía en absoluto. No podía ser tan pragmática como ella. ¡Era aburridísimo!
Mi espíritu rebelde me empujaba a soñar continuamente, mientras me escondía de las continuas lecciones de mi hermana Daisy y de mis padres. Ellos tampoco aprobaban mi “actitud infantil”, o así lo llamaban. “Nunca aprenderás nada útil con esa imaginación que tienes” me recriminaban. Pero yo sabía que eso no era cierto. Simplemente, ellos no veían lo que yo veía tan claramente.
Un día, más despistada de lo habitual, alcancé un lugar del jardín que yo desconocía. Pequeños arbustos repletos de flores rojas me rodeaban por todas partes. Altos árboles de frondosas copas verdes me tapaban la luz del sol. Apenas había claridad. Intrépida, me esforcé por recordar qué camino había tomado, pero todos los senderos me parecían iguales.
Una suave risita rompió el silencio de aquel escondite recién encontrado. Era una risa traviesa, coqueta, como de una niña.
Dejé de moverme pensando que, en verdad, mi imaginación me estaba jugando una mala pasada. Pero la risa apareció de nuevo. Aquellas pequeñas risitas resonaban en mi débil alma de niña mimada.
- ¿Quién anda ahí?- pregunté empujada por una ambiciosa curiosidad. Silencio. Aguanté la respiración para poder escuchar otra vez esa risa rebelde. ¡Ahí estaba! Otra vez esa niña traviesa. Acercándome despacio al lugar de donde provenía ese dulce sonido, volví a preguntar en un susurro:
- ¿Quién es?
Escondida, abrazada a sus piernas de tono rosado, había una pequeña hadita con un hermoso vestido color celeste. Su tamaño no alcanzaba ni mi palma de la mano. Era maravillosa. Parecía una bella muñequita de porcelana.
Sorprendida por la intromisión, la pequeña hada rompió a volar frenética. Su vuelo era alocado e impetuoso. ¡Estaba jugando conmigo!
- Tranquila- la rogué-, ¡espera!La pequeña voladora se posó en la rama de un gran árbol, dejando de aletear enérgica sus frágiles alas verdosas. Destellos dorados se desprendieron de ella mágicamente. Puntitos brillantes cayeron a sus pies para luego esfumarse. Era increíblemente bello, como un montón de fuegos artificiales en plena explosión.
Me acerqué a ella despacio, con cautela. No quería asustarla. Tranquila y confiada, la pequeña hadita se dejó observar. Tenía el pelo castaño y unos ojos tan oscuros como el carbón. Era hermosa… y pequeña. ¡Qué bella era!
- Me llamo Elizabeth- le susurré entusiasmada-, aunque me llaman Lisy. ¿Y tú?
- Hedda- me dijo después de un silencio que me pareció eterno, y rompió a reír de nuevo. Su risa era contagiosa, dulce y suave como el algodón. Aleteó de nuevo las alas con energía y salió disparada dejando tras de sí una fugaz estela dorada.
Sin dejar de asombrarme, observé cómo la pequeña hada realizaba un sinfín de acrobacias repletas de destellos dorados. Sus alas se agitaban ágiles y su risa, ese pequeño carcajeo, llegaba a mis oídos como la mejor de las sintonías. Su felicidad era increíblemente contagiosa y casi me dieron ganas de batir mis brazos con energía para poder volar con ella. ¡Cuánta felicidad!
Tras un completo despliegue de sus habilidades, Hedda se posó sobre mi naricilla para observarme. Su reflejo en el iris de mis ojos le gustaba. Giraba la cabeza de un lado a otro para poder mirarse mejor. ¡Qué coqueta y atrevida! ¡Y cuánto reía!
Sin pensárselo, batió de nuevo sus alas con renovado frenesí y se alejó de allí, dejándome sola. El único indicio de su presencia fueron esas diminutas estrellitas que dejó a su paso pero, al poco, también se evaporaron como el humo.
La felicidad y la dicha que había sentido hace apenas unos minutos, se fugaron con ella. La tranquilidad, la paz y la rutina diaria volvieron a mí, golpeándome con fuerza para hacerme regresar al mundo real al que pertenecía.
Deseosa de contarle esa maravillosa experiencia a mi hermanita querida, corrí hasta la casona veloz, casi sin aliento. Segura de encontrarla en el salón, tomé esa dirección. Encontrándola sentada en su sillón preferido, un sillón verde de aspecto desgastado, la abracé con fervor y le conté la experiencia vivida con ansia y excitación. Ella, sin embargo, pensó que era una de mis historias imaginadas. “¡Qué aventura, Lisy!” me dijo dulcemente al finalizar. “No, Carlotta, no lo entiendes. Esta vez es verdad” le aseguré emocionada. “Claro, hermana, claro que sí” me contestó incrédula.
Sorprendida de su reacción, miré a la ventana, abatida y desanimada.
¡Y allí estaba! Saludándome con su pequeña manita rosada, Hedda estaba sonriéndome. Llena de una euforia y una felicidad renacidas, la sonreí. Supe entonces que mi mundo, el mágico mundo que siempre había soñado, existía. Y, aunque ni mi familia ni mis amigos pudieran verlo, tan real como era, para mí eso era suficiente.
 
 
 
Entonces… se escuchó un grito quebrado y ensordecedor, muy propio en el género femenino de su especie: las hermanas mayores. 
- ¡No es justo!- vociferaba Alicia poseída por una envidia nacida de los celos-. ¡Siempre es él! ¡Siempre él! ¡Siempre todo para él!
Su madre, armada de una paciencia que comenzaba a agotarse tras años de inagotables luchas con su hija, suspiró nuevamente y contó hasta diez por cuarta vez en lo que llevaba de día. ¡Y sólo eran las diez de la mañana!
- Alicia, cariño- susurró llevándose la mano a la cabeza-, tu hermano está atravesando una época difícil. Ha perdido a su padre con sólo seis años.
- ¿Y yo? ¿Y yo qué?- gritaba insistente Alicia-. ¿Acaso yo no he perdido también un padre?
Reconociendo los síntomas del dolor de cabeza que se avecinaba, le razonó paciente su madre:
- Sí, cariño, tú también has perdido un padre, pero ya eres una mujercita y eres más madura que él- le aseguró con ademán de confortarla.
- Cielo- continuó con la voz los más tranquila y suave posible-, Ángel es muy pequeño. Lleva casi un mes sin pronunciar palabra, apenas come y no quiere jugar con nadie. La muerte de tu padre ha sido un duro golpe para él, ¡para todos! Tenemos que apoyarnos. Por favor, cariño, ayúdame- le suplicó rendida.
Repentinamente, una indescriptible devoción brotó en los ojos de su hija Alicia. Su expresión mutó hasta convertirse en una exigida valentía, determinante y tenaz. Una película transparente cubrió sus hermosos ojos verdes para deslizarse por su mejilla la primera lágrima después. Sin poder soportarlo más, se arrojó a los brazos de su madre y lloró afligida entre ellos buscando el consuelo que tanto necesitaba. Nuevamente, la tenebrosidad de la muerte que planeaba sobre ellas les había unido un poquito más.
Así, abrazadas y algo más serenas, se giraron para mirar con tristeza a Ángel. Éste, sentado y apoyado en la pared del pasillo -su sitio favorito desde la tragedia-, miraba confuso lo que su madre había depositado frente a él: un cachorro de apenas tres meses de edad que revoloteaba y agitaba la cola sin parar con el único fin de jugar. Torpe en su intento de llamar la atención, el pequeño labrador le hacía cabriolas, desplomándose con gracia al suelo una y otra vez.
Inauditamente, tras unos intensos momentos de brincos y piruetas, un esbozo de sonrisa se dibujó en los labios del niño. Alicia y su madre se miraron incrédulas aguantando la respiración. Dirigiendo su mirada de nuevo al lugar al que habían llegado incluso a censurar, advirtieron cómo Ángel tomaba en brazos al cachorro con un pequeño atisbo de placidez en los ojos. Con el único sonido del latir de sus corazones de fondo, se produjo por fin el milagro. Poniéndose de pie con el revoltoso cachorro en brazos, el niño se dirigió a su familia:
- Mirad- confesó como si ellas no supieran que estaba allí-, es un perrito.
Más asombradas que complacidas, corrieron presurosas a abrazarle. Entre llantos y palabras de amor y consuelo, estuvieron unos minutos abrazados reviviendo esa sensación de triunfo y gozo que sólo el amor por un hijo y por un hermano podía brindar.
Transcurrieron varios días y el cachorro, al que llamaron Amigo, se consolidó como uno más de la familia.
A pesar de que Alicia y su madre también le dedicaban tiempo al peludo animal, el vínculo que Ángel había creado con él era más fuerte que ninguno. Compañeros de juegos y penas, el vivaracho Amigo había logrado con él y su familia lo que el tiempo parecía no poder lograr por sí solo: desvanecer las oscuras nubes que les hostigaban desde hacía semanas. Ángel había vuelto a hablar y comer. Alicia, aun centrada en sus estudios, siempre tenía tiempo que dedicar a su hermano pequeño y su inseparable amigo. Su madre, ahora más relajada con el ambiente familiar alcanzado, aprendía poco a poco cómo asimilar los hechos y vivir con ellos para iniciar la nueva vida que tanto ansiaba disfrutar, también deleitándose de Amigo y sus hijos. Por fin, la paz y la tranquilidad habían inundado nuevamente su hogar. Eran una familia feliz.

