Mi historia es importante para mí y me importa, por supuesto. Pero eso no significa que sea excepcional. Si algo he aprendido con los años es que, aunque cada uno viva sus propias circunstancias, hay más cosas que nos unen de las que solemos admitir.
Nos gusta pensar que las historias tienen un principio claro, que todo lo que sucede después conduce a alguna parte y que, tarde o temprano, las piezas terminan encajando. La realidad, en cambio, rara vez se toma tantas molestias.
He contado mi historia tantas veces que debería bastarme con abrir la boca para empezar. Pero no. Ahora que quiero hacerlo una vez más, no consigo decidir qué parte merece ser la primera.
Una amiga me sugirió que empezara por el principio, así que eso haré...
Quedé devastada. En realidad, toda mi familia quedó devastada. Pero creo que yo me enfoqué en mí, en ese dolor que me partía el pecho en dos y que hizo desaparecer el suelo bajo mis pies. Estaba en shock. Rota de un millón de formas distintas.
Recuerdo que corrí a la habitación de las chicas (mis hermanos y mi padre estaban en la habitación de los chicos) y me tiré en plancha sobre mi cama. El corazón me latía tan rápido que pensé que me rompería las costillas y caería desplomado y sangrante al suelo. No podía creérmelo. No quería. Mamá estaba enferma, pero ¿muerta? Dios debía ser muy cruel para habérnosla arrebatado así, tan pronto, tan de repente.
Aunque por otro lado... Por otro lado, lo agradecía. Mamá estaba sufriendo muchísimo debido a la enfermedad, y eliminar su dolor de la ecuación quizás fue más importante que querer tenerla más tiempo con nosotros, conmigo. Eso no lo pensé entonces, claro. Lo maduré con el tiempo, muchísimo muchísimo tiempo.
Fue entonces cuando creé un Sistema de Recuperación Emocional que utilizaría no solo entonces, sino también en futuros golpes. Era sencillo, aunque no siempre efectivo. Funcional, eso sí. El sistema consistía en mimarme con algo pequeñito cada vez que me embargara la tristeza, la rabia, el miedo o cualquier otro sentimiento que me partiera el alma por la mitad. Os imaginaréis cuantísimo me mimé en aquellos primeros años después de la pérdida de mamá. No eran grandes cosas: un café, un libro, un dulce, un paseo en solitario por las montañas, una canción cantada a pleno pulmón, un grito desde lo alto de un edificio... Fue liberador. Ortodoxo, pero funcionaba y me bastaba.
También dejé escapar parte de la oscuridad que habitaba en mí de otras formas; no todo fue del color de rosa. Fue una época oscura. Daba valor a aquello que me liberaba de mi prisión de dolor, así que recurrí a la violencia. Que utilizara mis puños para desfogarme no es algo de lo que ahora me sienta orgullosa. Sin embargo, me ayudó. Ah, y también empecé a fumar. Creo que tenía quince años. Una barbaridad. Para darme collejas y no parar.
Aquellos no fueron años fáciles, por supuesto. Los recuerdo como un borrón que no sabría describir del todo con palabras. Fue vertiginoso y muy doloroso. El tiempo transcurría lento y al mismo tiempo rápido. No sé explicarlo de otra forma.
Después de este GRAN golpe, el mayor de todos, tuve un segundo. En un matiz diferente, menos punzante, pero ese dolor también influyó en mi carácter. Mi primer amor rompió la relación que compartíamos como pareja. Es una de esas cosas de las que piensas que no vas a recuperarte nunca. Por fortuna, te recuperas. Sin embargo, mi viejo sistema de recuperación emocional no funcionaba como debería, así que tuve que buscarme otro: el humor. Diferente, instantáneo y envolvente. Me vestí de arriba abajo de un humor simplón como si de un disfraz se tratase, y tal vez fue así. Funcionó, claro. Reírse es una terapia que se puede encontrar en muchísimos lugares, incluso en uno mismo. No fue difícil poner en marcha este nuevo engranaje.
Con el tiempo, más por prevención que por necesitarlo, busqué otros sistemas que me sirvieran en según qué ocasiones: tristeza, rabia, agobio, enfado, vulnerabilidad... Cualquier emoción negativa era válida para poner en marcha uno de estos métodos de apoyo emocional. Cada uno funcionaba a su manera y, si no lo hacían, pasaba al siguiente. Quería estar bien, necesitaba estar bien, así que ponerlos en práctica nunca estuvo sobre la mesa. Lo hacía y ya, sin cuestionarme.
Soy géminis, tal vez por eso necesito tener la mente ocupada en mil cosas distintas. Y tengo el arte corriendo a toda mecha por mis venas, así que escribir, leer, dibujar, cantar (en solitario y mientras me ducho, eso sí) no rellenaba todos esos agujeros de mi pecho. Necesitaba más. Quería más. Siempre quiero más; lo necesito. Hablar hasta quedarme ronca no funcionaba como quería, ni siquiera cuando lo hacía con un profesional. No siempre, al menos. Mi cabeza es un torbellino de palabras, frases y párrafos que no paran de dar vueltas y vueltas y vueltas, así que necesito todo tipo de sistemas que mantengan a raya de forma constante todas esas letras.
