Que conste que, cuando hablo de mal de ojo, no me refiero a cataratas; mucho menos a las del Niágara. Cuando hablo de mal de ojo, me refiero a ese maleficio, magia negra y/o poder sobrenatural capaz de conseguir contra natura, aun existiendo una sola remota probabilidad entre un billón de ellas, que lo que sea, cualquier cosa, por insignificante que sea, te salga terriblemente mal, aparentemente de motu proprio y con risas sarcásticas de fondo para multiplicar el daño infringido a tu dignidad; que si la destrucción no es completa, no tiene gracia.