 
 
Podían verla desde el banco de madera en donde estaban solitariamente sentados. Los abrazos de compasión que le daban, sus lágrimas e incluso las palabras de condolencia que aquellas personas le ofrecían sin haber sido reclamadas.
- ¿Duele?- le preguntó con voz preocupada.
- Sí, pequeña- le contestó con voz ronca y lágrimas no derramadas, acercándose aún más al estremecido cuerpo de su hija.
Visionando aquel desfile de desconocidos, apretones y frases repetidas una y otra vez, volvió el silencio entre ellos.
- ¿Mucho?- interrumpió repentinamente con voz intranquila.
Su padre pensó la respuesta por un momento. Sin apartar su tierna mirada de aquella mujer por la que habría dado la vida, le confesó:
- Sí, cielo. Duele mucho- Y aquella chiquilla rubia de seis años volvió a callar.
Sin ser consciente de lo que hacía, tomó con firmeza las manos de su padre entre las suyas y las apretó, como buscando refugio, protección. O, quizás, más probablemente, brindándoselo a él.
- Yo no quiero que mami llore- declaró afligida.
Y esta vez fue su padre quien tomó sus manos entre las suyas y la consoló. Besándole en la cabeza con todo el amor del que era capaz en aquellos momentos, le dijo:
- Entonces tendremos que hacer que mamá sonría- Y miró a su pequeña.
Asombrándose del extraordinario cambio que había experimentado su rostro, comprobó cómo un semblante lleno de determinación había sustituido la expresión triste y apenada que había cubierto la cara de su hija a lo largo de todo aquel oscuro día.
Orgulloso, esperó con paciencia a ver qué hacía, pues estaba seguro de que la decisión ya estaba tomada.
Un instante después, pudo ver cómo su hija se levantaba y se acercaba con pasos decididos a su madre. A poco más de un metro de distancia, se situó frente a ella. Con los puños apretados y aquella audacia que tanto la caracterizaba desde bien pequeña, esperó.
Poco a poco, aquellos inagotables desconocidos se fueron callando, fijando la vista en aquella intrépida niña.
Aquella mujer vestida impolutamente de negro fue saliendo poco a poco del largo trance en el que había estado absorta todo el día. Girándose, clavó su mirada en la pequeña, y esperó.
Tras unos segundos que parecieron eternos, su hija decretó:
- Mamá, la abuela te quería mucho, pero se ha tenido que ir a un lugar muy bonito donde la necesitaban más que nosotros. Como ella no puede volver, yo te querré por las dos. Todos los dos días te daré dos: dos abrazos, dos besos… El mío y el de la abuela.
Aquella mujer no supo qué decir. Se quedó patidifusa. Una mezcla de tristeza, admiración, orgullo y amor atravesó su rostro.
- Ahora me tienes a mí, mamá- continuó decidida. – Y yo no te dejaré. Y acercándose a ella, la abrazó como sabía que necesitaba que la abrazaran: con mucho cariño, ternura y devoción.

 
 
Comenzó desanudándose la corbata; un ritual cotidiano y familiar que recordaba con ternura también en mi abuelo. Ambos hacían lo mismo cuando iban a decir algo importante. Los mismos gestos, la misma mirada, el mismo silencio.
- Hija- comenzó dejando la corbata pulcramente estirada sobre el respaldo de la silla, - hoy es un gran día para ti.
Se sentó sobre la cama y, apoyando los antebrazos en sus piernas, me miró directamente a los ojos.
- No todos los días se casa uno, y mucho menos tu única hija.
Estaba nervioso y lo demostraba como otras tantas veces vi en mi abuelo: frotándose las manos con insistencia, como si quisiera eliminar una mancha que no existía más que ante sus propios ojos.
- Así que te voy a dar el único consejo que puedo darte- continuó-, el mismo consejo que me dio tu abuelo a mí el día de mi boda y que a él, a su vez, le dio su padre.
Le miré como se mira a un dios; con una mezcla de adoración, asombro y expectación. Me encantaba escuchar su voz. ¡Le adoraba!
- Hija, mi niña, sol de mi cielo- empezó de nuevo tras un corto silencio-, sabes que te quiero y que eres lo más bonito de mi vida. Hoy inicias una nueva etapa, el comienzo de un nuevo camino, y quiero que seas feliz. Por eso quiero aconsejarte, decirte que siempre te guíes con el corazón, con el alma, con lo que realmente te lata aquí - enfatizó señalándose el pecho-. No dejes que los demás influyan en tus decisiones. Nada ni nadie debe hacerlo. Sólo tú. Tú y lo que sientas. Así sabrás que nunca te equivocarás.
- Padre- le interrumpí-, siempre me he guiado por el corazón.
- Ay, mi niña- me dijo abrazándome-. Lo sé. Sé que siempre lo has hecho. No dejes nunca de hacerlo, tesoro. Es el único secreto para ser feliz. Y yo quiero que seas feliz.
- Te quiero, padre- le aseguré abrazándole-. ¡Te quiero tanto!
- Yo también, mi niña- me confesó emocionado-. Yo también.

