jueves, 6 de julio de 2017

Muy yo

 

Como cada noche, tumbada en la cama, con la alarma del día siguiente conectada, la conciencia tranquila y colmada de sueños inagotables, recios y obstinados (como casi cada día), me puse a cavilar en mis cosas. El hecho de estar tirada en la cama tocándome las peras (no literalmente, claro) no es digno de mención si se me conoce, pues soy muy dada a dejarme caer en cualquier lugar para dejar a mi subconsciente volar con fuerza (ojo, divago hasta paseando a mi perro. Deberían darme la Licenciatura de la Divagación, no digo más). Sin embargo, hoy era diferente... y bien sabía porqué.

 
Primero evoqué mi vida como si se tratase de los capítulos de un libro: mis experiencias, mis decepciones, la forma de enfrentarme a ellas, a la vida, mi forma de ver a los que de algún modo han tenido contacto conmigo con menor o mayor intensidad, mi forma de crecer como persona, como mujer, como alguien digno de mí misma. Inevitablemente, acabé pensando en mí, en la mujer que una vez quise ser y en la que me había convertido; casi armónicas, conexas, elaboradas con el mismo patrón, el mismo molde, iguales. Terminé preguntándome por qué. Por qué yo sí he sido capaz de convertirme en la mujer que deseé. Por qué yo sí tuve fuerzas de enfrentarme a la vida. Por qué yo sí tuve agallas de echarle coraje a las circunstancias. Y no supe contestar ninguna de esas preguntas.
 
 
Las circunstancias no hacen a las personas sino la forma que tienen éstas de enfrentarse a ellas (a las circunstancias, digo) es lo que hace a las personas. Y así es cómo empecé a divagar, pero a divagar a lo bestia.
 
A la hora de imaginar escenas dignas de película soy la repanocha. Fantaseo con que las cosas me salen tan bien, tan como yo quiero, tan perfectas, que es (casi) imposible que sucedan. ¡Si hasta me sé los diálogos de memoria! Los míos y los de todos los actores de mi película, digo. Vamos, que el margen de error es tan, tan, tan pequeño que nada puede salir mal. Es imposible. Sin embargo, sale mal. Todo. ¿Y cómo no iba a hacerlo? ¡Si todo era una maldita quimera! La única diferencia entre mis fábulas y las de los demás es que yo sé que lo son. Me refiero a que abro los ojos y sé que él no es cien por cien mío (ni cien ni uno, vamos), que el sueldo Nescafé no me ha tocado a mí (aún) y que mis problemas (todos) no han desaparecido por arte de magia y siguen ahí, sobrevolando mi cabeza como la muerte con su guadaña, dispuesta a sesgarme el cuello en cualquier momento. ¿Y eso me preocupa? Hombre, pues sí, la verdad. Pero me preocupa en la medida que debe preocuparme. Lo que viene siendo lo normal, vamos.
 
¿Entonces? ¿Qué sucede con los ensueños de los demás, con las alucinaciones que rigen sus vidas con mano dura, con sus divagaciones? ¿También son sueños fútiles carentes de sentido? ¿También son... delirios? ¿Y ellos? ¿Son conscientes de eso?
 
 
Soy un culo inquieto (y si no lo sabíais, ya os lo digo yo), así que en este momento crítico de mi divagación nocturna no he podido evitar levantarme de la cama, acercarme al espejo que tenía más cerca y mirarme, mirarme pero bien. Además de darme cuenta de que me habían salido unas pequeñas arruguitas en el entrecejo que antes no tenía (¡cremas alisadoras ya!), me he visto a mí; a mí como mujer, a mí como persona, a mí como humana. Me he destripado tanto que hasta he sido capaz de ver mis propias vísceras: directas, sinceras, transparentes, fuertes, llenas de coraje, seguras de sí mismas, obstinadas, orgullosas, a veces altivas, con carácter (mucho) y sobre todo inteligentes (a veces creo que demasiado). Y no es que lo diga yo (ojo, no tengo madre ni abuelas y eso, queráis o no, se nota), es que es la verdad; le escueza a quien le escueza.
 
