lunes, 24 de agosto de 2015

Engaños

 
Todos hemos engañado alguna vez. Hemos mentido, ocultado la verdad o la hemos distorsionado de una u otra forma. ¿Y por qué? ¿Para qué? En realidad, nos hemos hecho creer a nosotros mismos que es por el bien de la otra persona. Pero, ¿es eso cierto? ¿Engañamos por su bien?

Cuanto más pienso en ello más cuenta me doy de que esas mentiras van dirigidas a engañarnos a nosotros mismos, a prolongar más un destino que está predestinado o a ocultar un miedo que no queremos reconocer en voz alta. Porque sí. Cuando dices algo en voz alta, cuando le pones palabras a un hecho, se convierte en real. Y eso da miedo. Primero, porque te fuerzas a aceptarlo ante los demás. Segundo, porque te obligas a aceptarlo tú mismo. Total, ya está dicho. Y si está dicho, es verdad, ¿no?
 
- Pablo y yo lo hemos dejado- dices.
- ¿En serio?
- Sí, éramos incompatibles- reconoces por fin.
 
Y el hecho de contarlo lo hace real. Es como una puerta que cierras con llave detrás tuya y que te obliga a seguir adelante. Ya no hay retorno, no hay vuelta atrás. ¿Cómo vas a decir días después que esa "verdad" no era tan verdad? ¿Qué Pablo y tú sí estáis juntos? Con las palabras dichas en voz alta has dado veracidad a un hecho que, oculto, parecía irreal. No te lo querías creer pero, ahora, no te queda más remedio que creértelo. Es la guinda a una decisión ya tomada pero que te daba miedo confesar.
 
 
Por desgracia, nos engañamos más de lo que queremos creer:
 
"Por un bollo que me coma al día no pasa nada".
 
"Él me ha gritado porque tenía un mal día".
 
"No me escucha porque tiene demasiadas cosas en la cabeza".
 
"Soy feliz con la rutina que tengo".
 
"Si me tomo un ibuprofeno se me pasa. ¿Por qué voy a ir al médico?"
 
"No me llama porque está ocupado".
 
(...)
 
La raza humana se creó con defectos. Muchos. Algunos sabemos aceptarlos, asimilarlos y enfrentarlos. A otros les cuesta algo más.
 
Yo he vivido momentos en mi vida en que me ha costado reconocer la verdad. La veía, la tenía delante, pero no quería decirla en voz alta; no quería aceptarla. Eso suponía enfrentarme a muchas más cosas y, entre ellas, a lo que era real. Me auto-engañaba con la esperanza de que, lo que me estaba ocurriendo, no estuviese sucediendo de verdad, de que fuese un mal sueño. Pero lo cierto es que estaba pasando y el miedo a tener que aceptarlo era más fuerte que la tentación de ocultármelo a mí misma y, por consiguiente, a los demás. Era un error. ES un error.
 
Cuanto antes te enfrentes a la verdad, antes puedes empezar a vivir tu vida y a ser feliz. Frases como "cambiará, él no es así", "él volverá", "ya se me pasará", "en el fondo me quiere", "está ocupado", "hoy seguro que me llama", "no piensa lo que me ha dicho. Estaba enfadado",... son ilusorias. ¡Auto-engaños! En realidad lo hacemos porque nos reconfortan esas pequeñas mentiras pero lo cierto es que nos estamos haciendo más daño a nosotros mismos. Una mentira no deja de ser una mentira y punto.

Abraham Lincoln dijo: "Puedes engañar a todo el mundo algún tiempo. Puedes engañar a algunos todo el tiempo. Pero no puedes engañar a todo el mundo todo el tiempo".
 
 

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