 
 
Estaba harto de las ilusiones, los sueños, de la sensación de tener todo lo que quería al alcance de la mano para resultar ser un espejismo o un atisbo de lo que realmente me gustaría que ocurriese pero que nunca ocurría.
Estaba harto de desplazarme, de vivir dos vidas cruzadas, de tener estos viajes sin sentido que, más que bien, me destrozaban por dentro... Y todo por ella. Por mi amor. Por un amor negado al que no puedo resistirme y del que no puedo ni quiero desprenderme. ¿Cómo podría renunciar a él? ¿Cómo renunciar a estos viajes? ¿Cómo renunciar… a ella?
No. No podía. No podía abandonarla. Ella, al igual que yo, estaba sufriendo. Nuestro amor era una de esos sentimientos que se daban una vez cada millar de años. Era algo insólito, codiciado, imaginado. Muy pocos tenían la fortuna de sentir algo tan intenso y puro como nuestro amor. ¿Cómo, entonces, podía renunciar a él? ¿Cómo podía… ignorarlo? No, no podía. Simplemente, no podía hacerlo.
Nervioso, con el corazón latiéndome a mil por hora y la sensación de desplomarme ahí mismo presioné  la unión entre el dedo índice y el pulgar, cerré los ojos y canalicé mis pensamientos al lugar al que quería dirigirme en ese “genody” (o, lo que es lo mismo, “genetic odyssey”: un viaje virtual que nos hacía cruzar al otro lado, al mundo paralelo o, más concretamente, al perpendicular).
Esos viajes siempre eran dolorosos. Aunque apenas duraban unos breves segundos, la sensación de ser desgarrado brutalmente, de arrancarte la piel a tiras era tan real y probablemente tan acertada que, una vez finalizados, me prometía no volver a hacerlos. Sin embargo, siempre repetía; ella me esperaba.
Aquel “genody” fue distinto. Algo no iba bien. El dolor fue más intenso de lo habitual y la estancia en el Insoftrans (Instead of transition o lugar de transición) que nos ayudaba a cruzar la línea fue más larga de lo que debería. No, algo no iba bien. Mi piel estaba completamente desprendida de mi cuerpo y mis músculos y tendones vibraban tan violentamente que las articulaciones parecían a punto de rasgarse en mil pedazos. La fuerza que tenía que emplear para no explotar en millones de partículas era demasiado intensa para las pocas fuerzas que me quedaban. Estaba agotado y aquel calvario era tan opresivo que no estaba convencido de poder resistirlo.
Abrí los ojos a pesar de estar terminantemente prohibido en cualquier “genody”, sin excepción. Las consecuencias del estallido de luz mezclado con la velocidad con la que viajábamos podía dejarnos ciegos o algo peor: podía dañarnos irrevocablemente la corteza cerebral. No me importaba. En aquel momento, me daba igual. Sólo quería salir de allí y dejar de sentir aquel dolor.
11, 12, 13...
Conté los segundos que llevaba paralizado en el Insoftrans sin entender qué estaba ocurriendo ni por qué. Aquel “genody” no era normal. Seguramente, la parte de mi corteza cerebral que debía direccionar mi viaje virtual había fallado en algo. No era habitual aquella permanencia en el Insoftrans. Normalmente, la estancia allí duraba apenas dos o tres segundos.
17, 18, 19…
Saqué fuerzas de lo más profundo de mí y auné la piel a mi cuerpo, pudiendo relajar la intensidad que sufrían los músculos. El dolor se suavizó un poco y la sensación de explotar desapareció, pero yo estaba agotado. Los bucles que envolvían y mantenían mi cuerpo en el campo magnético eran potentes y los destellos que emitían eran demasiados cegadores. Me dolían los ojos y la cabeza y, si continuaba paralizado en el Insoftrans por más tiempo, probablemente resultaría gravemente lesionado.
23, 24, 25…
Sin poder pensar con claridad y dispuesto a salir de allí como fuese, volví a  presionar la unión entre el dedo índice y el pulgar, cerré los ojos de nuevo y canalicé mis pensamientos al mismo lugar al que quería dirigirme hacía apenas un minuto. Empujado por una fuerza sobrehumana y desconocida hasta entonces, fui impulsado con violencia hasta aterrizar sobre tierra húmeda. Tardé tiempo en abrir los ojos y reaccionar. Tosí varias veces intentando recuperar el aliento. Poco a poco, me fui incorporando. Aquel viaje había sido sofocante; demasiado intenso para lo que estaba acostumbrado. 
Abrí los ojos poco a poco, con miedo. El azul del cielo era tan hermoso, tan luminoso, que por un momento mis ojos se resintieron y tuve que cerrarlos de nuevo. Parpadeé varias veces y volví a intentarlo. Esta vez lo conseguí. El cielo era de un radiante azul verdoso, como el color del mar, como los ojos de mi amada Ixchel. El terreno era una mezcla de tierra arenosa y verdes pastos. Aquel lugar era un oasis, aunque no era donde yo había querido dirigirme. Consciente de ese hecho, me puse de pie, no sin dificultad, y vislumbré todo lo que me rodeaba. El lugar era hermoso, digno de ser alabado, pero no quería estar allí. 
- ¡Aristo! ¡Aristo!- oí que me llamaban-. ¡Aristo!
Inquieto por esa llamada, giré sobre mí buscando los labios que pronunciaron mi nombre.
- ¡Aristo!- insistía aquella voz.
Atónito y confuso, abrí la boca para hablar pero no pude articular palabra. Era demasiado disparatado.
- ¡Aristo!
- ¿Ixchel?- susurré apenas sin voz-. ¿Eres tú?
- ¡Aristo, mi amor!- gritó ella lanzándose a mis brazos.
- ¡Ixchel!- exclamé anonado, reconociendo su perfume a lilas-. ¡Ixchel!- exclamé de nuevo abrazándola y besándola con ardor-. ¿Qué ha ocurrido?
- Oh, cariño- comenzó-. Ambos iniciamos un “genody” con destinos cruzados. 
- ¿Qué destino escogiste tú?- le pregunté turbado. 
- Estar contigo, mi vida. Vislumbré estar contigo. 
- ¿No vislumbraste Ápatar?- pregunté extrañado de que ese “genody” se hubiese podido llevar a cabo.
- No, Aristo. Yo quería estar contigo- contestó-. No quería ver otra vez la maldad y la sangre de aquella ciudad. 
- ¿Y el Insoftrans? ¿También estuviste allí tanto tiempo como yo? Fue… extraño.
- Sí, mi amor. Tu “genody” se entrecruzó con el mío. La parálisis que sufrimos en el Insoftrans fue normal, dadas las circunstancias. 
- No entiendo- confesé.
- Aristo, tú pediste inconscientemente estar conmigo y yo contigo. Nuestros “genodys” se cruzaron y eliminaron la oblicuidad de ambos mundos. Ya no tendremos que realizar más viajes virtuales. ¡Podemos vivir juntos aquí, en esta ciudad!
- ¿Y qué ciudad es esta?
- ¿Acaso importa, mi vida?- preguntó besándome y abrazándome de nuevo. 
- No- contesté sinceramente-. No importa en absoluto- y la atraje hacía mí para disfrutar del sueño que tantos siglos llevaba anhelando.
 