Este pensamiento me ha llevado al siguiente: si yo soy consciente de cómo soy, de mis virtudes y mis carencias, ¿por qué los demás no? Supongo que no todos llevan el cromosoma "huevos" en la sangre (perdonadme la expresión pero es así).
 
 
Llevo una temporada emocionalmente mal, la verdad. Hay una persona que ronda mi vida sin yo poder evitarlo y me inquieta de manera exponencial. Esta persona, impuesta en mi vida por circunstancias que no están en mi mano, me hace sentir como si tuviese a mi espalda un acosador acechándome, un hostigador dispuesto a abalanzarse sobre mí en cualquier momento y dispuesto a devorarme como un depredador. Estoy inquieta, ya os lo he dicho. Inquieta y alterada. Y no sé qué hacer, la verdad.
 
Soy fuerte, lo sé, y no me importaría girar sobre mí misma y estamparle un bofetón tipo "te-arranco-la-cabeza-pero-a-la-de-ya" para alejar a esa persona de mi vida, pero me temo que las cosas son más complicadas de lo que parecen. Ni yo soy una persona agresiva ni de mí depende que esa persona se esfume de mi círculo de confort sin hacer más daño del que ya (me) ha hecho. ¿Soluciones? Pocas, me temo. Mi príncipe azul ni tiene armadura ni corcel ni título ni es de color azul (vamos, que no hay tal príncipe. Bueno, sí, pero él aún no sabe que lo es). Además, no sería yo misma si dejara que otros resolvieran mis problemas.
  
¿Sabéis lo que son los campos de fuerza? Si leéis "Un ángel en la oscuridad" de Mariah Evans entenderéis a qué me refiero. Son barreras de energía que protegen a una persona del exterior. Pues bien, ésa es la primera medida de auxilio que voy a poner en práctica. Si alguna persona desea estar bajo el campo de fuerza que crearé para mí (lo que sé que es así), bienvenida sea (¡a mis pechos, criaturillas de Dios!).
  
 
Volviendo a la realidad, cansada de ver mi reflejo en el espejo, de ver mis ojos mustios (también puede ser que tuviera sueño, lo que sería normal a esas horas), regresé a la estabilidad de mi cama, a la seguridad que me ofrecen las cuatro paredes de mi habitación e intenté dormir. No lo conseguí, claro. Bueno, sí, pero me dejé atrapar por Morfeo casi cuando sonó mi despertador, lo que me indujo a tener que digerir cantidades ingentes de café durante todo el día (no funcionó, ya os lo digo. Estaba rota). Y lo peor que te puede pasar en la guerra (porque esto es una guerra) es que te pillen con las defensas bajas.
 
Eso sí, cuento con mi enorme carisma (recordad que no tengo ni madre ni abuelas) para despistar a mi adversario, lo que empleo en mi día a día para evitar entreabrir brechas que puedan favorecer mi destrucción. ¡Nobiscum Deus! ¡Desperta ferro! ¡Al ataque! (se me va la olla, lo sé).
 
Lo curioso de esta situación es que, a pesar de todo, a pesar del daño infligido, a pesar de la situación en la que esta persona me expone casi a diario, soy feliz. ¿Y sabéis por qué? Sencillamente, porque yo quiero ser feliz. Simplemente, porque es más fácil ser feliz que no serlo. Porque la felicidad no está reñida con las circunstancias y porque, a pesar de todo y todos, es muy fácil ser feliz si sabes cómo potenciar esa felicidad. Además, ¿quién es esa persona para jugar con mi propia felicidad? ¿Quién le da permiso para jugar con mi propia felicidad a su antojo? Yo no, desde luego. Ni ahora ni nunca. ¿Con mi tranquilidad? Puede. ¿Con mis nervios? Seguro. ¿Con mi felicidad? Nunca.
 
¿Entonces? ¿Dejamos las quimeras para otro momento y ponemos los pies en la tierra? ¿Abrimos los ojos? ¿Dejamos de soñar? ¿Dejamos por un tiempo las divagaciones guardadas en el trastero? ¿Vivimos? ¿Somos felices? Como diría la vecina rubia: "¡claro que sí, guapi!".
 
Pues ale, punto en boca.
 
 

No hay comentarios:

Publicar un comentario