Había perdido a Emilia.
Su pie quedó atrapado no sé cómo en el pañuelo que siempre llevaba consigo, recuerdo de nuestra madre, y cayó al vaso vacío de la piscina justo antes de golpearse la cabeza con el bordillo.
Por
suerte para ella, murió en el acto.
Para
mi desgracia, murió en el acto.
Emilia
era mayor que yo. Siete minutos. Pero siete minutos que marcaron la diferencia
en nuestras vidas desde siempre. Ella siempre llevaba la voz cantante. Siempre
tomaba las decisiones. Siempre iba un paso por delante. Era muy lista. Más
lista que yo, al menos, que titubeaba por todo e iba por la vida dando tumbos
como una lámpara sobre la mesa a punto de caer. Emilia era mi pilar, mi norte,
mi mitad. Esa parte de mí, bella y valiosa, a la que yo adoraba con toda mi
alma.
Ahora
mi alma estaba rota en pedazos. Cascajos desiguales, descoloridos, que habían
opacado su brillo. No solo Emilia perdió la vida ese día, yo también me perdí a
mí misma.
Y
necesitaba respuestas…
Las
necesitaba si quería seguir respirando, porque la muerte de Emilia fue por mi
culpa y necesitaba saber, entender qué pasaría con mi vida a partir de ahora.
Qué ocurría con ella y qué sucedería conmigo. Qué sería de mí ahora que ya no
la tenía, cómo vivir sin ella a mi lado.
Emilia
siempre me protegía, siempre daba la cara por mí, y ese día no fue diferente.
Estuve jugando con las muñecas cerca de la piscina. Papá nos lo había prohibido
porque la piscina no tenía agua y caer dentro sería espeluznante. Las baldosas
no estaban en buen estado, igual que el resto de la propiedad, pero la casa no
era peligrosa y la piscina vacía, sí. No nos importaba vivir así, en ese limbo
de irresponsabilidad y seguridad engañosa. Emilia y yo entendíamos por qué la
propiedad quedó relegada a un segundo plano cuando mamá murió. Papá cambió,
ahora tenía cosas importantes que hacer, cosas distintas a las que tenía antes.
Adormecer el dolor no era fácil, y el alcohol no parecía estar funcionando
demasiado bien. Aun así, en sus momentos lúcidos, papá pensaba en nosotras.
Decía que Emilia y yo éramos esa pálida lucecita que iluminaba su camino en
penumbras, su faro. A veces, se perdía en su oscuridad, ahogado en dolor y
remordimientos, pero siempre encontraba el camino de vuelta. Siempre regresaba
a nosotras. No podíamos culparle. Yo misma quedé devastada cuando mamá
desapareció de nuestras vidas. Por suerte, yo tenía a Emilia. Papá no tenía a
nadie, y nuestro rostro era demasiado parecido al de mamá como para que lo
pasara por alto. Nuestra cara le dolía, y ese mismo rostro era el que en
ocasiones le salvaba de ahogarse. Su dolor era raro.
Ahora
que no tenía a Emilia, que mamá se había ido y que el espectro de papá iba y
venía en un vaivén de borrosa lucidez, quería saber. Lo necesitaba como el
respirar, así que me aferré al pañuelo de Emilia y busqué en internet,
esperando que ese pedazo de tela que mi hermana tanto adoraba en vida me guiara
en la investigación. Me topé con religiones, con grupos espirituales, con
filosofías e incluso con manifestaciones de personas que juraban haber vivido
experiencias cercanas a la muerte, pero ninguna me dio luz. Luego encontré
estudios científicos, algunos esperanzadores, pero la mayoría devastadores. Los
ignoré. Leí también fragmentos de lo que algunos llamaban textos sagrados,
páginas de autores que aseguraban estar especializados en temas espirituales,
investigaciones sobre creencias y culturas, pero nuevamente ninguno me dio las
respuestas que buscaba. Todas las páginas que encontré, todo lo que hallé,
estaba bañado en conocimientos personales, la propia experiencia de esas
personas, filósofos y eruditos. Era decepcionante. Fue entonces cuando llegué
al tarot, a personas que decían tener una estrecha relación con el más allá.
Las opiniones sobre esos intérpretes de energías, aunque numerosas, no eran muy
populares, así que no continué indagando. Tropecé luego con la telepatía, la
clarividencia, la percepción extrasensorial y la psicoquinesia. Si podían
dormirme, hipnotizarme o lo que fuera que hicieran para que pudiera hablar con
Emilia, tal vez mereciera la pena intentarlo. No obstante, había muchas páginas
que hablaban sobre fraudes, estafas y sacacuartos. Me asusté, y como no tenía a
Emilia para darme una colleja, lo dejé estar.