 
  
Cariño, mi vida
¿Cómo estás? ¿Qué haces? ¿Qué piensas? La idea de que estés lejos de mí me mata, ¡me consume!
Sólo puedo pensar en ti, añorarte. ¡No hago otra cosa! No duermo, no como, apenas respiro. Soy incapaz de levantarme de la cama… y tampoco tengo ganas de meterme en ella. ¿Qué hago si tú no estás? Deambulo por los pasillos de mi casa como un fantasma sin cadenas, sin rumbo ni destino. Me siento perdida. Sola. Vacía. Tu amor era lo único que me daba vida, ganas de vivir, ilusión. ¿Qué puedo hacer sin él? ¿Qué puedo hacer sin ti?
Miro a mi alrededor y sólo te veo a ti, a nosotros. Miro a mi alrededor y sólo te puedo oler a ti, a nosotros. Me pongo tu ropa para sentirte cerca, para engañarme y sentir tus manos sobre mi piel, pero no funciona. No te siento.
Estoy atrapada en este microclima que creamos juntos, y no sé cómo salir de él. Ni si quiera sé si quiero salir de él. ¿Dónde estás? ¿Por qué no vuelves? ¿Por qué no me abrazas? Necesito que me ames, que me quieras. Necesito que estés aquí, conmigo, con nuestros hijos, ¡tu familia!
Sí, ellos también te echan de menos. Preguntan por ti. ¿Qué haces? ¿Dónde estás? ¿Por qué no vuelves? Ya no quiero mentirles más, ¡no quiero! No se lo merecen… ¿Qué le digo a nuestro hijo de tres años? ¿Cómo puedes pedirme que siga mintiéndole, que siga mintiéndoles a todos? Vuelve, vuelve pronto. Tus hijos quieren que vuelvas. Yo quiero que vuelvas. Te necesitamos…
¿Cómo decírtelo de otro modo? ¿Cómo puedo explicártelo para que tú lo entiendas? ¿Acaso no te das cuenta de que estamos rotos sin ti, de que nos estamos muriendo por dentro, de que no somos nada? Me siento como si me faltara un brazo o una pierna. Me siento incompleta,  rota, desgarrada. Ya no sé qué hacer para que vuelvas.
Lloro constantemente; por la noche, por el día, a escondidas en el baño, en silencio,… Lloro hasta agotarme, hasta morir un poquito más por dentro cada día. Ya no quiero llorar más. ¡No quiero llorar más! ¿Es que no entiendes? ¿Por qué no entiendes?
No merecemos esto. Tus hijos no se lo merecen. Yo no lo merezco. ¿Acaso no creamos juntos un paraíso, nuestro nirvana, a lo largo de estos quince años? ¿Qué fue de ellos? ¿Dónde están? ¿Dónde quedaron todos esos años? ¿Los olvidaste? ¡Fueron quince años! ¡Quince años juntos! ¿Puedes olvidar tan rápido? ¿Dejarlo atrás?
¿Y por qué? ¿Por ella? ¿Por otra mujer? ¿Qué te da ella? ¿Qué te da? ¿Amor? ¿Cariño? ¿Sexo? ¿¿Qué?? ¿Qué te da?
He estado pensando mucho en estos días, muchísimo. Es prácticamente lo único que he hecho desde que te fuiste. No he sabido hacer otra cosa. No he podido hacer otra cosa. ¿Y sabes a qué conclusión he llegado? Sí, te voy a dejar marchar. Quizás sea lo mejor, lo mejor para ti. ¿No es eso lo que quieres? ¿Marcharte? ¿Dejarnos? Quizás ella te haga feliz. Quizás ella te de lo que nosotros no somos capaces de darte. Quizás ella te de lo que necesitas, lo que buscas. ¿No es ese el motivo por el cual te alejaste de nosotros? ¡Quizás lo consigas!
Sí, quizás…
Quizás esa mujer también sea capaz de amarte como yo, con el alma, el cuerpo y el corazón. Quizás esa mujer también sea capaz de morir por ti, como yo. Quizás esa mujer también sea capaz de abrazarte en tus pesadillas y de besarte en tus sueños, como yo aún estoy haciendo. Quizás esa mujer sea capaz de darte unos hijos tan maravillosos como los que yo te he dado; unos hijos que te adoran, te quieren y te necesitan. Sí, puede que esa mujer te de todo eso que, al parecer, yo no soy capaz de darte. Sí, quizás…
Por eso te voy a dejar marchar, para que alcances tus sueños, para que seas feliz. Porque yo sólo quiero eso: que tú seas feliz, que puedas algún día ser verdaderamente feliz.
Por eso te voy a dejar marchar… Vete. ¡No vuelvas! No te preocupes por nosotros. No pienses en nosotros. Ya volveremos a respirar, ¡aprenderemos! No te preocupes por nosotros. Yo velaré por tus hijos, te lo prometo. No les abandonaré. No te preocupes por mí. Yo llegaré a ser feliz cuando tú también lo seas. Sólo es cuestión de tiempo, mi amor. Sólo es cuestión de tiempo… Yo seré feliz otra vez.
Pero nunca, jamás, nunca… nunca olvides que te queremos, que eres el motor de nuestras vidas y el aire que conseguimos respirar. Nunca olvides que eres nuestro sol, nuestro corazón, nuestra agua, nuestro ángel. No lo olvides jamás, cariño, no lo olvides. Siempre serás nuestro ángel más puro, siempre... y ella no podrá quitarnos eso jamás.
Siempre tuya, ahora y siempre,
              Tu mujer,
                          Helena
 
 
 