No recuerdo de dónde vino el Sistema del Foquito de Luz. Creo que de algún podcast o algún vídeo que vi en alguna red social. El caso es que el método era sencillo a la par que efectivo. Consiste en poner luz a tu oscuridad. No literalmente, por supuesto. No se trata de acaparar el suministro de velas, linternas, lámparas y focos de luz del mundo. Pero sí dar a ese foquito de luz un nombre. Como, por ejemplo, cocinar tu pastel preferido. También puede llamarse abrir esa botella de vino que reservabas para una ocasión especial. Puede llamarse ir a ese sitio del que tantas veces habías hablado. Puede llamarse probar ese sabor por el que tantas veces habías tenido curiosidad. Puede llamarse invitar a un café a esa persona que tanto te atrae o te apacigua. Los foquitos de luz vienen vestidos de muchas maneras distintas y todas funcionan igual de bien, porque no hay un código de vestimenta definido.
También descubrí el Sistema de los Abrazos de Ocho Segundos. Mínimo ocho segundos. Fortísimos. Con ganas. Esos abrazos que te cortan la circulación del pecho. En mi familia, el mejor abrazador es mi hermano pequeño. Como hace mucho deporte, abrazarlo es casi como abrazar a un árbol, pero él además le echa ganas y muchísima fuerza. Mientras te apachurra como si fueses su persona favorita en el mundo, te frota la espalda en círculos con la palma de su mano. Básicamente te recoloca los chacras y te alinea la columna vertebral. Es sanador, esperanzador y muy gratificante. Creo que desde que descubrí estos abrazos (valen más si sientes el latido de la otra persona en tu propio pecho) me he hecho adicta. En serio, probadlo. No defraudan.
Vivimos épocas oscuras, grises y algunas un poco más claras. Todos nosotros. Estamos en continuo movimiento. Hoy podemos estar bien y mañana estar mal sin motivo aparente (o con él), e incluso horas después. No hay un plazo establecido para cambiar el ánimo. Sin embargo, sí podemos hacer por cambiarlo. Está en nuestra mano.
Estos sistemas aplican a todo. La pereza, por ejemplo, se puede enfrentar con el Sistema de los Diez Minutos. Mi casa es pequeña, así que tardo unas tres horas en limpiarla. Tres horas. Me da una pereza enorme pensar que voy a perder ese tiempo en limpiarla para tener que repetir el proceso días después, cuando tenga que invertir tres horas más. Así que aplico el Sistema de los Diez Minutos. ¿Cuánto tardo en barrer toda la casa? Si son menos de diez minutos, adelante. Tal vez no haga nada más ese día, pero al menos habré hecho algo. Que al día siguiente mire hacia atrás y me sienta orgullosa de mí misma, de haber vencido a la pereza. ¿Cuánto tiempo tardo en limpiar el baño? ¿Cuarenta minutos? ¿Media hora? El sistema funciona si fragmentas. ¿Cuánto tardo en limpiar la bañera? ¿Y los azulejos? ¿Y el wáter? Si dividimos la tarea en partes, siempre tardarás menos de diez minutos en hacer cada uno y, para cuando quieras darte cuenta, probablemente habrás terminado. ¿Cuánto tardas en tender una lavadora? ¿Cuánto tardas en hacer una comida sencilla? ¿Cuánto tardas en echar gasolina al coche? El sistema de los diez minutos es sencillo. Y lo mejor de todo es que funciona.
Es fácil entender el proceso cuando conoces las reglas. No siempre será sencillo poner en práctica uno de estos métodos y es natural que a veces te apoyes en tu gente. Lo importante es que busques ese rayito de luz que antes no visualizabas. O que te saques esa sonrisa que se resistía a florecer. O que mires hacia atrás y te des golpes de pecho. Querernos es la tarea más importante de nuestra vida. Quizás por eso no debemos perderla de vista. Debemos escucharnos, entendernos y darnos lo que necesitemos en cada momento. Si no nos queremos nosotros, ¿quién lo hará? Habrá otras personas, por supuesto. Pero el amor empieza en uno mismo.
Hay una respuesta para cada pregunta, tal vez varias respuestas para una misma pregunta. Así que no dejes perder la oportunidad y encuentra tus propios sistemas de recuperación emocional. Tu salud mental te lo agradecerá. Además, como aquí todo vale (todo lo bueno, claro), cualquier sistema que te funcione será válido. Lo importante es quererte sin perjudicar al de al lado. Lo ideal es reconocer tus defectos y no emparcharlos, sino curarlos con mimo y dedicación. Sentir está bien. Rabia, dolor, tristeza, enfado, frustración... No hay una emoción inválida. Lo importante es ponerle nombre y gestionarla de la mejor manera posible.
¿Tienes algún sistema de recuperación emocional distinto a estos? Yo también recurro al running y a pilotar mi moto (no ahora por motivos de salud, pero pronto), así que imagino que muchos de vosotros tendréis sistemas similares: el gimnasio, dormir, el baile... Aparte de los "típicos", ¿alguno más al que poner un nombre curioso y atractivo?
Os leo...
Por cierto, Mercedes, gracias por hacerme escribir este post. No sabía que lo necesitaba hasta que lo escribí. Os quiero. A ti, a Bruno y a mi queridísima Nicoletta.






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