Apagué
el ordenador, frágil y hueca como un cascarón. Me tumbé en la cama, junto al
colchón vacío de la cama de Emilia, y se me estrujó el corazón. Puse las manos
detrás de la cabeza y miré el techo. Su color no había cambiado, como tampoco
lo hizo el olor flotante de Emilia, ni su sonrisa contagiosa, ni la firmeza en
su voz cuando me mandaba hacer cosas. Pero ella no estaba. La sentía, aunque no
podía tocarla. Era raro. Y me asfixiaba de dolor.
Me
tragué el sollozo, cerré los ojos con fuerza y retrocedí al día del accidente.
A las muñecas. A los saltos de baile. A las voces infantiles. Al té de mentira.
A los balbuceos que emitía papá. Y a… Apreté más los ojos e intenté recordar
con la misma fiereza que detestaba hacerlo. Mi cuerpo en tensión. El fuego
burbujeándome en las venas. Un zumbido en los oídos. Las imágenes eran
borrosas, con tantos colores como los de un caleidoscopio, irreconocibles, y se
agolpaban unas a otras como en un accidente en cadena. El corazón retumbaba en
mi pecho como un tambor. La piel me vibraba. El miedo me cegaba. Y entonces…
Entonces lo recordé.
Se
me cerró la garganta. Me faltaba el aire. Papá estaba… Papá estaba de pie, en
el bordillo de la piscina, tambaleándose como si estuviera interpretando un
estúpido baile macabro. Y no era yo la que estaba jugando a unos pasos de él.
Era Emilia. Ausente, absorta en sus muñecas, perdida en el juego. De espaldas a
nuestro padre. Ignorante del peligro que corría.
Grité.
Grité fuerte, todo lo que fuerte que pude. Pero mi voz se me encasquilló en la
garganta. Papá seguía bailoteando, torpe. Emilia continuaba sirviendo tés,
dispuesta a preparar más. Volví a gritar. Mucho más fuerte que antes. Pero mis
gritos eran sordos. Mi desesperación, inmensa. Papá estaba cerca, tan cerca que
‒si Emilia se giraba‒ podría tocarle las pantorrillas. Me aferré con fuerza al
vestido y chillé. Pero los gritos colisionaron con mis costillas. Mi voz,
ausente. Mi piel, inerte.
Sucedieron
entonces varias cosas a la vez:
Emilia
cayó al vaso de la piscina.
Papá
tropezó y se despeñó con ella.
Y
yo me quedé sin respiración.
Abrí
los ojos de golpe.
Estaba
en mi habitación con la respiración agitada y un sudor frío cubriéndome los
huesos. Giré el cuello. Emilia estaba durmiendo plácidamente en su colchón.
Fruncí el ceño. Me levanté y le puse un dedo bajo la nariz. Respiraba. Me eché
hacia atrás de la impresión. Sin pensar, corrí hacia el dormitorio de papá. Le
colgaban un brazo y una pierna del colchón donde reposaba su cogorza. También
respiraba, porque escuchaba sus ronquidos desde la puerta. Regresé corriendo a
mi habitación. Emilia seguía durmiendo. Tranquila, feliz. Viva. Me arrodillé a su lado, la tomé de las manos y sollocé. Puede
que de alivio. Tal vez de miedo.
Cerré
otra vez los ojos y los abrí. Emilia seguía ahí. Cerré los ojos. Los abrí.
Emilia estaba ahí. Cerré los ojos y los abrí. Emilia. Cerrar, abrir. Emilia.
Cerrar y abrir. Emilia. Cerrar, abrir, cerrar, abrir, cerrar, abrir… Emilia
siempre estaba ahí. Estaba viva. Conmigo. No se había muerto. No me había
abandonado. Yo no estaba sola…
Cuando
la noche barrió los tejados de las casas y las aceras, cuando la luna relevó al
sol y los pájaros se fueron a dormir, yo me tumbé en mi cama, ansiosa. El
corazón protestaba en mi pecho y un líquido frío me obstruía las venas. Los
oídos me pitaban y me escocía detrás de los ojos. Giré el cuello. La cama de
Emilia estaba vacía. Me incorporé. Vacía. Corrí a la habitación de papá. Vacía.
Corrí hacia el jardín, a la piscina. Un cordón policial rodeaba el vaso,
impidiendo el paso a cualquiera que quisiera acercarse a la sangre y a la
desesperación de mi familia muerta.
Caí
de rodillas al suelo.
‒No,
no, no…
Y
entonces, lo recordé todo. Otra vez. La pérdida de mamá. El accidente de
Emilia. La caída desafortunada de papá. Y mi muerte… Porque cuando vislumbré mi
vida, solitaria y vacía, lo único que deseé fue volar para unirme a los míos.
Así
que me puse en pie, cerré los ojos, respiré hondo y simplemente me dejé caer…
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Este relato forma parte de la Antología del "VI edición del Concurso de relato breve Cruzar la Antártida" publicado en el periódico de Hortaleza, cuyo fallo podéis leer en el siguiente enlace:

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