Realmente no sé qué hago escribiendo esta carta a las tres de mañana. Tampoco sé por qué tengo la necesidad de hacerlo ni por qué debería hacerlo. Al final y al cabo, tú no vas a leerla nunca. Y yo, la verdad, ya me he confesado a mí misma infinidad de veces lo que está sucediendo y cómo me siento, aunque ni si quiera entiendo realmente qué está sucediendo ni por qué.
Tengo el corazón destrozado, la vida destrozada. ¡Tú me la has destrozado! Pensé que eras el hombre de mi vida, mi amor eterno, mi confidente imperecedero, mi aliento y mi hálito de vida. ¡Qué equivocada estaba! ¡Qué tonta he sido! Quince años juntos y resulta que no te conocía, que me engañabas, ¡me traicionabas!
Ni si quiera pudiste mirarme a los ojos… No pudiste. ¡No lo hiciste! ¿Por qué no me miraste a los ojos cuando me dijiste que rompías este matrimonio por otra? ¿Dónde estaban tus agallas entonces? ¿Dónde? ¿Y dónde quedó ese amor que decías que sentías por mí y tus hijos, tu familia? ¿Dónde quedaron esos quince años juntos?
¿Y cómo piensas mirar a tus hijos a los ojos? ¿Cómo piensas decirle a un niño de tres años que su padre ya no quiere a su madre? ¿Cómo piensas hacerlo? ¡¿Cómo vas a poder hacerlo?! ¡Por Dios, sólo tiene tres años! ¡Tres años! Me rompo por dentro por él, por su hermano de diez meses, por su familia, sus sueños y sus vidas rotos. Sólo pienso en abrazarles y protegerles, protegerles de ti y del año que les estás haciendo. Porque les estás haciendo daño.
Aún te veo recogiendo tus cosas. La maleta abierta sobre una cama fría y sinsentido. La cama donde, en otra época, nos dimos tanto amor y concebimos a nuestros hijos. La cama que ahora está decorada con camisetas, pantalones y calcetines del pasado. El jersey verde que te tejió mi tía y el pantalón que te regalé por tu cumpleaños apenas hace un mes de tiempo. Veo los meses, ¡los años!, desfilar a través de tu ropa. Y te veo recoger esas prendas y te odio. ¡Te odio! Me gustaría haber cogido esa dichosa maleta y esas ropas del demonio y haberlos tirado por la ventana. ¡Tiraría todas tus cosas por la ventana!
¿De quién es el juego de mesa tal y de quién es el juego de mesa cual? ¿Esas son tus dudas más intrépidas? ¿En serio? ¡Puedes quedártelo todo! ¡Todo! Lo único que yo quería lo has destrozado y pisoteado. Lo único que yo esperaba de ti lo has roto en mil pedazos y lo has arrojado al fango. Ya no quiero nada de ti. ¡Nada! No quiero nada de ti, ¡y tus hijos tampoco! No te necesitamos.
Me parece estar viviendo una pesadilla horrible y cruel. Me falta el aliento, mi corazón late a mil por hora y no puedo evitar temblar. Me siento perdida en un bosque oscuro y tenebroso, donde las ramas de los árboles me golpean con resentimiento y los animales me persiguen esperando mi final… para devorarme. Sí, me siento a punto de ser engullida por el tiempo y el dolor, un dolor que tú me has regalado gratuitamente. Un dolor que no yo no quería y que para nada he buscado.
Llevo once días sin apenas dormir. Me despierto empapada en sudor y completamente asustada. Mi corazón late como un loco y, a pesar de tardar unos segundos en recordar dónde estoy, cuando lo hago, no logro tranquilizarme. No puedo respirar con normalidad. No puedo dejar de llorar. Llevo once días llorando y aún hoy me quedan lágrimas. Me regodeo en el dolor que tú me has infringido porque no puedo hacer otra cosa, porque me recuerda lo que me has hecho y por qué lo has hecho. Lloro sin consuelo porque no puedo odiarte de otra manera…
Vivo únicamente para mis hijos. Ellos dan cuerda a mi desgarrado corazón. Ellos me obligan a levantarme por las mañanas y a vivir (sobrevivir). Son ellos los que me obligan a estar despierta. Y son ellos la única razón por la que respiro y vivo (sobrevivo).
Se me rompe el alma cuando tu hijo me pregunta ¿por qué estoy triste? Y se me desgarra aún más cuando no sé qué decirle. ¿Qué puedo decirle a un niño de tres años que me abraza y me susurra “te quiero” al oído porque nota que estoy triste? ¿Qué puedo decirle a un niño de tres años que me coge la mano, me mira a los ojos y me dice “yo estoy aquí contigo, mami”? Sólo tiene tres años. ¡Tres años! Sólo tiene tres años, mi niño, y ya se preocupa por mí. No debería hacerlo. Debería ser yo el que le consolara y le protegiera, y no al revés. Pero no puedo evitarlo… No puedo evitar estar triste y sentirme morir por dentro.
Realmente no sé qué hago escribiendo esta carta a las tres de la mañana. No sé qué sentido tiene darle más vueltas.
Miro a mi alrededor y sólo veo vacío y silencio. Yo misma me siento vacía y en silencio.
¿Cómo hemos llegado a esto? ¿Cómo hemos podido dejar atrás quince años de relación para acabar en una mesa fría y sombría de un despacho de abogados? ¿Cómo hemos sido capaces de llegar a esto?
Te has llevado todo lo que tenía: mi amor, mi confianza, mis sueños y mis anhelos. Te has llevado el sol que iluminaba mis días y el aire que respiraban mis pulmones. Te has llevado los buenos sentimientos que alimentaban mi corazón y me has arrancado de la piel todas tus caricias, besos y abrazos.
Ojalá también pudieras hacerme olvidar. Ojalá pudieras ser egoísta una vez más y pudieras llevarte los recuerdos de los últimos años, para que no doliera tanto.
No quiero escribirte más. No quiero que sepas nunca más cómo me siento ni cómo me encuentro.
Sólo desearte desdicha, desamparo y miseria, que es lo mismo que tú me has dado a mí. Y soledad, dolor y angustia, que es lo que tu amante me ha regalado. Desearos que viváis lo mismo que estoy viviendo yo, que sintáis lo mismo que estoy sintiendo yo y que sufráis lo mismo que estoy sufriendo yo. También te deseo que la casa, el coche y nuestras pertenencias te hastíen y te recuerden a mí constantemente, para que no puedas olvidar nunca lo cruel que fuiste, lo inhumano, desgarrador y feroz que fuiste conmigo.
Yo, por mi parte, me quedo con lo más bonito de estos quince años juntos: dos niños preciosos, Guillermo y Gonzalo. Nuestros hijos.
No me llames nunca. No me escribas. No me llames. Y perdóname, Dios mío, por ser tan cruel y acumular tanto odio, pues sabes que yo no soy así… pero no puedo evitarlo.
Me voy, que mi niño pequeño está llorando y seguramente se le haya caído el chupete.
Hasta siempre.
Helena
 
 
 
- ¡Qué grande el "nosotros"!- le confesó entusiasmada-. Me siento fuerte, invencible, poderosa. Me das la fuerza de Hércules y el talón de Aquiles juntos. Me haces sentir gigante y pequeña, fuerte y débil. Una princesa de caprichos y deseos concedidos. Me siento como Afrodita, Inanna, Astarté, Turán, Venus, Ushás y Aurora juntas. Reinas de la belleza y la sexualidad. Hermosa. Adorada. Venerada. Me haces sentir digna y santa. Reverenciada e idolatrada. ¿Y tú me lo preguntas, cariño? ¿Tú que eres la luz de mi vida?
Él, abrazándola, le había susurrado al oído:   
- Mi amor, ¿eres feliz conmigo?
 
 
 
Mi amor, mi vida. Aún puedo oler el aroma que dejaste impregnado en la almohada. Y puedo sentir el calor de tu cuerpo entre las sábanas. Cierro los ojos y puedo sentirte, puedo escucharte. Es una tortura poder verte y no poder tocarte. Miro mis manos… y están vacías. Ya no sienten tu piel ni bullir tu sangre.
Te veo llorar, encogerte y mirarme sin verme. Me estremezco con tu dolor. Me devasta por dentro como un huracán. Me comprime con violencia el corazón y no puedo respirar. Siento míos tu sufrimiento y desconsuelo. Imploro contigo una nueva oportunidad, otra vida entera. ¡Ojalá fuese tan fácil ver cumplidos mis deseos!
No llores, cariño. No te derrumbes. Levántate. Hazlo por mí. Porque te amo. Porque te adoro. Siempre te amaré, mi vida. Allá donde vaya. Allá donde esté.
Al abrazarte, he podido sentir tu angustia, tu agonía, tu sufrimiento. Estás temblando. Un escalofrío recorre tu espina dorsal. Levantas la cabeza y miras a tu alrededor. Lo sabes. Sabes que estoy todavía aquí, contigo, mi amor. Frunces el ceño y observas aturdido la habitación. Te has puesto de pie. Me buscas. Me estás buscando. ¿Acaso no me sientes? ¿No me percibes? Estoy frente a ti, cielo. Mirándote a los ojos con dulzura y orgullo.  Porque eres mi orgullo. Tantos años juntos y aún nos amamos con completa intensidad. ¿Quién iba a pensar que mi hora iba a llegar tan repentinamente?
Miras la cama. Ves mi cuerpo. Con determinación, te tumbas a mi lado y me abrazas. Mi cuerpo está rígido, frío. Te da igual. Sólo quieres sentirme por última vez. Me haces sonreír una vez más. Siempre has tenido ese don. Siempre me has hecho feliz.
- Nos vamos a ver muy pronto, pequeña- me susurras con voz ronca al oído. Y con tristeza sé con seguridad que es verdad, pues al fin y al cabo ya tienes ochenta y siete años.
- Te estaré esperando- te contesto. Y confirmo que lo sabes cuando me sonríes.
 
