martes, 10 de noviembre de 2015

Proyecto Pro Fiber: "La belleza no mira, solo es mirada" (Albert Einstein)

 
¿Cómo y con qué se mide la belleza? ¿Qué aparato usamos para evaluarla? ¿Cómo sabemos que un uno equivale a algo malo o un diez algo bueno? ¿Quién marca los límites? ¿Quién el baremo? ¿Qué o quién dice que "esto" es bello y "esto" no? ¿Quién marca la diferencia?

 
A lo largo de nuestra historia, el canon de belleza ha variado tanto o más que los propios valores sociales, desorbitadamente. Lo ha hecho a pasos tan agigantados que el mismísimo Gulliver se escandalizaría de sus propias pisadas en la provincia de Liliput.
 
En la Prehistoria, lo que prevalecía como belleza eran los órganos reproductores marcados (pechos, vientre, caderas anchas,...). Recordemos como clarísimo ejemplo a la Venus de Willendorf. Los hombres preferían a este prototipo de mujer porque pensaban que, con estas características. a ellas les resultaría más fácil el alumbramiento. ¡Abrumador!
 
A principios del s.XX, en cambio, lo que despuntaba era la conocida "Chica Gibson". Esta chica sí que gustaba. Este tipo de mujer era muy característico pues se distinguía por tener pecho erguido, caderas anchas y nalgas sobresalientes, además de ser sumisas y obedientes. Bueno, vale, lo de sumisa y obediente no va mucho conmigo.
 
Con el tiempo, se creó un nuevo ideal de mujer. Nació lo que se conoce como la mujer con forma de “S”, se ajustaban la falda para resaltar la figura, se subían los peinados sobre la cabeza y adornaban los sombreros con plumas. También apareció la mujer triángulo, la mujer rectángulo,... la mujer geométrica pura y dura, para que me entendáis.
 
Llegamos así a pleno s.XXI y, con él, a la cirugía estética, los retoques, la silicona, el botox, los implantes, los "quita-y-pon", lo postizo... un amplísimo mundo de tijeras, relleno y cambios apoteósicos que despistarían, sin duda, a nuestras propias madres.
 
 
Y yo me pregunto... ¿Para qué? ¿Por qué tanto canon? ¿Por qué tanto empeño en que la mujer perfecta, en un determinado momento del tiempo, tenga que ser así o asá? ¿Qué conseguimos?
 
Está claro que torturarnos parece hacernos felices pero, ¿merece la pena? ¿En serio? No, ¿en serio? ¿Merece la pena?
 
Yo me considero una mujer sencilla, del montón, con un cuerpo normalito y un rostro ciertamente atractivo. Supongo que el hecho de que gesticule tanto le da cierto encanto a mi figura. Tengo un gesticular gracioso, tentador, cautivador,... no creáis, que dicho así parece que hablo de Jim Carrey en cualquiera de sus películas y no es el caso.
 
Sin embargo, como mujer (sea yo fea o guapa), me gusta sentirme bien conmigo misma, me gusta sentirme bella. Un pequeño capricho para el pelo, un nuevo esmalte de uñas, una pedicura un viernes por la tarde,... Reconozcámoslo, nos gusta cuidarnos. Es más, nos encanta que nos cuiden. ¿A quién no?
 
La campaña de Pro Fiber hace eso precisamente: cuidarnos, mimarnos, darnos ese toque especial. Crear un canon de belleza basado en nosotras, no en modas.
 
Mi experiencia

Todo comienza en el salón de belleza, con una llamada previa y una cita después. ¡Ya está! Lo más difícil lo hemos conseguido, que es comprometernos. Ahora solo toca ir y disfrutar. Porque de eso se trata: de disfrutar.
 
Yo fui al centro Rizos de Madrid, calle Sierra de Atapuerca, 6, donde Mercedes me atendió muy amablemente. Bata azul, marcha a los lavabos, cierre de ojos y relax.

 
Os prometo que, si no fuese porque quería disfrutar del momento con cada uno de mis sentidos, me hubiese quedado dormida allí mismo. Un placer difícil de compensar.

Cuando pasaron... ¿dos minutos? ¿tres? -a mí se me hizo cortísimo-, me llevaron hasta un sillón. Esperar... me hicieron esperar poco. Apenas pude ojear el folleto con detalle.


Sin embargo, no me disgustó. ¿Por qué? Me estaban mimando y, por cierto, lo hacían estupendamente bien. ¿Por qué querría quejarme?

Explicándome el efectivo uso del complejo molecular APTYL 100 a través del Activador Regenerador en mi córtex (primer tratamiento reparador de larga duración de L'Oreal Professionnel), Mercedes, con mucho cariño, fue extendiendo con delicadeza el producto sobre todo mi cuero cabelludo.


Es importante añadir que este complejo molecular es efectivo al instante consiguiendo, además, reparar nuestro cabello de forma duradera. ¡Espectacular! Yo estaba que no me lo podía creer. ¿En serio? ¿Así de sencillo? ¿Sin bisturí ni nada? ¡Es una pasada!

Después de unos diez minutos, en los que disfruté de la sensación de creerme -como poco- una princesa, Mercedes volvió a llevarme al lavabo. Me enjuagó muy bien el cabello y, tras unos pequeños consejos que prefiero guardar para mí como un precioso tesoro, volvió a llevarme al sillón de Carlos V, digo al sillón para peinarme, perdón.


Con una delicadeza innata en ella (imagino que por deformación profesional), empezó a aplicarme en las puntas de mi cabello un sérum que -me explicó- ayudaría a la reparación. ¡Perfecto! Más cuidado, más efectividad. ¡Yo estaba encantadísima!

¿Resultado? Un "yo" mucho más bello, más relajado y, por supuesto, con un tratamiento en el pelo que más quisieran los pelochos del 11888.


Tras terminar de atender con la misma dedicación a mis dos hermanas, que me acompañaron en esta aventura, me entregó una bolsita con un champú, un acondicionar, un sérum y unas recargas de Aptyl 100 que me tendría que aplicar yo misma en casa durante unas seis semanas. Un tratamiento completo.

Resultados
 
Los resultados fueron espectaculares. Sin necesidad de hacer uso de la tecnología mecánica, mi pelo estaba más fortalecido, más liviano y con más brillo.

Además, debo añadir que mi pelo, rebelde desde que nació, es difícil de domar. Sin embargo, con este tratamiento y unos pequeños toques de secador, ¡quedó espectacular! Sin cepillos, sin rodillos, sin planchas... Simplemente, el secador y los dedos de una mano (si no lo veo, os prometo que no me lo creo).

Mercedes es un diamante en bruto. ProFiber es una joya en sí.

 
Así que, chicas, dejad los cánones a un lado. Olvidad el 90-60-90. Cerrad los ojos ante las dietas sin sentido, las críticas infundadas y los bisturíes innecesarios. El canon de belleza lo creáis vosotras. Sois vosotras las que decidís si queréis sentiros guapas.
Sois vosotras las que decidís estar guapas.
Sois vosotras las que decidís ser guapas.
Las princesas sois vosotras.
¡Guapas!

¡Ah! Daos un caprichito y probad el tratamiento. Os prometo que es una apuesta ganada.
 
 

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