 
 
No me considero una persona tímida ni retraída. Tampoco veo en el espejo un reflejo asustado o encogido de mi versión real. Sólo estoy reflexionando, intentando entender por qué me siento tan débil y al mismo tiempo tan fuerte y por qué ese sentimiento, a pesar de no tener sentido, me parece razonable y sensato.  
Soy una persona organizada, metódica. Me gusta hacer las cosas con un porqué y me gusta hacerlas de manera estructurada. Sin embargo, desde hace unas semanas, soy imprevisible. Tan pronto me quedo embobada delante del cuaderno de historia como, un momento después, me pongo a hacer una tanda de galletas que ni me atrevo a probar. Es extraño, raro y, al mismo tiempo, normal.
Últimamente me he dado cuenta de que me arreglo más para ir a la escuela. Detalles que antes me parecían insignificantes, ahora me parecen necesarios (y hasta obligatorios). Hacerme una trenza, poner un poco de gloss en mis labios o vestir más estilosamente (casi con coquetería) se han convertido en una rutina diaria de la que no puedo prescindir. La vieja mochila que usaba antes para transportar mis libros ha quedado olvidada en el armario. Ahora los llevo en un bolso enorme que insistí a mi madre que me comprara. No es que sea demasiado bonito pero, ¿qué bolso hay bonito en el que te quepan cinco libros tan grandes como El Quijote, dos cuadernos, un estuche de bolígrafos, un neceser de maquillaje y un cepillo de pelo? Hasta ahora no he encontrado ninguno y me preocupa el hecho de que, aún hoy, lo esté buscando.
Nunca he sido caprichosa. Tengo tres hermanos mayores y el hecho de ser la única chica y además la más pequeña constantemente me ha beneficiado. Mis padres siempre me han abastecido de todo lo necesario: ropa, calzado, dinero para el transporte,… Ahora, sin embargo, no me parece suficiente. Día sí, día también, me sorprendo a mí misma quitándole a mi madre maquillaje de su tocador o cogiéndole un billete de su cartera a mi padre para ir al centro comercial y comprarme un vestido que tiene que estar en mi armario sí o sí, sin discusión.
Nunca había sido así.
Tampoco había sido torpe. Sin embargo, últimamente, parece que el suelo y las paredes están en mi contra. Tropiezo casi con hábito y en más de una ocasión me he comido una pared; sin hambre. No es que haya perdido vista (la semana pasada fui al oculista y me aseguró que mis ojos veían perfectamente), es que he perdido psicomotricidad. La relación tan perfectamente compenetrada que mi cerebro tenía con mi cuerpo se ha perdido en el camino, aunque no sé dónde (ya me gustaría). Mis piernas y mis brazos no escuchan las órdenes que les mando. Quizás simplemente no quieran escucharlas. No lo sé. Es extraño. Tendré que acostumbrarme a los morados que me hago (En el fondo, me dan carácter).
Nunca he sido una chismosa. Tampoco me ha faltado personalidad. Tenía muy claro quién era, cómo era y a dónde quería llegar. Sin embargo, ahora, parece que lo piensen y digan los demás es mi nuevo Evangelio. Mis orejas se están agrandando de tanto dilatarlas para poder escuchar y hacer equilibrios con la silla y el pupitre se está convirtiendo en mi deporte nacional. Un día incluso me caí de la silla para poder escuchar con mayor claridad qué decía mi compañera de la izquierda. Todos se rieron cuando me vieron las bragas, pero yo me puse en pie feliz. Aprendí que las botas marrones no combinaban muy bien con el uniforme. Ellos me miraron extrañados pero a mí no me importó. Aquel día aprendí una nueva lección y estaba muy contenta.
He perdido tres kilos, creo que cuatro, desde que empecé a comportarme así. No sé si debe al cambio de hormonas (quizás me venga por fin el período) o al vaivén de adrenalina que experimenta mi cuerpo. Si es por las hormonas, estoy ansiosa de que llegue el momento para saborear el hecho de convertirme en mujer. Si es por la adrenalina, he de confesarte que me siento algo confusa. Mi cuerpo experimenta cambios bruscos de inestabilidad física y mental cuando tú estás cerca (lo he estado comprobando estas últimas semanas). Por ejemplo, el otro día, cuando tú estabas jugando al fútbol con tus amigos, yo perdí un diente al tropezar (literalmente) con una farola del parque. Y el otro día me magullé ambas rodillas cuando simplemente miraste en mi dirección y yo, despojada de todo sentido común, intenté andar sin mover los pies (hubiese sido un logro haberlo conseguido, la verdad). ¿Y no recuerdas la clase de matemáticas? Me rompí la nariz al girar bruscamente hacia la pizarra cuando tú sencillamente me sonreíste (tienes que recordarlo porque me fui corriendo a la enfermería mientras me desangraba. Allí me desmayé. ¡Qué vergüenza!).
Es una calamidad, un sinsentido. He estado analizando mi comportamiento (y el tuyo) desde que fui consciente de que algo ocurría y esa es la única explicación coherente que se me ha ocurrido. Las otras posibilidades las he descartado por carecer de lógica o ser demasiado vergonzosas, pues realmente no creo haberme vuelto tonta de repente (quizás por las múltiples caídas que sufrí desde mi cuna cuando todavía era un bebé) ni tampoco creo que se hayan alineado los planetas con el propósito de volverme loca.
Así que, siendo lógica y razonable, he llegado a la conclusión de que el único porqué de mis “desastres” eres tú (y fíjate que la palabra “desastres” va encomillado). Y no es que tú seas el culpable de mis desgracias (no, por Dios, ni muchísimo menos), sino que tú eres el detonador de que todas esas cosas se hayan ido sucediendo.
Me explico. Cuando analicé con prudencia todos los factores posibles, todas las causas y todas las consecuencias por las que tú eras el percutor, sólo pude llegar a una conclusión (Obviamente, una conclusión sensata y meditada): me gustas. Y si el grado de entusiasmo que siento por ti se mide en relación con la gravedad de los absurdos sufridos, entonces me debes de gustar muchísimo. No tengo experiencia en este tipo de relaciones, así que no sé si es adecuado que te lo diga o es de “atrevidas” hacerlo. Me da igual. Yo sólo quiero que lo sepas. Me siento más tranquila sabiendo que tú conoces el motivo por el cual tropiezo con tanta costumbre y me comporto con tanta necedad. No quisiera que pensaras que realmente estoy loca o que soy torpe hasta el agotamiento. En realidad, soy una chica normal de trece años con ganas de experimentar.
¿Sería de “atrevidas” que te invitara a una hamburguesa y un refresco? Me gustaría comprobar la teoría de que, con el trato frecuente, este enamoramiento se puede intensificar o perder con el tiempo. Siempre lo he leído en libros (el amor, me refiero) pero, obviamente, nunca lo he puesto en práctica.
No sé si tus padres me dejarían ir a tu casa a pasar la tarde. Estoy segura de que los míos no pondrían objeciones a que tú vinieras a la mía (siempre podemos decir que es para estudiar o para hacer un trabajo).
Si quieres, después de clase, quedamos en la puerta de la escuela y hablamos. Te esperaré allí.
Un beso,
Claudia
 
 
 
Hace casi tres años me compré un perrito, más por hacerme compañía que por el simple deseo de cuidar un animal. Mi perro es un cocker spaniel inglés muy activo y juguetón. Cariñoso desde los dos meses de edad, el simpático animal se hizo querer desde el minuto uno. ¡Le adoro!
Ray Charles, le puse de nombre, pues quería un perrito tan negro como el carbón y el nombre me parecía apropiado a la par que original. A pesar de haber nacido finalmente de color azul ruano (blanco y negro con destellos azulados), Ray, que era como le llamaba cariñosamente, se quedó finalmente con el nombre predestinado. Me agradaba la idea de ser la única que tuviera un perro con ese nombre. Coco, Toby, Rocky, Rex,… eran nombres tan típicos que me disgustaban. Yo quería que Ray fuese único y diferente.
Viene conmigo a todas partes, incluso de vacaciones. Es como una prolongación de mi cuerpo, algo de lo que no puedo ni quiero separarme. Alejarme de él es como quitarme un brazo o una pierna. Forma parte de mí, de mi vida.
Menea la cola cuando estoy feliz y se acurruca junto a mí cuando me siento triste. Siempre está ahí, pase lo que pase. Es fiel, indescriptiblemente fiel, y eso me enorgullece y me hace feliz.
Este año, estando de vacaciones, me he sentido decepcionada. Muchas personas miran con el rabillo del ojo a mi perro, como si tuviera una enfermedad de la que no quisieran contagiarse. A pesar de que Ray se mantiene siempre a mi lado, ya que está adiestrado, parece hastiarles de una forma que me abruma. Su simple presencia parece perturbarles. No molesta a nadie y, a pesar de eso, si alguien pasa muy cerca de él, aprovecha y le da una pequeña patada, como si se tratase de una lata vacía de refresco o como si el camino sólo estuviese hecho para las personas y bajo ningún concepto para los animales.
He ido observando que, en general, somos unos intolerantes. Aquello que no nos gusta o agrada, lo rechazamos sin justificar los motivos. Simplemente, le damos la espalda o lo criticamos con vehemencia infundada.
- Tu perro mancha. Aparta al chucho de mí- me reprendió una vez un anciano regordete que caminaba dificultosamente con un cigarrillo entre sus dedos.
Ray está educado y, atado como estaba con la correa, difícilmente podía ensuciar o molestar. Recojo las deposiciones de mi perro, realiza las micciones en las zonas habilitadas para ello, juega en el parque sin molestar a nadie… Aquellos pocos sectarios nos calumnian como si fuese su último pasatiempo.
Algunos días después de ese desafortunado encuentro, paseando por un abrupto camino de arena, Ray se puso a ladrar de forma descontrolada y enérgica junto a unos tupidos arbustos ajados. Pensé que estaba jugando o que, quizás, había encontrado algún gato al que perseguir. Sin embargo, nada salía de aquellos arbustos. Extrañada, me acerqué hasta él, que iba y venía de forma insistente de mí a los arbustos y viceversa.
Alcanzando los matorrales, pude distinguir a un viejo aparentemente inconsciente tendido en la tierra. Precipitándome al suelo asustada, le di la vuelta e intenté reanimarle desesperada. Sorprendida al comprobar que era el anciano que me reprendió el otro día, le supliqué:
- ¡Despierte! Por favor, despierte.
A la par que le daba suavemente con mi mano en su mejilla derecha, los ojos del anciano se fueron abrieron poco a poco. Al principio, la luz le incomodó sobremanera pero, con el paso de los segundos, se fue acostumbrando paulatinamente a la claridad.
- Ay…- se quejaba el pobre hombre. - ¡Cómo me duele la cadera, ay!
- ¿Está usted bien?- le pregunté anhelante.
El anciano, que parecía más pequeño de lo que en realidad era, hizo un amago de levantarse pero el golpe, que le había entumecido el cuerpo, le impidió que se incorporara.
- Tranquilo- le ordené, poniéndole una mano en el pecho para impedir que se moviera más-. Relájese. Ahora mismo llamaré a alguien para que nos ayude-. Y, cogiendo mi móvil, llamé a una ambulancia.
Era obvio que el pobre anciano estaba desorientado. Miraba a un lado y otro procurando recordar. Asustado, oprimía mi mano con las pocas fuerzas que le quedaban.
- ¿Filo? ¿Dónde está Filo? ¡¿Dónde está mi mujer?!- gritó repentinamente impaciente, en plena crisis nerviosa.
- Ssshhhhh… - le calmé-. Ella ahora mismo viene. No se preocupe. Todo saldrá bien- le dije con intención de serenarle.
El anciano, que parecía haber recuperado abruptamente la conciencia, cruzó súbitamente su mirada con la de Ray. El perro estaba sentado junto a mí. No ladraba. No se movía. No molestaba.
- ¿Qué hace ese chucho aquí?- vociferó enfadado-. ¡Qué se marche! ¡Vete, malnacido!- y una tos carrasposa le impidió maldecir más.
Contando en silencio hasta diez, tomé aire para serenarme. Ese anciano me estaba sacando de mis casillas. Instantes después y como caídos del cielo, después de escuchar mis mudas plegarias, dos ATS se acercaron hasta nosotros con una camilla de color rojo.
Explicándoles brevemente qué había ocurrido, alzaron con brío al viejo regordete hasta la camilla y le acomodaron como pudieron. Atándole las bridas para que no pudiese caerse, me dieron las gracias y se alejaron con él hasta la ambulancia que estaba aparcada a unos metros de donde estábamos.
Agachándome, felicité a Ray orgullosa.
- Buen perro- le dije-. Buen chico.
Abrazándole y riéndome, Ray me chupó la cara, meneando la colita feliz y henchido de mis alabanzas. Trayéndome un palo, se lo tiré para que corriese a por él como recompensa. Jugamos y nos divertimos más tiempo del habitual, pues se lo había ganado. Hoy sí que se lo había ganado.
Días después, supe que el anciano había salido del hospital. Apenas unas magulladuras y unos moratones le harían recordar el episodio vivido. La herida de la cadera era la más fea, pero también sanaría. Sólo tenía que cuidarse y tener más precaución la próxima vez.
Y, sorprendiéndome en mis últimos días de vacaciones, me confesaron que le habían visto por los parques jugando y entreteniendo a los perros que estaban por allí. Con esa noticia, me sentí aún más orgullosa de Ray. Siempre supe que era un buen perro. Ahora lo aseveraba aún más.
Finalmente, mis vacaciones fueron fructíferamente interesantes. Volví a casa feliz.



No podía creer lo que acababa de hacer. Estaba maravillada e impactada al mismo tiempo. Mi sangre burbujeaba por la expectación y un cosquilleo desconocido e inusual recorría mis extremidades con tanta rapidez que apenas podía saborear el momento como se merecía.
Sí, lo había hecho. ¡Había contratado sus servicios! Dentro de un par de horas él estaría aquí para satisfacer todos mis deseos y hacer realidad cada una de las fantasías soñadas y que tan detalladamente se describen en las novelas eróticas que leo con tanto apetito.
¡Tenía que darme prisa! Apenas quedaban un par de horas para que se presentase y estaba decidida a causarle una gran impresión. No estaba dispuesta a que ese don Juan creyese que era una clienta más, una del montón. Quería dejarle huella, mi marca. Estaba decidida a darle la vuelta a la situación y sorprenderle yo también a él. Para nada estaría esperando algo así. Disfruté de la sensación de poder que aquella decisión me otorgaba y me relamí como una gata. Oh, sí, estaba decidida a aprovechar cada uno de los centavos que iba a pagar por este servicio.
Cuidando con esmero los detalles, disfruté de un baño perfumado con pétalos de rosa y jazmín. Una vez mi piel estuvo embadurnada con una loción hidratante aromatizada, me puse las braguitas de encaje y un sujetador que, discretamente, acercaba mis pechos con insolencia y marcaba el canalillo sin vergüenza. Introduciendo los brazos en el batín de seda blanca que compré en la tienda de moda, me salpiqué con mi perfume preferido detrás de las orejas, en las muñecas y un poquitito en el escote. Dando unos pequeños toques de la misma esencia detrás de las rodillas y en los tobillos, me acerqué al espejo para trazar cuidadosamente la fina línea que marcaría mis labios en un tono rojo pasión. Rellenando la jugosa carne con el pintalabios estrella, froté los labios uno contra el otro para crear el efecto esperado. ¡Voîla! ¡Estaba perfecta! Sintiéndome orgullosa de la imagen que veía reflejada en el espejo, me serví una copa de vino tinto que saboreé con lentitud y esperé a que el timbre sonase.
¡Ring! ¡Ring! ¡Mi cita había llegado!
Dejando la copa media vacía sobre la mesa del salón, me calcé los stilettos negros y salí al encuentro de la gran cita.
Abrí la puerta y me encontré con un hombre de anchos hombros y estrecha cintura vestido con un elegantísimo traje de corte inglés. Su camisa blanca resaltaba ante el contraste del matiz rosado de la corbata. Y sus pies estaban enfundados en unos brillantes zapatos que, incluso en un baile de alto standing, llamarían descaradamente la atención. Aquel hombre no tenía ningún pudor. Ocultando sus ojos tras un antifaz negro, sonreía de una manera tan arrogante y atrevida que invitaba a preguntarte si verdaderamente aquel adonis era real.
Impulsada por una curiosidad insaciable, me acerqué a él y posé mis manos sobre su pecho. Mi respiración era irregular y rápida. La suya, rítmica y templada. Aguijoneada por aquella inequívoca mirada, me puse de puntillas y acerqué mis labios a los suyos. Al principio, él pareció sorprenderse mas no se dejó amilanar pues, colocando sus manos en mi cintura, me aplastó contra él, me elevó unos centímetros del suelo y atacó mi boca con decisión. Concentrada en aquel beso abrasador, no me di cuenta de que se había metido en mi casa, conmigo entre sus brazos, y había cerrado la puerta con un pie.
Decidido como estaba a ser el director de aquella obra, se separó de mí bruscamente, dejándome una inequívoca sensación de querer más que yo sabía que me daría cuando sólo él dispusiese.
Con insolencia y sin dejar de mirarme, se acercó a la mesa, cogió la copa de vino y bebió. Se sentía satisfecho de los acontecimientos y, disfrutando como estaba de aquel juego al que yo libremente me había ofrecido, empezó a dar círculos alrededor mío mientras, como por casualidad, hacía que mi batín cayera a mis pies. Era un truhán descarado pero yo también tenía mis armas. Alejé la bata de seda con un pie, me giré y me acerqué a él. Pillándole desprevenido, le arrinconé contra la pared. Despacio, desabroché uno a uno los botones de su chaqueta y la deslicé por sus brazos. Sin dejar de escudriñarle, aflojé su corbata y la dejé colgando sumisa del cuello. Él quiso asirme de las muñecas para recuperar el control, pero no le dejé. Estaba dispuesta a ser yo quien mandase, quien decidiese cómo, cuándo y dónde. No iba a dejar que aquel hombre de músculos de acero me poseyera allí mismo.
Teniéndole a mi merced, le desabroché el pantalón y lo dejé caer. Estaba excitado; su cuerpo lo delataba, pero su mirada, sus ojos, se mostraban impasibles. No lo dudé. Me agaché lentamente arrastrando conmigo sus calzoncillos. Sí, aquel hombre estaba realmente encendido. El saber que yo era la causante de aquel acontecimiento, me dio fuerzas renovadas. Sonriendo satisfecha, proseguí con el plan.
Levantándome muy despacio mientras esparcía besos ligeros por todo su cuerpo, noté un temblor casi imperceptible en su piel. ¿Miedo? ¿Excitación? ¿Pasión? Iba a volver loca a ese hombre y estaba disfrutando con el proceso.
Quise quitarle el antifaz pero no me dejó. Apartó su rostro con un rudo movimiento y me sujetó la muñeca con desdén. Quise intentarlo de nuevo con la otra mano pero también la apresó. Sujetando ambas muñecas a mi espalda con los cuerpos totalmente pegados y a un centímetro de mi boca, pude sentir su agitado aliento.
- ¿Y ahora qué, pequeña?- me preguntó con una voz profundamente seductora-. ¿Qué piensas hacer?
Reconocí la voz al momento. ¡No había duda! ¡Era él! ¡Él! El hombre más atractivo, singular y elegante de la faz de la Tierra estaba a punto de hacerme el amor. El único hombre que había sido capaz de robar mi corazón. ¡Él! El único al que juré no entregarme para no sufrir. Él era el culpable de que a mis treinta años de edad aún fuese virgen. Ningún hombre había merecido ese regalo más que él. Todos eran incomparables. Ninguno se le igualaba. ¡Ni si quiera se le acercaban!
¡Qué tonta había sido! Me había alejado casi setecientos kilómetros de él con la única intención de olvidarle y ahora lo tenía frente a mí. ¡Qué ironía del destino! Dos largos años de mi vida tirados a la basura.
Aceptando la situación y sintiéndome trémula, débil y terriblemente vulnerable, dejé de forcejar. Ahora sólo quería que me besara. Sólo deseaba que fuese él el que llevase la batuta e hiciese su papel. Deseaba que me hiciese el amor. Anhelaba sus besos, el contacto con su piel, las sensaciones que me provocaba. Quería que dejase de escrutarme y empezara a desnudarme. ¡Lo necesitaba!
- ¿Qué ocurre?- me preguntó con voz ronca-. ¿Te rindes?
- Ya sabes que mi cuerpo sí- le confesé después de unos segundos-, aunque mi corazón se empeñe en luchar.- Y atacando mi boca con la suya, me hizo estremecer con una pasión y sensualidad inigualables. Liberándome, apresó mi rostro entre sus manos y empezó a besar mis cejas, mis ojos, la punta de la nariz, mis mejillas, la comisura de los labios, la barbilla,…
No sólo me hizo el amor con su cuerpo, también me lo hizo con su alma. Me besó y abrazó lentamente, con ternura y dedicación, disfrutando de mi cuerpo y de las sensaciones qué este le provocaba. Me acarició, me adoró y me arrastró a un mundo colmado de sacudidas maravillosas que me colmaron por completo. Nadie es capaz de mostrar tanta pasión sin una sola palabra y además no necesitarla para hacerlo.
Estaba segura. Me lo había confirmado. Él había venido a buscarme. Había venido a robar mi corazón como tantas veces me lo robó en sueños. Había venido a por mí. Y yo por fin era suya.


 
 

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